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25N| Parir en casa: Reparando las heridas de la violencia obstétrica

Por: Meritxell Freixas @MeritxellFr | Publicado: 25.11.2020
25N| Parir en casa: Reparando las heridas de la violencia obstétrica Parto Natalia Cruz – Mila | / Foto cedida Sylvana González Von kunowsky @fotografadepartos
En los últimos años se ha registrado un aumento de los partos en casa. Las mujeres tienen cada vez mayor conciencia de la violencia obstétrica que se naturaliza en clínicas y hospitales por lo que buscan alternativas para dar a luz fuera de estos espacios y de forma respetada. Matronas y doulas acompañan un proceso cada vez más en alza que pone de manifiesto que la forma de nacer y de parir sí importa y tiene un impacto. El Desconcierto recoge la historia de cuatro mujeres que han decidido parir en sus domicilios para reparar o evitar episodios de violencia, precisamente en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Josefa tenía ocho años cuando preguntó por primera vez a su mamá cómo llegó al mundo. Fue un momento que Sylvana sabía que llegaría, pero nunca había imaginado que la pequeña la interpelaría entre sollozos y con tanto malestar. Había descubierto que su nacimiento había sido “feo” –en sus propias palabras–, comparado con el de su hermana menor, quien le dijo que el suyo, en cambio, había sido “lindo”.

– Mi hermana me dijo que ella nació desde el amor y por eso ella es Amanda. Que ella nació respetada, pero que a mí no me respetaron y que a ti te trataron mal– le espetó a su madre afectada. 

– Hija, sí, yo sufrí violencia obstétrica en tu nacimiento: hicieron cosas contigo y conmigo que yo no hubiera deseado jamás.

Sylvana González Von kunowsky tiene 41 años, es ingeniera ambiental, fotógrafa y mamá de Josefa, de 8, y Amanda de 6. Dio a luz a su primera hija en un parto inducido en la clínica Tabancura a las 41 semanas de gestación. A pesar de haberse preparado para parir de forma natural, los médicos “la convencieron”, dice. “De un día para otro te alertan de que tu cuerpo no hace lo que debería hacer, que tu bebé no nace en el tiempo que otros consideran que debería nacer. Eso me hizo tomar decisiones con miedo a pesar de toda la información que yo ya tenía y manejaba”, explica. Le rompieron la membrana –»una de las experiencias más dolorosas, física y emocionalmente que he tenido en mi vida”–, le inyectaron oxitocina sintética para acelerar el parto y le practicaron la maniobra de Kristeller (presionar fuertemente el útero), que la Organización Mundial de la Salud (OMS) desaconseja bajo cualquier supuesto. Sufrió una hemorragia “de la que no le contaron mucho”, luego le practicaron la episiotomía (incisión en el perineo) y el doctor que la suturó remató el maltrato: “Su mujer está lista para que la vuelva a invitar a salir. Se la dejé como de 15”, le disparó a su marido. “Sufrí mucho en esa experiencia. Tengo recuerdos que he ido sanando con los años, pero fueron muy fuertes”, reflexiona Sylvana. 

Camila tiene 34 años y es mamá de dos criaturas: una de 5 años y otro de tres meses. La primera nació por cesárea, en el Hospital de Talagante, lo que provocó un cambio en el equipo médico que la pareja había buscado. “Todo fue muy distinto a lo que tenía planificado y muy chocante para mí”, lamenta. Entró en un pabellón donde sonaba reguetón –recuerda– y no pudo hacer apego temprano, hasta tres horas después de parir. También a ella el doctor que la intervino le lanzó comentarios en tono de burla y fuera de lugar: “¿Estuvo rico el parto?”, le preguntó. El parto que ella no había logrado finalizar. “En otro momento me empezó a hablar de las ventajas de la cesárea, riéndose en mi cara. ‘A la próxima la programas a la hora que quieras’”, recuerda que le soltó el médico mientras ella se recuperaba después de horas de trabajo de parto y de una cesárea. 

