Opinión

Todos los días son 8 de marzo

Por: Paola Arroyo Fernández | Publicado: 08.03.2016
En este 8 de marzo, se cruzan discusiones legislativas en torno al aborto y a la reforma laboral centrada en las relaciones laborales. La primera, mínima e insuficiente, parece de todos modos necesaria. La segunda, expresión del gatopardismo que nos ha gobernado los últimos 25 años, no cambia sustancialmente el Plan Laboral, más bien, dicen los expertos, lo legitima.

Con el surgimiento del derecho liberal, la vida humana se enmarcó en dos dimensiones: lo público y lo privado. El ámbito de lo privado contempla todas aquellas cuestiones que ocurrían al interior de los hogares. Así, las labores realizadas por mujeres que en el cumplimiento de su “rol natural” se vieron forzadas a realizar, las convirtió en el soporte invisible de la acumulación capitalista. Luego, la cuestión del trabajo asalariado que fuera relevado como prioritario para la acumulación capitalista en el período de industrialización, obligó a las mujeres a ingresar a las fábricas, en precarias condiciones, incrementándose la mano de obra femenina en períodos de guerra. Sin embargo, sus “obligaciones privadas” se mantuvieron intactas, sufriendo la consabida doble función. Ese universo privado, representa el ámbito del despojo, las mujeres están  “privadas” de algo que poseen, no fue sólo el patrón quien le arrebató su parte para generar plusvalía. Antes del trabajo asalariado, antes del liberalismo, las mujeres en cuanto nacieron llevaban consigo la escritura del despojo. Nacería la propiedad privada antes de que cualquier sistema jurídico la consagrara, nacería el dominio sobre el cuerpo antes, probablemente, que cualquier atisbo de constructo religioso como hoy lo conocemos. Antes de que existiera Estado y capitalismo, existía el patriarcado.

Es un hecho indesmentible que muchos fruncen el ceño al oír hablar de “patriarcado”, algunos con molestia, otros con sarcasmo, hasta algunos con asombro, todos por ignorancia. Una vez un buen hombre, al oírme hablar de esto, me dijo “si Galeano lo dice, debe ser cierto”. El sujeto hacía referencia al escritor uruguayo, a quién yo nunca mencioné en la conversación. Su actitud, aunque revestida de “comprensión”, traía consigo el inconfundible sello de la superioridad del hombre sobre la mujer. Eso es el patriarcado: la creencia de que existe esta jerarquía masculina, manifestada en todas las esferas de la vida humana mediante la determinación de roles entre mujeres y hombres. Para los más arcaicos, les basta decir que es la voluntad divina quién lo ha determinado así, entrando en el ámbito de “lo natural”; para los más racionales, el derecho ha sido la herramienta con la cual hacer prevalecer un género por sobre otro, o si se prefiere, una biología por sobre otra.

Y así, los dispositivos culturales desparramados en sistemas de creencias, ideologías políticas, organización de la sociedad, funcionamiento de las instituciones públicas, relaciones familiares y vida cotidiana, se definen a partir de esta división patriarcal de funciones, marcada principalmente por la expulsión de la mujer del espacio público y la negación de su condición de sujeto de derechos plenos.

El despojo hacia las mujeres no ha terminado. Basta de ejemplo citar lo ocurrido en Chile en septiembre de 1989, cuando el Estado, bajo el mando de Pinochet, suprimió el derecho al aborto terapéutico, que había sido consagrado en el Código Sanitario desde el año 1931, proscribiéndolo como delito bajo cualquier causal. Este es sólo un ejemplo de despojo que viene bien recordar por estos días en que se discute el exiguo proyecto de ley que despenaliza el aborto en tres causales. Que el Estado chileno deje de exigir heroicidad a las mujeres en casos extremos es un mínimo ético, en el caso de la violación, hasta ahora el Estado es un cómplice de las agresiones sexuales sufridas por las mujeres, obligándolas a sostener embarazos que no sólo no son fruto de su deseo, sino que son el resultado de la fuerza, convirtiéndose, en consecuencia, en un “Estado violador”.

Sin embargo, seguirán en la oscuridad la mayoría de abortos que se producen por múltiples razones, revelando a la sociedad que lo necesario es el reconocimiento legal del derecho pleno de decisión de una mujer ante un embarazo que no desea, sin expresión de causa, derecho al aborto libre. Mientras ello no suceda, las mujeres, salvo tres excepcionales causas, seguiremos siendo para el Estado “incapaces” de tomar nuestras propias decisiones en esta materia.

