Opinión

Chile: el momento de la autodeterminación o el pueblo como poder fáctico

Por: Pedro Santander y Víctor Lantó | Publicado: 27.03.2020
Chile: el momento de la autodeterminación o el pueblo como poder fáctico | Foto: Agencia Uno
La construcción de identidad política se va determinando a medida que se van tomando a diario decisiones colectivas sin esperar ni respetar las directrices de la institucionalidad, por el contrario, desconfiando profundamente de ellas. Es el ejercicio de una voluntad puesta a resistir y crear alternativas de salida ante las directrices de la elite política-empresarial. En esa lógica vemos bloqueo popular de caminos, caceroleos durante las cadenas televisivas de Piñera, la protección de niños y jóvenes tras la demanda por el cierre de colegios y universidades, la organización barrial y vecinal que se preocupa por el cuidado de nuestras abuelas y abuelos, la demanda por la cuarentena comunal, etc.

¿Qué momento estamos viviendo en nuestro país? ¿Dónde estamos, políticamente hablando?

Somos parte, en pocos meses e inesperadamente, de dos acontecimientos mega-sísmicos que han alterado radicalmente el curso de la normalidad y la direccionalidad que el bloque neoliberal tenía trazados para nuestro país: la Rebelión de Octubre y la llegada del coronavirus covid-19. Una crisis social y una crisis sanitaria.

A pesar de su distinta naturaleza, las tensiones que ambas crisis producen se expresan de modo clasista en Chile e intensifican este antagonismo develado el 18-O de forma explícita, acelerada, poblando el sentido común con mayor extensión y profundidad. Ambas crisis desnudan al rey y han permitido evidenciar de la absoluta falta de credibilidad de la elite político-empresarial, así como la ausencia total de representatividad en la sociedad civil.

Incluso con mayor fuerza que el aislamiento sanitario que vivimos, emerge hoy el aislamiento político, aislamiento que la elite fraguó de décadas. Como bien lo advertía el politólogo Tomas Mair, debido a la acción de la clase dominante, la democracia occidental se despojó totalmente de su componente popular, del demos, promoviendo un distanciamiento social  intencionado del pueblo hacia la democracia. En esa línea, la clase dirigente acomodó interesadamente la “forma democracia” a la indiferencia y la despolitización popular. Ocurrió así una  “retirada mutua”: el pueblo para la casa, y la elite al cerrado mundo de la gerencia gubernamental; entre medio….el vacío. Gobernando el vacío, una característica de la “democracia capitalista”.

Y de súbito ocurre la Rebelión de octubre en Chile, el país que vio nacer el neoliberalismo. Entonces, el vacío lo ocupó el pueblo, sin aviso ni permiso, intempestiva, radical, masiva y prolongadamente, torciendo el curso de las normalidades neoliberales, incluso durante el verano. Hoy bajo pandemia, acuarentenados, recluidos como nunca en nuestras casas, desmovilizada la protesta callejera, sin estudiantes en las aulas y calles, en distancia social diaria, a pesar de todo ello, el pueblo chileno ha mantenido la continuidad de la rebelión.

A diferencia de lo que muchos deseaban y otros temían, la llegada del virus, si bien vació la calle, no nos despolitizó como pueblo, ni calmó nuestros espíritus. Aún recluidos en nuestras casas, la presión por abajo que se echó a andar en octubre se mantiene. El pueblo hoy, desde sus hogares y en modo pandemia, al igual que cuando estaba masivamente movilizado en las calles, desafía, presiona y obliga a la clase dominante.

Ante esta rareza sociológica, hay quienes como Macarena Valenzuela y Sergio Toro postulan que estamos atravesando un “momento anarquista”, en tanto hay una condición de ruptura ciudadana con la institucionalidad que ha permitido “que las bases sociales del país iniciaran un proceso de reemplazo a la institucionalidad a través de movimientos y comunidades de organización horizontal”.