El miedo de las mujeres a pasar por situaciones de violencia obstétrica ha convertido el parto en casa en una opción cada vez más validada por familias y profesionales de la salud,  dispuestos a ofrecer este tipo de atención extrahospitalaria. Según la organización Parirnos Chile, en nuestro país menos del 1% de los nacimientos tienen lugar de forma planificada fuera de una maternidad. La organización Maternas Chile, formada por matronas independientes que acompañan partos en casa, ha registrado en 2020 un aumento del 23% de los partos en domicilio. Para la matrona de la Pontificia Universidad Católica y doula certificada Pascale Pagola, este incremento se debe a dos razones muy claras: una, porque las mujeres tienen más acceso a la información y van tomando más consciencia de que la forma de nacer y de parir sí importa y tiene un impacto; la otra es la reparación de una primera experiencia “muy violentada o dañina”. Hay veces que una mujer no tiene la vivencia en primera persona, pero busca alternativas a clínicas y hospitales porque ha escuchado experiencias de maltrato hacia otras mujeres. “La violencia obstétrica normalizada e instaurada en instituciones de salud hace que las mujeres quieran arrancar de este espacio y no se sientan seguras”, señala Yennifer Márquez, integrante de Maternas Chile y con más de diez años de experiencia en partos en domicilios. 

Los resultados de la primera “Encuesta sobre nacimientos en Chile”, realizada por el Observatorio de Violencia Obstétrica (OVO) en 2017, arrojaron que un 43% de más de 11.000 encuestadas menciona problemas de comunicación con el personal de salud en el sistema público (desde no contestar dudas hasta hacerlas callar). En el sistema privado, la cifra se reduce a 16%. Además, tres de cada cuatro mujeres menciona que les restringieron la ingesta de agua y alimentos durante el trabajo de parto, una opción que la OMS sí recomienda para las mujeres con bajo riesgo. Por su parte, la presidenta del Colegio de Matrones y Matronas de Chile, Anita Román, señaló a El Desconcierto que el gremio ha hecho “un trabajo enorme para que la impronta patriarcal que siempre han tenido los equipos de salud cambie y hoy tengamos un paradigma de acompañamiento y seguridad para las mujeres”.

Además de la búsqueda de un “parto respetado”, como se conoce la forma de parir que pone al centro la voluntad de la mujer, la pandemia también ha disparado la demanda de dar a luz en casa. “A finales marzo y principios de abril empezamos a tener mucha demanda, fue un aumento muy brusco y difícil de atender porque no dábamos abasto”, asegura Yennifer Márquez. Las mujeres que en ese momento decidían parir en casa lo hacían por miedo de contagio en el hospital y por las decisiones que al principio se tomaron en los establecimientos sanitarios, donde se prohibió el acompañamiento en el parto y se empezaron a programar cesáreas. Aún así, según la Subsecretaría de Redes Asistenciales, de enero a marzo se programaron más cesáreas –un 44% sobre el total de partos–  que entre abril y junio, en el peak de la pandemia, cuando la cifra disminuyó hasta el 42%.

Parto en casa

/ Foto cedida Sylvana González Von kunowsky @fotografadepartos

Impacto psicológico

Hace seis años, Natalia Cruz dio a luz a su primera hija en el Hospital de Talagante. Lo hizo sin complicaciones y en un parto que ella sintió que fue respetado. No tuvo la misma suerte la mujer que paría en la sala de al lado. “El suyo fue un parto cero respetado: no la dejaban pararse, le decían que se callara y fue muy violento”, rememora. “A pesar de que no fue una violencia directa hacia mí, me afectó mucho”, añade. A su segunda hija, que hoy tiene tres meses, decidió tenerla en la casa. 

A Fernanda González le ocurrió algo similar en el Hospital La Florida, hace más de dos años. A ella las propias matronas se encargaron de avisarle del comportamiento que una mujer “debe” mantener en una sala de partos: “Se ha portado super bien comparado con otras mujeres que están aquí gritando”, recuerda que le dijeron. “Te hacen creer que si no gritas y estás callada el trato es distinto”, cuenta. Su segundo hijo, Kai, de hoy casi dos meses, nació en la casa. “Fue un viaje maravilloso que viví acompañada del equipo que elegimos con mi compañero, quien también fue parte de todo el proceso. Él recibió a nuestro hijo y nadie intervino. Me sentí contenida, libre de poder moverme, quejarme, comer o tomar agua”, expone.

Camila se convenció de recibir a su segundo hijo en casa por la pandemia. Buscó un equipo y empezó todo el proceso de preparación de parto desde los tres meses de embarazo, con su matrona y una doula. “Yo cargaba con la experiencia de frustración del parto anterior y en el proceso de preparación conversamos juntas sobre esa vivencia previa”, comenta. Sylvana también llegó a su segundo parto tratando de reparar el episodio de violencia de la clínica Tabancura, que tanto la marcó. “Tuve una gestación saludable y cumplía los requisitos para parir en casa; fue un parto planificado, con una matrona calificada para ello”, relata. La experiencia logró sanar su primera historia: “Sentí que después de eso podía hacer lo que quisiera, una sensación que no se le iguala a nada, mi cuerpo abriendo paso a la vida”, relata.