Nuestra lucha actual se ve reflejada en todas aquellas mujeres que a lo largo de la historia han luchado. El Día internacional de la Mujer surgió en épocas álgidas que entre la industrialización y la Primera Guerra Mundial, situó a las mujeres y también a los hombres, en un escenario de miseria y muerte. Las mujeres explotadas en las fábricas comenzaron a levantarse y exigir sus derechos. En 1910, la II Internacional de Mujeres Socialistas, a propuesta de Clara Zetkin, proclamó el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, cuya fecha quedaría establecida un 8 de Marzo tras la protesta de mujeres campesinas en Rusia que reclamaban por el pan que no tenían, precisamente en esa fecha pero en 1917, comenzando con el levantamiento popular en contra de la Monarquía y el fin de la guerra. Entre 1910 y 1917, las mujeres de Europa y Estados Unidos reclamaron sus derechos ciudadanos y políticos, exigiendo derecho a voto, a ocupar cargos públicos, al trabajo, la formación profesional y a la no discriminación laboral. Era una lucha integral por su calidad de ciudadanas y trabajadoras. En Latinoamérica también las obreras y las mujeres de clase media, se organizaban y formulaban a la autoridad similares exigencias.

Desde 1975, el 8 de marzo fue despojado de la expresión “trabajadora”. Así mismo, siglos y siglos de patriarcado han despojado a las mujeres de derechos, de bienes, de espacio, de tiempo. El ciclo capitalista que aún vivimos, hoy bajo el paraguas neoliberal, ha profundizado este despojo, perfeccionando la brutalidad de la esclavitud de otras épocas, de las masacres y la explotación fabril. El consumo ha sido una de sus tácticas letales. La publicidad, su brazo armado. Los medios de comunicación de masas, sus armas más potentes.

Las mujeres trabajamos asalariadamente y también lo hacemos en las llamadas “labores reproductivas”, las del hogar y la de procrear. Desde esta perspectiva sostener embarazos sería nuestra parte de contribución al Estado, una especie de tributo. Más allá de la dimensión amorosa y de cuidado referente a hijas e hijos- a veces muy ausente precisamente por tratarse de embarazos no deseados- las mujeres cumplimos un “servicio obligatorio”, el maternal. Cierto es que se puede prevenir lo que no se desea, pero ello no siempre es posible por múltiples razones, una de las más relevantes, a mi entender, la ausencia real y efectiva de educación sexual en las escuelas y en los propios hogares, una educación que por cierto no coaccione ni atemorice frente a la sexualidad, sino que abra la reflexión acerca del placer, del respeto, de la responsabilidad, entregando los contenidos necesarios.

La lucha de muchas es permanente y cotidiana. El derrumbe de las ideas que pueblan desde la infancia nuestras mentes es fundamental para destruir al patriarcado y al capitalismo, ese monstruo de dos cabezas que controla la vida del planeta y la de los seres que lo habitan. Nuestra acción es cotidiana y permanente, acabando con los micromachismos en lo público y en lo privado. No olvidemos que lo personal es político y que lo político también es personal.

En la actualidad, y de manera creciente, las mujeres, el género, las diversas sexualidades, aunque no ajenos al riesgo de la cooptación y el aprovechamiento neoliberal, han ido ocupando un lugar más relevante en la sociedad, lo que ha sido posible no por el oportunismo del opresor, sino por el avance de las y los oprimidos organizados. Desde la utilización del lenguaje y las imágenes, hasta la lucha por los derechos civiles, políticos y la igualdad de trato institucional y jurídico, la amplia mayoría de la población se ha visto beneficiada con cada exigencia conseguida. Y ese beneficio ha sido por su incansable lucha.

En este 8 de marzo, se cruzan discusiones legislativas en torno al aborto y a la reforma laboral centrada en las relaciones laborales. La primera, mínima e insuficiente, parece de todos modos necesaria. La segunda, expresión del gatopardismo que nos ha gobernado los últimos 25 años, no cambia sustancialmente el Plan Laboral, más bien, dicen los expertos, lo legitima.

El comercio tendrá jugosas ganancias por la “celebración” de las mujeres. El parlamento, quién sabe cómo reaccione finalmente frente al proyecto de despenalización en tres causales. Las mujeres con conciencia de género, las mujeres organizadas, las mujeres feministas, las mujeres luchadoras, tendremos mucho que conmemorar por todas esas mujeres anónimas y conocidas que han luchado y construido el camino sobre el cual caminamos.

Lo que hoy hagamos por nosotras, será también por las que vendrán, será por todas y todos, será en recuerdo y agradecimiento de esas rebeldes que lucharon incansablemente hasta lograr sus demandas de derechos plenos. Tomamos la posta, haciendo de cada día un 8 de marzo.

Paola Arroyo Fernández