Opinión

¿Dónde está el pueblo en Game of Thrones?

Por: Nicolás Ried | Publicado: 31.07.2017
¿Dónde está el pueblo en Game of Thrones? | Captura: HBO
Con una reconocida influencia shakespereana, la obra de George R. R. Martin nos habla del poder, de cómo tomarlo y cómo conservarlo: nos muestras los rostros del poder, las caras de los postulantes al trono de hierro.

Nadie se sorprendió por el hecho que fuera más vista que el porno. Game of Thrones (D. B. Weiss & David Benioff, 2011 — 2018) es uno de los objetos culturales más consumidos de los últimos años, a la altura del porno, a pesar que describirla es una tarea imposible sin quedar como un nerd: basada en los libros fantásticos de George R. R. Martin, nos situamos en un ambiente medieval, con dragones y zombies, donde un grupo de casas disputa por la vía de conjuras y traiciones el poder materializado en un trono de hierro. Abusando en un comienzo de los desnudos femeninos y la crueldad en la muerte de los personajes, Game of Thrones se convirtió en un objeto que suma incesablemente fanáticos de toda clase. Y es que a la complejidad de las tramas se suma que, en tanto serie, esperar un capítulo domingo a domingo se convierte en un ritual de consumo determinado por el hecho que todo el mundo también lo estará viendo.

Es en ese sentido que alguien comprometido con las tesis de la izquierda cultural, como es el caso del líder de Podemos, Pablo Iglesias, escriba un libro sobre Game of Thrones a fin de mostrar una analogía con el modo en que actualmente nos relacionamos con la política. Y es difícil mirar Game of Thrones sin pensar en cómo la disputa por el poder en un contexto tan diferente al nuestro nos parece algo tan cotidiano: conjuras entre hermanos, traiciones amorosas, suicidios inesperados, batallas perdidas, pueblos sometidos y fanáticos sin escrúpulos, marcan la tónica de los capítulos semana a semana. Con una reconocida influencia shakespereana, la obra de George R. R. Martin nos habla del poder, de cómo tomarlo y cómo conservarlo: nos muestras los rostros del poder, las caras de los postulantes al trono de hierro. Vemos a Cersei de la casa Lannister, a Jon de la casa Stark, a Danaerys de la casa Targaryen, todos representando a un élite que ha gobernado durante cientos de años el territorio conocido como Poniente. La sucesión de regicidios marca la historia de Game of Thrones: la historia comienza tras la muerte del llamado Rey Loco (a manos de Jaime Lannister); sucedido por Robert Baratheon (muerto por su propia reina, Cersei Lannister); sucedido a su vez por su hijo cruel y despiadado, Jeoffrey (quien moriría envenenado en su propia celebración); el cual sería sucedido por su hermano Tommen (quien terminaría suicidándose por hechos motivados por su madre Cersei). La sucesión de reyes puede ser una manera de leer Game of Thrones en función de los grandes nombres, parecida a la manera en que revisamos nuestra “historia universal” en base a la sucesión de dinastías y guerras, de presidentes y dictaduras. Sin embargo, una pregunta que vale la pena si nos tomamos en serio la cuestión de considerar a Game of Thrones como una analogía de nuestras prácticas, es la pregunta por el pueblo: ¿quién es el pueblo en Game of Thrones? E incluso, en un sentido más crítico, podemos preguntarnos por la posibilidad de un final de la serie donde el que triunfe sea el pueblo.