Antes de llegar a la reparación, las mujeres víctimas de violencia obstétrica viven un proceso traumático. Las entrevistadas para este reportaje reconocen haber pasado meses sin poder hablar de esto, sin entenderlo y con mucha pena por lo vivido: “me acordaba de eso y me ponía a llorar por la sensación de frustración y humillación”, admite Camila. Sylvana González habla de “culpa”: por la elección del equipo, por aceptar la inducción, por sentir miedo. 

Pascale Pagola insiste en la importancia de “la vivencia” de la mujer, independientemente de la forma de parir: “Una cesárea necesaria, con respeto al proceso fisiológico y desde lo amoroso, es perfecta”, ejemplifica. Cuando la mujer es violentada o se le miente en el proceso de dar a luz, el impacto de estas vulneraciones recaen en su criatura: “Estará más desanimada y menos sensible a las necesidades del bebé, con llanto y síndromes de estrés postraumático”, apunta la matrona. “Nos hemos conformado con que la guagua esté sana, pero parir es un evento puramente emocional y amamantar también. Le hemos bajado mucho el perfil a estas emociones y eso genera un impacto tremendo”, recalca. Constanza, que es doula y experta en salud primal, considera que muchos equipos médicos están “desactualizados, desinformados y muy cansados”, un síndrome de burnout (trabajador quemado) que hace que “se lleguen a anestesiar de lo que sienten las usuarias”. 

«Parir en casa es seguro»

El parto en casa en Chile no es ilegal, pero tampoco está cubierto por el sistema de salud: las atenciones realizadas en domicilio por las matronas no se incluyen en Fonasa y en las isapres solo dentro de algunos planes. Existen, sin embargo, vacíos legales que permiten su práctica. El Código Sanitario señala que las matronas pueden asistir la gestación, parto y puerperio sin especificar el lugar para ello. El Registro Civil, por otro lado, entrega comprobantes de partos a las matronas que asisten en domicilio para que puedan certificar su atención. 

El parto en casa es una práctica controvertida. Por una parte, existen organizaciones de matronas independientes que la avalan (siguiendo las recomendaciones internacionales) como un derecho de las mujeres a elegir cómo, dónde y con quién parir. Por otro lado, los gremios de la salud vinculados a la atención obstétrica la rechazan por asociarla a un mayor riesgo tanto para la madre como para el bebé. Anita Román reconoció: “No podemos negar que hay un aumento de esa demanda, de muchas mujeres y grupos ancestrales” y opinó que “hay que trabajar en conjunto para que eso se pueda lograr, pero en ese espacio físico de atención al parto tiene que estar programada la urgencia obstétrica”. Para la dirigenta gremial es necesario que este requisito sea parte de un protocolo legal elaborado por la autoridad sanitaria. Algo hoy inexistente y que, por ahora, está lejos de ocurrir. Las guías y protocolos de las matronas certificadas que trabajan en parto en domicilio, ya contemplan la posibilidad de traslado por una eventual urgencia.  

Parir en casa es seguro y lo principal es asegurar el acompañamiento de matronas formadas para esto, su profesionalidad y buen cuidado”, subraya Pagola. “Se considera siempre la aparición de una eventual complicación o un traslado”, añade. Ese fue, precisamente, el caso de Camila y su segundo hijo. Sufrió un desgarro en el parto, le bajó la presión y las profesionales evaluaron que era mejor trasladarla al Hospital La Florida. “Yo no quería ir, prefería quedarme en casa, pero ante la primera duda, las matronas indicaron el traslado”, cuenta. Fue ingresada al recinto para una sutura con anestesia y solo al entrar se topó de nuevo con el maltrato médico. El doctor que estaba a cargo de la sala se negó a atenderla por tratarse de una paciente derivada de un parto domiciliario. “Tuve que esperar cuatro horas, hasta las 9 de mañana, a que otro médico me atendiera”, critica Camila. Luego, ya en la sala de recuperación, una pediatra le “gritó” que era “una irresponsable”, el estigma más común que reciben aquellas que optan por esta alternativa. “Sentí el castigo del sistema hospitalario frente a mi decisión de tener la guagua en casa”, asevera la mamá. 

