Opinión

La cuasi o seudo universidad: una comunidad no social

Por: Roberto Mayorga y Bruno Jerardino | Publicado: 27.05.2020
La cuasi o seudo universidad: una comunidad no social | Agencia Uno
Las universidades del Estado deberían constituirse en una escuela de la solidaridad, como expresión de las formas en que se interrelacionan sus integrantes. Desafortunadamente, la realidad nos muestra, en cambio, que se ha cultivado un individualismo muy propio de la cultura patriarcal reinante y, en consecuencia, ha impedido o dañado los tejidos solidarios en estas casas de estudio.

Publicamos estas reflexiones en momentos en que se anunció la proyección de una provocativa serie con el título “Paradojas del Nihilismo: la Academia”, que daría cuenta de la profunda crisis que viven las universidades, -con temas tabúes y acallados en su interior-, y en la esperanza de contribuir a remover el anestesiado espíritu que las ha mantenido marginadas del acontecer nacional.  

Partamos así con la siguiente interrogante. ¿A qué se debe que las universidades del Estado en Chile no posean voz ni menos liderazgo en el complejo proceso que está viviendo el país a raíz del coronavirus, la crisis climática y el estallido social? 

Nuestra perspectiva se refiere a las universidades del Estado, las cuales, y sin perjuicio de las reflexiones y/o participaciones de algunos de sus destacados profesores o unidades académicas, han fallado en prever y, actualmente, desarrollar concepciones capaces de enfrentar las referidas crisis. Lo cierto es que no sólo en la hora presente, sino que desde las últimas décadas, las universidades se han despreocupado de la realidad nacional, desviándose hacia objetivos meramente mercantilistas en una especie de competencia de “papers” de dudosa utilidad, en un afán por obtener financiamiento de grupos representativos del statu quo, lo cual las anuló en su misión de ser conciencia crítica de la nación. A lo anterior se une el autoritarismo con que han sido gobernadas, asiladas en normativas provenientes y aún vigentes del gobierno cívico-militar que han impedido el ejercicio de una real libertad académica. 

La falta de coherencia de sus autoridades para estar a la altura de las exigencias de una sociedad democrática e inclusiva ha sido palpable al comprobar cómo el propio Consejo de Rectores (CRUCH) ha designado recientemente, y por unanimidad, en el cargo de vicepresidente ejecutivo de esa entidad, a un rector controvertido en su propia casa de estudio justamente por su política autoritaria de exclusiones.

Tristemente, en las últimas décadas las universidades del Estado han carecido de liderazgo para erigirse en genuinas comunidades universitarias al servicio de objetivos nacionales, más allá de meras estructuras jurídicas, centros de poder o infraestructuras inmobiliarias, gestoras de profesionales de precaria formación integral.

En un ensayo publicado por el Instituto de Estudios Humanísticos el año 1986, con el título: “Decálogo de la Comunidad Universitaria”, se señalan 10 requisitos o elementos que habrían de poseer las universidades para ser reales comunidades de académicos, estudiantes y funcionarios al servicio del país (Mayorga, 1986).

Sin reproducir aquí aquel ensayo, resumamos algunas de sus ideas. Por ejemplo, que la universidad no se entiende sino por la calidad de las personas que la integran. La universidad es la común-unión de maestros, discípulos y personal, en la que cada estamento, en su propio rol, se siente identificado con ella y sus fines, respeta y valoriza el rol de los otros, solidarizando con la institución y con el aporte que los demás efectúan. Cabe consignar que, en una comunidad educativa, como es la universidad, los roles de maestro, discípulo y personal administrativo son interpretados por distintos miembros de la comunidad.

En efecto, las nuevas generaciones, las y los estudiantes, aportan con una mirada lozana, con la cosmovisión de las noveles generaciones, y son los maestros de sus profesores que los acompañan desde la reflexión crítica, en el descubrimientos de esos nuevos mundos que habitamos. Del mismo modo ocurre con los funcionarios administrativos que son maestros cuando señalan la necesidad de resignificar la relación para con la universidad y su aporte a la búsqueda de nuevos horizontes para nuestro país.

De este modo, las universidades del Estado deberían constituirse en una escuela de la solidaridad, como expresión de las formas en que se interrelacionan sus integrantes. Desafortunadamente, la realidad nos muestra, en cambio, que se ha cultivado un individualismo muy propio de la cultura patriarcal reinante y, en consecuencia, ha impedido o dañado los tejidos solidarios en estas casas de estudio.

Los diez elementos que la comunidad universitaria debería poseer son los siguientes: (pinche aquí).

Roberto Mayorga y Bruno Jerardino