Opinión

El capitalismo y la indiferencia

Por: Esteban Vilchez Celis | Publicado: 23.03.2018
El capitalismo y la indiferencia capitalismo | Foto: Agencia Uno
Es la indiferencia con que opera el sistema privado, aunque sus afiches ocupen la imagen de la bondad cristiana. Cuando la muerte de los niños enfermos nos importa menos que asegurarnos el pago del tratamiento, es que nuestra esquizofrenia ha llegado al límite.

Si me preguntasen qué es lo que me molesta del capitalismo y del hecho de tener en Chile un gobierno de derecha que le rinde pleitesía, diría rápidamente que es su indiferencia y su insensibilidad ante el sufrimiento de las personas. Y aunque no puedo discutirlo en extenso ahora, si me preguntasen qué caracteriza – o debería caracterizar – a un auténtico hombre de izquierda, diría que es la sincera y permanente angustia por el sufrimiento de los más débiles de nuestras sociedades.

Me pregunto siempre si las personas de derecha son ingenuas o cínicas: ingenuas, si creen que el mercado y la libre competencia, sumados al crecimiento económico, colaboran en disminuir el sufrimiento humano y la injusticia; o cínicas, si quieren convencernos de ello e internamente sonríen cuando lo logran y perpetúan sus privilegios.

Entre otras cosas, no creo en el diseño inteligente, en los nacionalismos, en el racismo ni en las discriminaciones de ninguna clase; y, por supuesto, tampoco creo en el capitalismo y su propuesta por la indiferencia.

«De animales a dioses», de Yuval Noah Harari es, probablemente, uno de los mejores libros de historia que he leído. Entre los muchísimos aportes que Harari hace a cualquier lector con deseos de entender lo que lo rodea, me impactó especialmente el que hace referencia al capitalismo.

El capítulo 16 de su libro se denomina, precisamente, «El credo capitalista». Allí nos cuenta de cómo el crédito fue la causa que, por ejemplo, determinó el ascenso imperial de Gran Bretaña y la debacle francesa que concluyó con Luis XVI decapitado. Nos cuenta sobre el poderío de empresas privadas, como la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC) o la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales (WIC); y sobre decisiones tan amarradas a la codicia como la de Gran Bretaña de declarar la guerra a China en nombre del «libre comercio», que no era más que su deseo de poder seguir vendiendo opio a los chinos. Un cartel de la droga imperial que libró para ello la llamada «guerra del opio» (1840-1842).

En 1876, el rey Leopoldo II de Bélgica, gran cristiano, fundó una ONG para explorar el África central y combatir el tráfico de esclavos a lo largo del río Congo. Con el control otorgado por las potencias europeas de 2,3 millones de kilómetros cuadrados nació el Estado Libre (sí, «libre») del Congo. Pero pronto la ONG y Leopoldo olvidaron las escuelas y hospitales y la protección de la población, dedicándose en cambio a la explotación del caucho y a cortar los brazos de los campesinos africanos que no completaban la cuota asignada, sin contar con las directas masacres de aldeas. Entre 6 y 10 millones de congoleses murieron gracias a la caridad de Leopoldo.

El amor al capital por sobre las personas es superlativo en el caso de la esclavitud. Entre el siglo XVI y XIX, al menos unos diez millones de esclavos africanos llegaron a América, tráfico desarrollado por empresas privadas y siguiendo estrictamente las leyes de oferta y demanda. Hasta hoy Europa disfruta de los beneficios del trabajo esclavo en sus colonias alrededor del mundo. Es el mejor ejemplo del crecimiento económico sin distribución y sin justicia, cuestión que hoy apenas se ha morigerado con los salarios de explotación.

No es que realmente “odiaran” a los esclavos, sino que más bien “amaban” el dinero. Ante el capital, las personas, todas ellas, no importan. Los esclavos africanos no importaban. Los indios americanos trabajando en las encomiendas no importaban. Los arawaks, que otorgaron a Colón una alegre e ingenua bienvenida, fueron enviados por los españoles a recoger oro – también bajo la política de amputar las manos de los «holgazanes» -, a trabajar en minas insalubres, extinguiéndose por completo para 1650.

