Opinión

Qué triste fue decirnos adiós: la despedida de la canción melódica

Por: Cristofer Rodríguez Quiroz | Publicado: 02.10.2019
Las partidas de los nombres que hoy despedimos irremediablemente dejan en evidencia el fin de una era de canciones y formas de componer música pop que ya no existe, donde la melodía exigía por sobre todo ser un buen cantante, afinado, expresivo y que transmita toda clase de sentimientos, transformándose en el puente robusto que uniría a los músicos con el público. Algo que parece no ser tan importante en la era del auto-tune. 

El fatídico 2016 cerró con las tristes pérdidas de David BowieJuan Gabriel Leonard Cohen. Antes, ya se habían apagado las vidas de SandroAntonio PrietoDemis RoussosLeonardo Favio. Para cuando la mala suerte quiso ir más allá, en aproximadamente un año a contar de agosto de 2018, la tragedia golpeó nuevamente con las noticias de los fallecimientos de Aretha FranklinCharles AznavourSonia Von SchreblerLucho GaticaScott WalkerCamilo Sesto José José. Todos sobre los 70 años (salvo Bowie, Roussos y Gabriel) y con un oficio en común: cantantes.

A diferencia de otras muertes impactantes durante esta década (Amy WinehouseWhitney HoustonPrinceGeorge MichaelChris CornellTom Petty Dolores O’Riordan) que significaron pérdidas sorpresivas para el medio artístico y los fanáticos alrededor del mundo, las muertes de los artistas mencionados en el párrafo anterior, de cierta manera, fueron esperables, por trágico que esto pueda leerse. Más que por su vida de excesos -que no vamos a cuestionar-, por el dato irrefutable de su avanzada edad y el inexorable paso del tiempo, lo que nos pone frente a la verdad dura e inequívoca de estar presenciando el ocaso de una generación. Posiblemente, la mejor dotada en la historia de la música popular.

No se trata de que hoy no existan buenos cantantes, sin embargo, el contexto histórico en que voces destacadas como AdeleMichael Bublé Mon Laferte han debido desarrollarse es muy diferente al de la generación que suceden, en gran medida, porque el régimen de la canción pop ha cambiado. Entre las primeras décadas del siglo XX y la irrupción de The Beatles a mediados de los 60, tomó forma lo que comprenderíamos como música popular, consolidada en las décadas de los 70 y 80. La canción popular asumiría un formato que parecía imbatible y perdurable, con canciones con un promedio de duración de tres a cuatro minutos, una estructura basada en la triada verso/estribillo/puente y en donde el ritmo y la armonía estarían al servicio del protagonista indiscutido del single pop: la melodía.

Pero ¿qué es la melodía y por qué es tan importante para la generación que estamos despidiendo? En términos sencillos, la melodía es la secuencia de tonos que componen linealmente un cuerpo sonoro con identidad propia, o, más simple aún, es lo que corresponde cantar al cantante. No son los acordes que componen la base de una canción. No son los arreglos orquestales. No es el ritmo que sigue la percusión. Es la letra cantada. Lo que recordamos de la canción. Lo que silbamos. En el caso de la música popular iberoamericana y de raíz latina, esto será fundamental, dando paso a la canción melódica, reina inapelable de la canción pop y de los festivales televisivos como Viña del Mar, OTI y Eurovisión.

Sin temor a parecer nostálgico, el régimen actual de la música pop ha cambiado desde la preponderancia de la melodía, a la dominación casi absoluta del ritmo. En un régimen de la canción como el actual, es probable que las voces de Demis Roussos, Antonio Prieto Rocío Durcal no hubiesen tenido la opción de desarrollarse como lo hicieron en su época. Ésto no quiere decir que antes no existiesen hits rítmicos dedicados a bailar interpretados por buenos cantantes («Fresa salvaje», «Pavo real», «Mi gran noche»). Incluso en la actualidad una música orientada al deleite y expresión del cuerpo podría abordar perfectamente dimensiones emocionales como la rabia y la pena, además de lo festivo. Pero esto no ha sido así, y las partidas de los nombres que hoy despedimos irremediablemente dejan en evidencia el fin de una era de canciones y formas de componer música pop que ya no existe, donde la melodía exigía por sobre todo ser un buen cantante, afinado, expresivo y que transmita toda clase de sentimientos, transformándose en el puente robusto que uniría a los músicos con el público. Algo que parece no ser tan importante en la era del auto-tune.

Si aquella época es una «era dorada» de la canción pop y de sus intérpretes, no es nuestro objetivo determinarlo, pero es un hecho que hoy existen cada vez menos estrenos musicales en la radio, la tv o en las plataformas de streaming que penetren en nuestros corazones con lo más simple de un silbido apasionado. También han cambiado las audiencias y los medios de comunicación tradicionales y el público ya no tienen una relación directa y vertical como en la era pre-internet. Pero si se mantuvieran las dinámicas de consumo de música pop del siglo pasado, posiblemente tampoco habría cabida para los cantos de Juan Gabriel, Leonardo Fabio e incluso de Leonard Cohen para obtener sus estatus de culto.

Lo que extrañamos de esta generación que se va es muestra palpable del vacío que han dejado en la música popular. De David Bowie no extrañamos su hedonismo incandescente, de Leonardo Fabio su camaleónica faceta de director de cine, de Aretha Franklin su espíritu revolucionario o de Sonia La Única su papel como promotora de artistas -que sí, también extrañamos-, sino ante todo sus canciones. Y más allá del mundo anglo, lo extrañamos más aún en la canción melódica iberoamericana. Extrañamos cómo esta generación puso su voz al servicio de melodías que a veces desafiaban las posibilidades de una partitura con cuatro acordes (José José en «El triste» es insuperable en esto), rompían el umbral sonoro desde el susurro sensual al vértigo desmadrado del falsete (Camilo Sesto en  en ‘Getsemaní’, ‘La culpa ha sido mía’ y todo su repertorio), transportaban con elegancia al auditor hacia momentos y lugares en que jamás había estado (Charles Aznavour en «Venecia sin tí») y penetraban en el corazón con una canción para cada momento de la vida (Lucho Gatica, desde el desamor arrepentido de «El reloj» a la tragedia de «Espérame en el cielo»).

¿Volverán estas canciones? Las listas de popularidad dicen que no y que estamos lejos de un pronto regreso, mientras el régimen de canción pop se aleja más y más del canto y la melodía como hilo conductor de la música popular -adelantamos una posible conclusión: No es que no haya buenos cantantes hoy, faltan buenas canciones-. Pero esto no debería sorprendernos ni angustiarnos. Ya en los años 90 comenzó esta transición hacia el ritmo y la irrelevancia de la melodía y el canto -incluso antes, con el minimalismo sintético del pop inglés de los 80-, y si algo sabemos de la música popular es que los augurios que vaticinan muerte de géneros o hitos definitivos desde donde no se regresa, generalmente son humo que no se ajusta al desarrollo de los fenómenos culturales. Mientras, aprovechamos la ola nostálgica que han producido estas tristes pérdidas, asumamos que no serán las últimas vidas que veremos partir en el corto plazo, no tengamos miedo en admitir que, regresando o no, necesitamos de estas bellas canciones para vivir, que no sólo «hay que ver cómo es el amor», también hay que escuchar cómo es y que, aunque quisiéramos, no podríamos dejar ir estas canciones. Son inmortales, como las voces que las cantaron.

Cristofer Rodríguez Quiroz