Opinión

Fernando Alegría y el re – crear la historia antes que Tromben o Baradit

Por: Paulo Andrés Carreras Martínez | Publicado: 02.02.2018
Fernando Alegría y el re – crear la historia antes que Tromben o Baradit memoria | www.memoriaviva.cl
El autor de una prolífica obra entre las que cuentan Recabarren (1938) Caballo de copas (1957) o Allende, mi vecino (1990), logra con “Lautaro, joven libertador de Arauco”, (Santiago: Ed. Zig-Zag, 1943) mostrar precisamente la otra cara de la moneda en el período de descubrimiento y conquista de Chile, la de un joven mapuche que por su valor, astucia, lealtad a su pueblo y sagacidad es catapultado a la figura de héroe.

Las crónicas, relatos de viajes y el corpus de la mayoría de la narrativa histórica chilena que trata sobre el descubrimiento y conquista, ha tendido a exaltar y ensalzar las virtudes estratégicas y valores asociados a la valentía, gallardía y el constante apego a la corona, la Iglesia Católica y la patria de los invasores españoles.

En general la historia oficial, la de los vencedores, olvida en forma intencionada que dentro de la extensa Guerra de Arauco hubo otro bando, un pueblo indígena que mucho más pequeño que el invasor y no tan avanzado como otras civilizaciones americanas, demostró que en la defensa de su nación y amor por la tierra y sus raíces hasta el día de hoy sigue siendo indomable.

Antes que los escritores en boga de este positivo y agradable renacer de lo que podríamos denominar nueva camada de la Novela Histórica como Carlos Tromben, Jorge Baradit, Francisco Ortega o Waldo Parra entre otros, el gran escritor, diplomático durante el gobierno de Salvador Allende y crítico literario chileno Fernando Alegría (1918 – 2005) ya había iniciado esta nueva mirada de la historia a través de las novelas. El autor de una prolífica obra entre las que cuentan Recabarren (1938) Caballo de copas (1957) o Allende, mi vecino (1990), logra con “Lautaro, joven libertador de Arauco”, (Santiago: Ed. Zig-Zag, 1943) mostrar precisamente la otra cara de la moneda en el período de descubrimiento y conquista de Chile, la de un joven mapuche que por su valor, astucia, lealtad a su pueblo y sagacidad es catapultado a la figura de héroe.

La novela permite desde un  comienzo desmitificar la concepción errada y simplista del indígena como un sujeto tratado en las crónicas de la época y libros de historia al símil de un animal incapaz de expresar los más nobles sentimientos.

El crítico literario Juan Armando Epple se refiere a Fernando Alegría como “un narrador, poeta, ensayista y profesor universitario que se propuso rescatar la historia de los héroes sin monumento en sus obras. Formó parte de la generación del ’38 y pasó la mayor parte de su vida en EEUU”.

  “Se ha destacado, entre los escritores chilenos, por su pasión por develar la intrahistoria nacional y re-crear el mundo íntimo y colectivo de aquellos héroes negados o desdeñados por la historia oficial. Alegría se ha acercado a la experiencia histórica para imaginarla y re-formularla como aventura y ética, asumiendo en la literatura un acto de desciframiento político de la realidad».

Para el novelista Lautaro fue un héroe popular que alcanzó su primer triunfo cuando tenía veinte años y el máximo de su poder y gloria a los veinte y dos. El escritor además señala lo siguiente en el prólogo del libro “…los araucanos fueron conducidos por un caudillo que la tradición ha inmortalizado como uno de los más geniales libertadores de América; genial no porque hubiera aprendido a serlo en contacto con las sociedades avanzadas de su tiempo, sino simplemente porque nació genio.” (Alegría, Fernando, Lautaro, joven libertador de Arauco, 25ªedición, Editorial Zig-Zag, Santiago, Chile 1993, p.7-8.)

Lautaro y la dialéctica del amo y el esclavo

 Es interesante además analizar esta nueva lectura que hace el autor, de la mano de tal vez uno de los textos más geniales del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel, “la dialéctica del amo y el esclavo” comprendida dentro de su libro “La Fenomenología del espíritu” de 1807.

