Opinión

Nosotras podemos todo

Por: Marta Cinto | Publicado: 06.03.2017
Nosotras podemos todo femenina |
Desde mi experiencia personal como estudiante de matemáticas, militante y dirigenta estudiantil, no tengo dudas al afirmar que hoy para validarte en los espacios públicos, el asumir formas masculinas es un verdadero requerimiento: pensar sobre la base de absolutos, dejar las emociones fuera, asimilarse a los ideales establecidos por la masculinidad hegemónica, es un imperativo para jugar en la cancha que el patriarcado establece.

Para hacernos un lugar en aquellos espacios que nos han sido denegados por la imposición sexista de roles y tareas, las mujeres hemos tenido que desplegar una verdadera lucha en medio de un sistema cultural machista y patriarcal, que modela nuestras relaciones, y que influye fuertemente en la mirada que tenemos de nosotras mismas y las formas como debemos comportarnos para desarrollar adecuadamente nuestros roles.

Espacios históricamente relegados para hombres y fuertemente masculinizados como la política, la empresa y el mundo laboral, el sindicato, las carreras de ingeniería, matemáticas o aquellas ligadas a las “ciencias” y la producción, o cualquier actividad vinculada a lo que hoy se entiende como intelectual/racional, parecen contar con un sesgo natural que nos deja fuera. Desde mi experiencia personal como estudiante de matemáticas, militante y dirigenta estudiantil, no tengo dudas al afirmar que hoy para validarte en estos espacios, el asumir formas masculinas es un verdadero requerimiento: pensar sobre la base de absolutos, dejar las emociones fuera, asimilarse a los ideales establecidos por la masculinidad hegemónica, es un imperativo para jugar en la cancha que el patriarcado establece.

¿Pero qué ocurre cuando ya no estás dispuestas a aceptar que las cosas naturalmente son así? Siempre recuerdo un ejercicio de un taller de oratoria en que debía defender una posición política en 3 minutos. Terminado el ejercicio me preguntaron “¿Dónde quedó tu alegría, tu sonrisa? Te transformaste por tres minutos en una máquina”. Nunca me había mirado en un espejo en situaciones de carácter político: dejé de sonreír, mantuve la voz firme, traté de olvidar que tenía miedo y estaba nerviosa, en lugar de asumir que sí tenía miedo y estaba nerviosa, pero que eso no me hacía incapaz. Solo me hacía consciente de mi misma.

Escribo estas líneas, porque a poco de que en todo el mundo millones de nosotras paremos para marchar y conmemorar un día más de las mujeres trabajadoras, un día más del feminismo, es importante que nos digamos unas a otras: no necesitamos ser como hombres para hacer política, y tampoco necesitamos responder a los estereotipos de la mujer ideal. Somos humanas y podemos ser agresivas cuando nos enfrentamos a quienes sostienen ideas y posiciones que sabemos dañinas, y podemos ser firmes para defender nuestras posturas; y también podemos ser dialogantes para construir organización y feminizar nuestros espacios cotidianos; podemos ser sensibles, podemos ser afectuosas, podemos ser amables y eso no nos hace débiles.

Ese día, después del taller de oratoria entendí que no tengo, y que no tenemos por qué cambiar nuestra forma de ser para ganar ningún tipo de espacio. En realidad nuestra misión es desmontar los ideales de estilos dirigenciales masculinizados, incluso militarizados; tenemos que asumir como parte de nuestra lucha cotidiana la capacidad de construir nuestro propio estilo, en base a nuestras capacidades, fortalezas y debilidades: podemos y debemos ser versátiles, y para eso debemos dejar de naturalizar liderazgos que obedecen a la forma hegemónica y patriarcal de vivir la masculinidad.  Podemos reírnos y podemos llorar si la causa que defendemos es una causa que me conmueve, y podemos gritar contra la injusticia y luchar aguerridamente si es necesario.

Es verdad que hace años vemos cada vez más mujeres como figuras públicas, es innegable que por ejemplo en el mundo estudiantil se ha avanzado en visibilizar prácticas que antes eran totalmente ignoradas, como el acoso, el abuso dentro de las comunidades académicas; también es cierto que hoy la violencia de género es una realidad y la lucha contra ella adquiere cada vez mayor legitimidad, pero todo esto no nos puede confundir: son avances parciales, pero queda muchísimo que hacer, ya que no se trata de denunciar una realidad sino de transformarla.

Y transformar esta realidad no es un desafío simplemente individual, ni de un sector en particular, sino un desafío colectivo. Construir perfiles de dirigencias feministas, feminizar los espacios masculinizados, resignificar lo femenino y ponerlo en valor, así como deconstruir la masculinidad hegemónica del patriarcado; combatir la idea de que lo femenino es débil, es menos humano, porque es esa la idea que subyace que nos maten, nos humillen y nos maltraten, que nos nieguen espacios y nos destinen a otros.

Todas estas son tareas enormes que sólo podemos afrontar organizadas, fortaleciendo al movimiento feminista que está emergiendo nuevamente, identificando desafíos y peligros para superar los intentos de cooptación del feminismo liberal, así como el sectarismo que muchas veces se confunde con radicalidad. Para eso debemos ampliar el alcance de la consciencia feminista más allá de los espacios académicos, estudiantiles o del activo feminista. Debemos transformar nuestras organizaciones políticas y también aquellas propias del mundo estudiantil, pero por sobre todo debemos llegar al territorio, a las mentes y corazones de millones de mujeres, y millones de hombres también.

Debemos crear consciencia feminista, porque el machismo no se puede confrontar sólo con grandes medidas si no se hace también en nuestra vida cotidiana. Debemos generar puentes de solidaridad y coordinación con quienes luchan contra otras formas de discriminación que oprimen a la humanidad. Y para eso cada una de nosotras debe asumir su protagonismo en esta lucha.

Asumir ese protagonismo con responsabilidad, haciendo carne el principio de que lo personal es político, abriéndonos a la crítica y la autocrítica para avanzar, exigiendo respeto, autocrítica y colaboración a los hombres, cuidarnos de no relativizar la profundidad de las transformaciones que debemos impulsar, e interrogarnos constantemente sobre cuáles son las urgencias que hoy vivimos las mujeres de Chile y el mundo, para que nuestra lucha se materialice en transformar nuestra realidad, en unidad política para impulsar proyectos propios, con prácticas distintas y con nosotras a la cabeza de este movimiento que nos pertenece.

Podemos todo si decidimos avanzar, conquistar espacios y demostrar que ser empoderadas no significa ser iguales a quienes hoy tienen el poder.

Marta Cinto