Opinión

Universidades irrelevantes

Por: Hans Stange y Claudio Salinas | Publicado: 25.07.2020
Universidades irrelevantes Casa Central de la Universidad de Chile |
¿En qué consiste esa irrelevancia? Consiste fundamentalmente en una desconexión de la universidad con su sociedad. Los propósitos reales –no los declarados– de las universidades no entrañan ningún beneficio constatable para las sociedades y, en la práctica, anulan el valor social del conocimiento que las universidades producen y conservan.

Las universidades son hoy instituciones irrelevantes.

¿Por qué son irrelevantes? Como ya afirmamos en una columna anterior, las universidades han sido reorganizadas, en el contexto de las sociedades neoliberales actuales, como “empresas” productoras de papers y egresados, cuyo financiamiento depende de su capacidad para captar matrícula, becas y fondos concursables. Así, están obligadas a someter sus objetivos académicos a las mismas lógicas de mercado que subordinan la provisión de salud, de seguridad social, etc. En breve: asume que el conocimiento es un bien social y a la vez una mercancía.

Esto tiene varias consecuencias:

  • Las lógicas de competencia mercantil les otorgan a las métricas de calidad y productividad un poder de decisión sobre el trabajo académico que no deberían tener.
  • Esto confluye con un proceso paralelo de hiperespecialización disciplinaria (del que hablaremos enseguida).
  • La consecuencia de ambos procesos es un ensimismamiento endogámico de las universidades.

¿En qué consiste esa irrelevancia? Consiste fundamentalmente en una desconexión de la universidad con su sociedad. Los propósitos reales –no los declarados– de las universidades no entrañan ningún beneficio constatable para las sociedades y, en la práctica, anulan el valor social del conocimiento que las universidades producen y conservan.

En el caso de las ciencias formales y naturales, este proceso es menos evidente y las lógicas de productividad académica se articulan mejor con la naturaleza acumulativa del conocimiento científico. Sin embargo, como ha demostrado la pandemia, el privilegio creciente que se le otorga a la investigación aplicada, va en desmedro de las ciencias básicas que resultan cruciales en el momento actual.

El caso de las ciencias humanas y las artes, por otro lado, es lamentable. En la medida que sus saberes no son acumulativos, y que sus bases epistemológicas son diversas, responden mal a las lógicas productivistas, las que terminan imponiéndose a los criterios de cada campo. En la práctica, las métricas se transforman en las políticas de desarrollo de las humanidades, acentuando el sinsentido de la investigación.

Un muy interesante artículo de CIPER da buena cuenta de esta situación. El texto propone que la desconexión de la academia con la realidad puede explicarse, entre otras cosas, por:

  • La hiperespecialización de las disciplinas científicas, lo que impide tanto los abordajes complejos o interdisciplinarios de los problemas de estudio, como su relación con la vida común de la sociedad,
  • La masificación de la enseñanza universitaria, que acerca a la educación superior una heterogeneidad de saberes sociales cuyas disciplinas hiperespecializadas no están preparadas para procesar y absorber,
  • La predominancia de un discurso que ve en el desarrollo económico el principal fin –si no el único– de la producción de conocimiento.

El resultado: un escenario en el cual, por una parte, se privilegian las lógicas productivistas de la actividad científica como una forma de asegurar la calidad del “capital cognitivo”, el que, por otra parte, no tiene capacidad para comprender la complejidad del mundo contemporáneo.

¿Para quienes son irrelevantes?

En primer lugar, para las propias autoridades e instituciones que financian y sostienen a las universidades. Carolina Gaínza ha apuntado cómo la investigación sobre cuestiones como la desigualdad, la segregación social o la salud mental, simplemente no ha sido considerada en el proceso de toma de decisiones durante esta pandemia. El único gesto de las autoridades hacia las universidades ha sido la trabajosa concesión de un periodo extraordinario para que los estudiantes postulen a más créditos, rechazando la solicitud del Consejo de Rectores de repensar el modelo de financiamiento de la educación superior.