Para Hegel el origen de la historia y homologando esto a la génesis de nuestro país, se concibe gracias al enfrentamiento, al choque entre dos deseos. Pedro de Valdivia, el invasor desea que el otro Lautaro, los mapuches, le reconozcan, se le sometan y sean los subordinados. Este choque de deseos, (este primer momento siguiendo los postulados de Hegel) entre invasores e invadidos va a dar origen a un enfrentamiento a muerte, los dos lo saben, pero por miedo, astucia, estrategia, hay uno que en este segundo momento hegeliano se subordina al otro, Lautaro. Por su parte Valdivia se erige como el amo, triunfador (por un tiempo) su miedo a morir es menor que sus ansias de fama, riqueza y reconocimiento. (Una de las poderosas razones que trajo a los descubridores y conquistadores a la tierra de nada). La figura amo/esclavo se instala, surge.

Entendemos que Pedro de Valdivia extirpa el deseo de Lautaro quien encarna como arquetipo el deseo colectivo del pueblo mapuche, la libertad. El esclavo, Lautaro, se pone a trabajar transformándose en su paje, se le somete.

“Desde aquel día Lautaro pasó casi todos los momentos de su existencia diaria junto al conquistador. El joven hablaba poco, trataba a todos con reserva, en su actitud no había animosidad ni simpatía, solo indiferencia”. (Alegría, Fernando, op.cit., p.19.)

 Lo interesante de la novela es precisamente dejar como centro, protagonista de la historia, al caudillo indígena, con sus pensamientos y divagaciones sobre el español. Prima en la prosa la mirada que tiene el indígena de los europeos y no al revés como oficialmente nos ha llegado en los tradicionales libros de historia.

“Lautaro aprendió su lengua: una gran parte del mito se derrumbó, había descubierto que los dioses hablaban de un modo simple sobre simples cosas; que padecían hambre, sed frío, igual que los araucanos.” (Ibid., p.20.)

 Es interesante y revelador desglosar esta última cita pues irrumpe en este momento la des-mitificación que el indígena hace del conquistador. Este cambio de percepción será a la postre clave para que él y su pueblo rompan con el temor que tenían de los invasores y emerja en ellos la idea de defender su nación. Siguiendo el modelo hegeliano nos adentramos en el tercer momento, donde la negación de la negación se hace presente. Lautaro, el negado por Valdivia, a su vez niega al amo iniciándose la insurrección, la insurgencia y posterior muerte del conquistador.

“Pero si un millar de cosas se derrumbaron en su contacto con los españoles, otro millar había tenido su lugar. Lautaro escuchaba a su señor en religioso silencio, le oía echar los planes de su campaña, le veía sus fuerzas en el terreno: la caballería, los infantes, la artillería, los arcabuceros; luego establecer su campamento y enviar avanzadas…Lautaro bebía en los labios del conquistador el arte de la guerra.” (Ibid., p.21.)

Alegría resalta a través del inicio de la novela, la relación de mutua cooperación que hay entre ambos. Valdivia a pesar de haber cambiado con el tiempo la valoración hacia Lautaro, mantiene su mirada occidental, europea, esclavista y dominante. Continúa utilizando al indígena como objeto, una bestia que quiere domesticar al igual que un caballo. Lautaro en cambio es astuto, estratega, se sometió pero para aprender, mirar, ocupó su rol de esclavo subordinado para el fin último, aprender el arte de la guerra y luchar por la libertad del pueblo mapuche.

“Lautaro, joven libertador de Arauco” al igual o mejor que las recientes novelas históricas que se agotan con premura en las veredas chilenas con ediciones piratas, tiendas con textos de segunda mano o librerías de las más caras del mercado, expone la otra mirada, el lado b para trastocar y girar la perspectiva conocida.  Los extraños, los ajenos a mí, los diferentes, los otros no son los mapuches, sino el español más invasor y genocida que nunca, con miedos y temores, chorreando lodo y sangre como ocurrió en otras colonias americanas, africanas y cada rincón donde se explotó, violó, saqueó y mató para dar origen al capitalismo. ¿O no Marx?

Paulo Andrés Carreras Martínez