Es cierto, hay una irrupción de las comunidades organizadas a lo largo y ancho del país, hay una negación (y  evidente desprecio) de las jerarquías y de la autoridad del Estado. Pero aunque el pueblo va adelante, el Estado, el poder financiero, la moneda, el comercio, el ejército están ahí (aún), inamovibles, por lo cual el término “momento anarquista”, aun con su riqueza y base conceptual, puede llevar a confusión.

El momento de la autodeterminación

Tal vez antes que anarquista, la característica central que telúricamente emergió en octubre, y que hoy recorre socialmente nuestro país es la de la autodeterminación. En el momento anarquista el sujeto político ya está construido y cuenta con organicidad, en el momento de la autodeterminación vemos a un sujeto en plena construcción, y sin conducción orgánica. La construcción de identidad política se va determinando a medida que se van tomando a diario decisiones colectivas sin esperar ni respetar las directrices de la institucionalidad, por el contrario, desconfiando profundamente de ellas. Es el ejercicio de una voluntad puesta a resistir y crear alternativas de salida ante las directrices de la elite política-empresarial. En esa lógica vemos bloqueo popular de caminos, caceroleos durante las cadenas televisivas de Piñera, la protección de niños y jóvenes tras la demanda por el cierre de colegios y universidades, la organización barrial y vecinal que se preocupa por el cuidado de nuestras abuelas y abuelos, la demanda por la cuarentena comunal, etc. Es decir, la presión y conducción por abajo, mediante iniciativas autodeterminadas que prefiguran otras formas de entendernos y organizarnos, al margen del poder institucionalizado que vacila.

Al comprender lo anterior, tal vez no es adecuado decir, como se ha dicho decenas de veces desde la Rebelión de Octubre, que el movimiento social chileno que ha puesto en jaque al sistema carece de conducción. Puede ser correcto afirmar eso bajo los moldes de categorías marxistas y anarquistas clásicas. Pero si suponemos que estamos viviendo hoy ese momento que Marx describía tan bien como aquel en que, “Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profano, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”, entonces debemos revisar también categorías clásicas de nuestro repertorio. Lo que en este particular y dinámico momento le da conducción, coherencia y vitalidad al movimiento no es una vanguardia, no es una orgánica, ni una minoría activa. Tal vez lo que da conducción – momentánea- es la claridad vivencial de los y las de abajo de que ejercer la autodeterminación es la necesaria y más atinada forma para dar respuestas ante una época que aún no cierra de expoliación neoliberal.

Porque la autodeterminación deliberada y practicada a diario en centenares de micro-decisiones barriales, callejeras, de colectivos y colectivas, no sólo se han mostrado como las respuestas y reacciones más adecuadas ante un Estado que siempre nos ha despreciado, sino que, además, da fuerza. El momento de la autodeterminación se está mostrando como el momento de la lucha ideológica a través de lo concreto, el momento en que con mayor evidencia se palpa de que hemos dejado de usar las mismas expresiones, el mismo lenguaje, la misma escala de valores que la clase dominante nos imponía, el momento en que a diario podemos ver que el sentido común dominante neoliberal se ha trizado. Y eso da fuerza.

Gracias a este incipiente proceso de autodeterminación, presenciamos y vivenciamos hoy en Chile el momento en que el pueblo comienza a operar como poder fáctico. Esta vez nos toca a nosotros y nosotras ser aquel sector de la sociedad que, ubicados fuera de la institucionalidad, ejercer presión sobre aquella. Hemos adquirido poder para presionar al Estado bajo una conducción autoconstruida, doctrinariamente guiada por la generalizada y sistemática autodeterminación microsocial. Esta capacidad de presión, nos ha convertido en pocos meses en poder fáctico, y en ese ejercicio de sabernos fuerza y actuar como tal, se acumula aún más poder.

En ese sentido, vemos un pueblo que hoy está ejerciendo «dirección» gracias a que está comenzando a concebirse como poder, sin partidos, pero con “unidad por doctrina” como planteaba en épocas pasadas Rodolfo Walsh, sabiendo qué hacer sin que una orgánica se lo dicte, prefigurándose así, paso a paso, el momento de la dualidad de poder.

Pedro Santander y Víctor Lantó