En segundo lugar, son irrelevantes para los estudiantes, verdaderos “clientes” cuya matrícula financia en buena parte el sistema. La crisis del coronavirus ha afectado estrepitosamente su participación: se han retirado más de 42 mil estudiantes, principalmente de instituciones no acreditadas, IPs y CFTs. La deserción en el primer año de estudios aumentó casi un 9%. Según la encuesta Pulso, el 81% de los estudiantes cree que está recibiendo una educación de peor calidad que la habitual y el 18% congelará si la modalidad de clases online continúa.

En las nuevas generaciones de estudiantes, los elementos de una nueva subjetividad política se solapan de manera aparentemente contradictoria con prácticas clientelares. Así, las exigencias por plena participación en la toma de decisiones, una política horizontal en todos los niveles –desde las facultades hasta el Estado–, una transparencia absoluta de las autoridades y un ejercicio consultivo y no resolutivo del poder, van de la mano con actitudes como responsabilzar completamente al Estado y los centros educativos por su aprendizaje, igualar “calidad” de la educación con “prestación de servicios” e, incluso, aceptar tácitamente el modelo de endeudamiento.

En tercer lugar, las universidades se han vuelto irrelevantes para los propios académicos. Daniela Céspedes, productora de la serie Paradojas del nihilismo, afirma que el sentido de la actividad académica se desdibuja completamente cuando queda supeditada a los intereses de producción del capital. “Lo mismo le pasa a todos los académicos: niegan su propia sensibilidad, niegan lo que no creen y lo que les hace sentido porque creen que en 30 años más van a ser prestigiosos, van a poder tener libertad creativa. (…) El capitalismo supedita todos los procesos de sentido y de valor hacia el capital, porque no le importa el código que tengas o lo que creas. La única pregunta que importa es ‘¿esto genera o no genera plata?’”.

¿Qué hacer frente a la irrelevancia de las universidades? Hay una necesidad profunda y urgente de llevar adelante una auténtica transformación de la universidad, cuyos ejes podrían ser:

  • Una estructura de financiamiento que asegure un sistema de educación pública garantizada por el Estado.
  • Una nueva definición del sentido de la autonomía universitaria, en la cual la gestión de las instituciones no tome el lugar de la definición de las políticas de conocimiento.
  • Un principio de democratización y participación de todos los actores sociales relevantes en el gobierno universitario, en todos sus niveles.
  • El reconocimiento de la diversidad de saberes que se producen y conservan en las universidades, los que no pueden ser evaluados bajo un único conjunto de parámetros uniformes.
  • Nuevos criterios de relevancia, que consideren no solo el aporte de las ciencias al desarrollo económico sino también, con la misma importancia, al desarrollo social, territorial y patrimonial, de manera cooperativa y descentralizada.

En una reciente entrevista, el rector de la Universidad de Chile, Ennio Vivaldi, indicó que “no hay otra parte del mundo en que se haya dañado a la educación pública como se hizo en Chile”, a consecuencia de las imposiciones neoliberales de la dictadura, administradas luego por los gobiernos transicionales. Lo peor, dice Vivaldi, es que nunca se cuestionó si el modelo era el que queríamos como sociedad.

Entonces, para que una reforma como ésta ocurra, tienen que darse cambios estructurales en el país, en los cuales debe insertarse la universidad pública transformada. Una universidad pública que conduce sus procesos educativos y científicos, que no que va a pedir migajas al Mineduc bajo la forma de convenios de desempeño y vouchers. Se necesita primero otra Constitución, que establezca la solidaridad como principio de la sociedad, que suponga unos horizontes de sentidos que vayan mucho más hacia el futuro que a la administración de un presente naturalizado y productivista.

No somos nostálgicos de alguna universidad ideal del pasado. Pensamos en una universidad pública con proyecto, con futuro, en otro tipo de sociedad.

Con un horizonte de sentido que conjure la irrelevancia.

Hans Stange y Claudio Salinas