Obviamente, el capitalista «ama» el capital. No a las personas, no a los esclavos que venían de África, no a los pobres, no a los marginados ni a los que son arrancados de sus pueblos y tierras por las empresas extractivas. El capitalismo, en tanto amor por el capital, es a la vez indiferencia por los demás.

S0bre esto, dice Harari: «Este es el pequeño inconveniente del capitalismo de libre mercado: no puede asegurar que los beneficios se obtengan de manera justa o que se distribuyan de manera justa… Cuando el crecimiento se convierte en un bien supremo, no limitado por ninguna otra consideración ética, puede conducir fácilmente a la catástrofe. Algunas religiones, como el cristianismo y el nazismo, han matado a millones de personas debido a un odio ardiente. El capitalismo ha matado a millones debido a una fría indiferencia ligada a la avaricia». ¿Podemos agregar algo a esto?

Tal vez que estemos atentos, porque el capitalismo sigue igual. Las textiles y las minas de carbón en Inglaterra, las plantaciones de azúcar, las salitreras chilenas, las jornadas de trabajo de 16 horas, los sueldos mínimos irrisorios; los sistemas de las Isapres y las AFps, con pacientes muriendo y pensionados indigentes; la desesperanza de los jóvenes pobres; el sueldo mínimo; la división misma entre ricos y pobres… Todo eso tiene un denominador común: la indiferencia. Mientras haya más dinero y mejores beneficios, al capitalista sencillamente no le importa, en absoluto, el sufrimiento de otros seres humanos.

Indiferencia. Ahí está el centro y el nervio del capitalismo. Indiferencia ante el sufrimiento de todos los demás mamíferos del planeta.

El capitalismo no es solamente un sistema ineficiente para distribuir de modo justo el fruto del trabajo colectivo; es, ante todo, una forma horrible de ver a los demás, como nos recuerda Gerald A. Cohen. Quizás, es mejor decir que es un modo horrible de no ver a los demás, de negarles su visibilidad, su derecho a ser felices, su derecho a soñar.

El capitalismo ahoga, en el ruido de las monedas cayendo en el insaciable cofre de la avaricia, el llanto de demasiados niños africanos que perdieron a sus familias, las lágrimas de padres que vieron morir a sus hijos de hambre o de falta de atención médica; el capitalismo es responsable de cestos llenos de manos y brazos de congoleses y arawaks que no completaron sus cuotas de caucho o de oro; es responsable de la muerte de Eduardo Miño, quien, afectado por la asbestosis, pero mucho más por la impotencia ante la injusticia, se suicidó frente a La Moneda en 2001; el capitalismo y su indiferencia explica que el hecho de ser un niño y de estar enfermo no son razones suficientes para recibir atención médica al tope de nuestras capacidades.

Sobre esto último, recuerde usted la muerte de Daniela Vargas Vargas, de 13 años, que estaba adscrita al SENAME: falleció porque el Comité de Ética de la muy católica Red Christus no la incluyó en la lista de espera debido a su “precaria situación social, familiar y personal”, es decir, por pobre o, como diría Rawls, “desaventajada”. Es la indiferencia con que opera el sistema privado, aunque sus afiches ocupen la imagen de la bondad cristiana. Cuando la muerte de los niños enfermos nos importa menos que asegurarnos el pago del tratamiento, es que nuestra esquizofrenia ha llegado al límite.

Y acabamos de elegir un gobierno que filosóficamente se inclina por este sistema económico indiferente. Uno que lo aplaude y alienta. No puedo entenderlo, salvo como el producto de la ingenuidad y la desinformación. Solo por ello el explotado y marginado le daría el poder político a quien lo explota y margina. Los años que vienen son para revertir la ingenuidad y la desinformación.

En síntesis, ese es mi problema con el capitalismo. Uno ético, uno humano. Como sistema económico, ha sido muy eficaz creando y concentrando la riqueza. Ha prescindido permanentemente de la justicia y ha explotado a los más débiles tanto como siempre haya podido. Como propuesta ética, por lo tanto, me parece aberrante. Creo que sus crímenes son innumerables, innegables y vergonzosos.

Y si usted no ve esos crímenes ni el dolor causado por el capitalismo, es probable que tenga un problema serio. Uno de indiferencia, seguramente.

Esteban Vilchez Celis