Opinión

Abortar sin transar, parir sin dolor, criar sin culpa

Por: Paola Arroyo Fernández | Publicado: 25.07.2017
Abortar sin transar, parir sin dolor, criar sin culpa aborto_ww-1200×800 | Imagen referencial / Agencia Uno
Como un mantra oímos hablar del niño que está por nacer, cual si se tratara de infantes jugando por el parque, desplazando así lo fundamental de esta discusión: la autonomía de las mujeres para determinar el curso de sus vidas.

Las mujeres pertenecemos a esa categoría llamada subalterna. La nuestra es una subalternidad anclada en la biología a partir de la cual brillantes mentes, desde antiguo, definieron qué era una mujer y cuáles eran sus roles. La mujer, en este sentido, es una construcción cultural, no así las mujeres, seres reales y diversos que  a la par de dicho constructo se han ido rebelando a lo largo de la historia contra toda imposición.

Parir con dolor es una de las primeras sentencias que determina el sino de las mujeres. Una verdad para algunos conspicuos senadores. Porque para ellos nuestro único designio es convertirnos en madres. Su lógica así lo indica, después de todo, la naturaleza nos dotó biológicamente para ello. Una obra divina, no cabe duda.

Olvidan, sin embargo, estos grandes pensadores, que existe una conciencia-ellos preferirán llamarle alma- y una voluntad y, por consiguiente, el poder de decidir si traer o no hijos al mundo. Pero esta seudo democracia, que de “demos” tiene poco y nada, se niega aún en pleno siglo XXI a reconocer nuestra capacidad y autonomía en la toma de decisiones. Y el aborto en tanto conducta legalmente penalizada es sólo la punta de un iceberg de incapacidades que pesan principalmente sobre las mujeres, porque somos nosotras las que nos preñamos, no los hombres; a nosotras está asignada socialmente toda la cadena reproductiva de la maternidad: desde el parir hasta el cuidar, con todo el trabajo doméstico incluido, como una obligación disociada del colectivo, una función privatizada que consume la vida de la gran mayoría de las mujeres.

La imagen edulcorada de las madres sumisas, preocupadas y sufrientes, como María llorando a los pies de la cruz, sólo ha servido para deshumanizar a las mujeres que tienen hijos y para programar en las que aún no tienen, la idea de que su fin final es la maternidad. Toda la población femenina está sometida a tal estigma y como toda verdad revelada, se vuelve incuestionable.

El proyecto de despenalización del aborto bajo la camisa de fuerza de las tres exclusivas causales es, a mí modo de ver, una oportunidad perdida. ¿Aborto en la medida de lo posible? Un conglomerado que llega al poder enarbolando la histórica demanda del aborto, pero que sin embargo lo circunscribe a casos extremos que más parecen apelar a la misericordia legislativa que al sentido común y la razonabilidad, sólo ha conseguido mediáticas cuñas, algunas realmente aterradoras. Pero claro, qué sentido común puede haber en un país con sistema de capitalización individual, qué razonabilidad se puede esperar si hay que hacer rifas y completadas para pagar tratamientos médicos y hospitalizaciones.

Tan grave como este insuficiente proyecto es el hecho de que Bachelet en su anterior gobierno y tras el fallo del Tribunal Constitucional referido a la anticoncepción de emergencia, ordenó sacar del mercado el Misoprostol, medicamento que permite abortar. ¿Cuál fue la razón de tal medida? ¿Quedar bien, una vez más,  con dios y con el diablo? ¿Presentar siete años después el proyecto estrella de su segundo mandato?

Y como si lo anterior fuera poco, el Estado, a través del Ministerio de Educación, no se ha hecho cargo de la educación sexual y reproductiva del estudiantado de todos los niveles, negándole a la sociedad toda su autodeterminación en materia de sexualidad y reproducción. Porque la entelequia a la que llamamos Estado chileno es tan solo una caja registradora para los grandes grupos económicos que han perpetuado la concentración de la riqueza, acrecentando descaradamente el capital que desnivela la balanza a su favor. Chile es una república fallida que vive mintiéndose a sí misma.

