Opinión

La mediática forma de presentar más de lo mismo

Por: Jaime Coloma | Publicado: 27.04.2020
La mediática forma de presentar más de lo mismo | Foto: Agencia Uno
La televisión, como ha sido su forma estos últimos años, no se hizo cargo de las peticiones sociales y, a diferencia de lo esperado, maquilló su apariencia sin establecer una nueva manera de presentar contenidos. La apuesta fue a que el chileno se iba a cansar de la situación y volvería a la rutina que acostumbrábamos. Lo que no imaginamos es que mientras acá tratábamos de volver a una supuesta rutina lejos, en China, comenzaba a desarrollarse vertiginosamente un nuevo virus que pondría a la especie humana de cabeza frente a todo lo que había establecido como normal hasta ese momento.

El covid-19 nos ha obligado a confrontar la realidad que empezó a dibujarse el 18 de octubre recién pasado cuando, gracias a un grupo de estudiantes secundarios, quedo claro el descontento de un porcentaje mayoritario de la población.

Una marcha multitudinaria que se replicó en distintos rincones del país dio cuenta de cómo en Chile se había construido una sociedad estresada, sobre endeudada y sin capacidad de responder a los miles de créditos que se piden para vivir o dar rienda suelta a las fantasías que subliminalmente nos impone la frívola cultura del consumo.

Es en éste contexto en que muchas instituciones, la televisión y prensa escrita entre ellos, que pasaban sin mayor cuestionamiento aparente por parte de la sociedad se vieron de pronto emplazadas a partir del mencionado estallido social. Varios comunicadores/rostros perdieron credibilidad, o más bien quedó al descubierto que nunca contaron con el apreciado atributo y los programas que los tenían en sus filas no veían como algo importante esa característica. Dentro de ésta nueva nomenclatura vimos desaparecer o cambiar ciertas formas de hacer y ser en programas emblemáticos y se entendió que ahora había que dar cabida a la información dejando de lado la entretención.

Fue así como empezamos a ver que las líneas editoriales dejaban de hablar de las aventuras y desventuras de los animadores y panelistas de un matinal para empezar a tener entre sus líneas a políticos, cientistas sociales y uno que otro – menos en este caso – activistas y líderes sociales. Empezaron los despidos y contrataciones de otros rostros y el escenario mediático cambio aparentemente su fisionomía. Los noticiarios en tanto ya no hacían infomerciales ni apologías al consumo contándonos de las mejores ofertas o hablándonos del terror a la delincuencia que se tomaba las calles del país y comenzaron, en una primera instancia, a hacerse, tímidamente, cargo de las demandas de la ciudadanía a partir de lo ocurrido en la multitudinaria marcha del 25 de octubre donde quedó clara la consigna de: “no son 30 pesos, son 30 años”, dejando en evidencia que lo que se quería y quiere cambiar es el sistema imperante y que ya no se aceptaba un maquillaje momentáneo para aplacar las frustraciones y carencias a las que, parecía, nos habíamos acostumbrado. Esto en todo caso duró poco ya que luego de una reunión de altos ejecutivos de los canales en La Moneda se volvió a las antiguas prácticas.

La televisión, como ha sido su forma estos últimos años, no se hizo cargo de las peticiones sociales y, a diferencia de lo esperado, maquilló su apariencia sin establecer una nueva manera de presentar contenidos. La apuesta fue a que el chileno se iba a cansar de la situación y volvería a la rutina que acostumbrábamos. Lo que no imaginamos es que mientras acá tratábamos de volver a una supuesta rutina  lejos, en China, comenzaba a desarrollarse vertiginosamente un nuevo virus que pondría a la especie humana de cabeza frente a todo lo que había establecido como normal hasta ese momento.

La enfermedad en cuestión no se hizo esperar y ya en los primeros días de marzo tuvimos que, nuevamente y esta vez sin un culpable visible, reformular lo que, hasta octubre del año recién pasado, conocíamos como “normalidad”. Los medios en general y la televisión en particular tuvieron que repensar lo que ya creían tener solucionado. Los políticos, que ahora se desarrollaban como opinólogos de ciencia y medicina compartían escena con médicos, estadistas, y un sinnúmero de especialistas en materias biológicas, epidemiológicas y de salud pública pero esto no fue suficiente ya que el otro elemento forzado fue como estructurar los set de cada programa cuando se proponía a la ciudadanía la posibilidad de una cuarentena, ojalá total y voluntaria.

Tomaron fuerza las trasmisiones en streaming y en redes sociales y los “rostros” empezaron a ver la posibilidad de no perder visibilidad a partir de estos nuevos soportes comunicacionales. Las plataformas virtuales se transformaron en la manera de hacer televisión y, como es habitual, se cambió la forma pero no el fondo.

La gracia de un medio independiente es, justamente: la independencia y ésta se traduce respecto a lo que se dice y cómo se dice, una conexión más real con las audiencias y un compromiso mucho más férreo con el rol social que deberían tener estas industrias culturales y, por  supuesto, quienes nos desempeñamos en ellas. Sin embargo seguimos viendo las mismas maneras de hacer televisión, los mismos relatos y los mismos discursos. Parece ser que eso de tratar de volver a la normalidad no sólo es un slogan del gobierno sino que también permea otras áreas como la de las comunicaciones que cual moribundo que agoniza se niega a dar el paso a nuevos contenidos  y por sobre todo a nuevas formas de desarrollarse.

Jaime Coloma