La candidata más fuerte para ganar el título de Reina del Pueblo, es Danaerys Targaryen: hija exiliada del Rey Loco, recorrió un largo camino por el desierto para agrupar distintas tribus, diversas y sin historia, bajo la promesa de recuperar el trono de hierro de las manos de la élite de los Lannister. Danaerys cuenta con un arma especial, además de sus multitudinarios ejércitos que la siguen por fanatismo: Danaerys cuenta con tres dragones que lanzan fuego. La historia de Danaerys está marcada por la conquista de ciudades en base la eliminación de la aristocracia y la esclavitud, con lo que se ha ganado el título de “Rompedora de cadenas”. Danaerys encarna un cierto espíritu de igualdad entre las personas y responsabilidad entre quienes viven bajo su ley

Otro candidato sería el popular Jon Snow: un supuesto hijo bastardo del respetado rey del Norte, Ned Stark. Jon Snow encarnaría a todos aquellos que no tienen historia, que no provienen de ninguna casa, que no saben de dinastías. Pero la verdad revelada es que Jon Snow, en verdad no es un simple bastardo, sino un hijo oculto de la casa Targaryen, familiar dinástico de la misma Danaerys. Así, tanto Danaerys como Jon forman parte de una élite dinástica que les permitiría reclamar legítimamente el trono de hierro en función de su nombre.

Pero para responder profundamente la pregunta por el pueblo, habría que dejar de lado los grandes nombres y las grandes dinastías, a fin de fijarnos en cuál es el lugar de aquellos que no tienen nombre y que son simplemente cualquiera. Para ello, hay que recordar el elemento de mayor relevancia en la serie, aquel que marca desde la primera escena del primer capítulo toda la trama, un elemento a veces olvidado en el análisis o interpretado como una simple analogía del calentamiento global: desde el norte hacia el trono, se dirige una multitud inagotable de zombies encabezados por un rey muerto-viviente, el Rey de la Noche. Esta multitud de zombies se acerca a paso lento durante toda la serie, amenazando con destruir todo lo que esté a su paso, caminando sin una finalidad, dirigiéndose al trono sin el deseo de poder. Es interesante que la serie cuente con la figura de los muertos-vivientes como la mayor amenaza para la humanidad, precisamente cuando nos remitimos a la figura del zombie y lo que conlleva. Al revisar la historia de los zombies en el cine (un trabajo que desarrolla de gran manera Adolfo Vera), podemos fijarnos en el ya muerto George A. Romero, el gran cineasta creador del imaginario zombie desde finales de los años 60, con su The night of the living dead (1968). La idea de Romero siempre fue sostener la figura del zombie como crítica del sistema capitalista y las relaciones políticas corrompidas: la vida del zombie sería una vida emancipada del deseo capitalista y de sus relaciones de poder, sería una simple vida que marcha sin un sentido claro. Los zombies encarnarían a aquellos que abandonaron esta vida para vivir otra, sería el grupo de los olvidados por la historia. Y en el caso de Game of Thrones, tenemos que son los que avanzan para acabar con la rueda de la historia, para destruir el trono y acabar con la humanidad.

Es esa amenaza, la amenaza zombie, la que nos muestra la verdad de los personajes de Game of Thrones: amigos y enemigos se unen a fin de evitar que los zombies acaben con todo. Los líderes de cada casa quieren gobernar, exactamente lo que la amenaza zombie vuelve frágil. Es por eso que miramos el asunto del pueblo en Game of Thrones desde la perspectiva de los muertos-vivientes tenemos que la única solución posible para que la serie tenga un final comunista donde el pueblo triunfe, sería que los muertos-vivientes acaben con la humanidad: que acaben con las dinastías, que reduzcan a ruinas los castillos, que liberen del yugo de la vida a los sometidos, que destruyan el trono, que acaben con todo. Un final así, que a primera vista sería pesimista, es quizá el único final esperanzador para nuestros tiempos: el triunfo de los zombies no significa el fin del mundo, ya que los zombies no están muertos, sólo llevan una vida distinta de la nuestra. Y de eso se trata la política, de cómo pensar la construcción de un pueblo más allá de las lógicas de sometimiento actuales.

Viendo de esta manera Game of Thrones, podemos resumirla como una serie que se sobre la lucha de clases: un pueblo de muertos-vivientes que acabará tarde o temprano con un sistema político alienante y esclavista fundado en privilegios de casta. George A. Romero debería alegrarse del triunfo de su legado, en una serie que tiene a los zombies como la única posibilidad de emancipación radical, permitiéndonos pensar en una política del zombie.

Nicolás Ried