Una consecuencia inmediata de este modelo dominante es que en Chile no todas las vidas valen lo mismo. La vida de una niña embarazada por su pololo mayor de edad, cuya existencia pende de un hilo después de que él la agrediera brutalmente, no vale lo mismo. Para ella no hay voces pro-vida, porque por estos días es la perfecta incubadora de esa única forma de vida que los conservadores defienden: el ser intrauterino.

La vida de las mujeres en general vale muy poco. Y cuando digo vida hablo de cuerpos, de mentes, de sueños, de tiempo que pasa sin retorno. Pienso que si pudiera hacerse un estudio serio acerca de cuántas mujeres se han sentido violentadas, vulneradas o desplazadas por los roles que les han sido impuestos, los resultados serían lapidarios, sería una lápida tan grande como para ponerla sobre todo este largo país y sepultarlo.

Cuando la maternidad se vuelve un servicio obligatorio, las vidas que paren a los vástagos de esta república fallida no son reconocidas en su dignidad humana. Y quiero ir más allá de las exiguas tres causales con las que el actual gobierno fetichizó la opresión de las mujeres, volviéndola una moneda de cambio de popularidad y cargos quién sabe dónde. Hablo de la libertad de decidir. Hablo de traer seres humanos a este difícil mundo de manera consciente y voluntaria. Hablo de que ser madre no es igual a ser mujer, de que parir no es un tributo que le debamos al Estado, que en verdad nada le podemos deber a un Estado que no educa sexualmente, que no juzga con justicia y que no permite que decidamos sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas, imponiendo muchas veces  criar en las peores condiciones.

Como un mantra oímos hablar del niño que está por nacer, cual si se tratara de infantes jugando por el parque, desplazando así lo fundamental de esta discusión: la autonomía de las mujeres para determinar el curso de sus vidas. Porque el tema es no avalar la violación de las niñas al interior de las familias, no obligar a las trabajadoras a tener hijos que no podrán mantener con dignidad, no imponer la única “ideología de género” que existe y que reza que las mujeres parirán con dolor, que son la encarnación de la lujuria y que deben vivir revolcándose en la culpa.

Cuando sabemos de las niñas y niños del SENAME y las instituciones privadas que orbitan-y lucran- a su alrededor, abandonados a la buena de dios, rogando que no los violen ni los maltraten, es imposible no pensar en aborto, en educación sexual, en planificación familiar, en la pobreza y todas las injusticias que sobre los pobres se ciernen como si fuera castigo divino.

Una sociedad justa debiera ocuparse en tener niñas y niños queridos y no paridos a la fuerza; niñas y niños que no sean violentados; niñas libres y no obligadas a parir para proteger la vida de un algo que se gesta, mientras la suya no es tema porque sólo se trata de un cuerpo prestado sin importar la edad que tenga ni su voluntad de hacerlo.

Traer vidas a este mundo tiene que ser una decisión, un acto placentero. Parir y criar no debiera ser una carga impuesta casi exclusivamente a las mujeres, sino una experiencia de goce y de aprendizaje constante, un ensayo y error sin cuestionamientos ni juicios morales torcidos por la hipocresía. Cuestionar el rol materno es también una forma de ser madre, es una lucha permanente para no sucumbir a los designios de un dios masculino. Un aporte a la construcción de una sociedad solidaria.

Si no nacemos para tener un buen vivir, para hacer de nuestras vidas una suma de momentos que la hagan llevadera, donde fluya la ternura, donde las luchas se den en compañía, donde se combata sin tregua el abandono en la creencia de que la dignidad no la da la biología, sino las condiciones materiales de existencia, el desarrollo emocional y el vuelo creativo de los cuerpos, esos que portan aquello que llamamos vida, no resultan lógicas la obligación de parir ni la obligación de nacer.

Para algunos la libertad sólo es asunto del mercado, el cuerpo, el de las mujeres por ejemplo, es propiedad estatal. Ante esto sólo queda seguir abortando, más allá de la legalidad vigente, más allá de tres pírricas causales, más allá de la culpa. Y seguir pariendo en el goce y construyendo nuevas maneras de criar.

Paola Arroyo Fernández