Parto en casa

/ Foto cedida Sylvana González Von kunowsky @fotografadepartos

Evidencia internacional, costo y acceso

En los últimos años se han publicado varios estudios internacionales que confirman la seguridad del parto domiciliario para mujeres de bajo riesgo obstétrico y asistidos por matronas profesionales. Las investigadoras de la Universidad de Copenhague Ole Olsen y Jette Clausen, en 2013, concluyeron que no hay evidencia sólida que favorezca ninguna de las dos modalidades de parto (hospitalario y domiciliario) para gestantes de bajo riesgo y que todos los países debieran ofrecer la opción de parto domiciliario con un sistema médico de apoyo. La única diferencia significativa que las académicas pudieron establecer entre ambos grupos fue la satisfacción de las usuarias con el lugar del parto en favor del parto en casa. En julio de 2019, la prestigiosa revista The Lancet publicó una investigación que revisó los resultados de 500.000 partos domiciliarios planificados y concluyó que en un contexto donde la atención en casa y la atención hospitalaria están bien integradas, no hay diferencia entre la mortalidad neonatal ni perinatal entre partos planificados en domicilio u hospital. 

Entre los países más avanzados en el parto a domicilio –según Pascale Pagola– están Gran Bretaña, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Dinamarca, Holanda y Francia. De hecho, en Reino Unido y Holanda consideran el parto en casa como una opción más para mujeres sanas e instan a los profesionales de salud a promoverlo. 

Hay quienes todavía asocian la decisión de dar a luz en domicilio con un determinado perfil de mujer, vinculada al esoterismo, a las terapias naturales o al veganismo. Pero las profesionales que trabajan con gestantes aseguran que esos estereotipos hace rato que quedaron atrás: “Hay mujeres con buen nivel profesional y educacional, porque hoy hay acceso a más información y se ha generado mayor conciencia”, señala Pascale Pagola.

La presidenta del gremio de la matronería considera que el parto en casa es una opción solo para aquellas mujeres que lo pueden pagar, por lo que propone crear “casas de parto”, cercanas a los hospitales y con un ambiente interior similar al del domicilio. “Eso permitiría el acceso a todas”, afirma. Sin embargo, Pagola asegura que no tiene nada que ver con tener más o menos plata. Muchas matronas ajustan sus honorarios a la capacidad de pago de las familias u ofrecen facilidades: “Algunas profesionales hemos atendido un parto gratis, con cuotas o por otro sistema de pago”, indica. “Buscamos alternativas para las familias que tienen pocos recursos para pagar”, añade. El costo de un parto en domicilio oscila hoy entre $250.000 a $800.000 o un millón, según el número de profesionales que lo atiendan y la cantidad de visitas que se acuerden. 

Parto en casa

/ Foto cedida Sylvana González Von kunowsky @fotografadepartos

«La forma como nacemos sí importa»

Si la demanda de partos en casa sigue al alza, existe el riesgo de que no puedan ser atendidos por profesionales de la salud calificados y preparados. Eso preocupa a quienes trabajan en el sector, que hace tiempo reclama políticas públicas para no apartar del sistema de salud a las mujeres que optan por esta decisión. Llaman a diseñar una política pública que permita a las mujeres que quieran tener un parto en casa (y cumplan con los requisitos) disponer de una o dos matronas para acompañar su proceso, considera Yennifer Márquez. El desafío también pasa, dice, por avanzar en la integración y coordinación de la atención del parto domiciliario con el sistema de atención hospitalaria que recibe a las mujeres que están en un traslado. “Un 10% de las mujeres que desean parir en domicilio se va a tener que trasladar a un centro asistencial, ya sea porque requieren anestesia epidural u otro tipo de intervenciones. No porque se vaya al hospital su parto dejará de ser respetado”, añade.

Sin embargo, la prioridad ahora es, para las matronas independientes, visibilizar esta realidad para validar el parto en casa, porque es una opción que crece y de la cual hay que hacerse cargo. “El sistema de salud no visibiliza esta necesidad y no la detecta, por lo que las mujeres tienen que salir de ese circuito para encontrar lo que quieren”, apunta Pascale Pagola. 

En esta ardua tarea decidió invertir su energía Sylvana González Von kunowsky tras vivir su propia experiencia de parir en casa. Su pasión por la fotografía, que considera también su profesión, la llevó a convertirse en fotógrafa de partos. En casas y hospitales, vaginales y por cesárea, ha retratado nacimientos a más de diez mujeres que se lo han solicitado. “Es la forma de aportar mi granito de arena para mostrar esta realidad, porque la forma como nacemos sí importa”, expresa. Ella lo vivió en carne propia y también a través de su hija Josefa, ese día que le preguntó por su llegada al mundo. La niña le pidió ver fotos de su parto, como tantas otras que había visto de otros recién nacidos que retrata su madre. “En ocho años no había buscado estos registros”, reconoce. Juntas vieron las imágenes, en un acto doblemente reparador: “Ese día, que le tuve que mostrar el parto a ella, terminé de sacarme la culpa definitivamente”.

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