Opinión

No hay vida sin medioambiente: el incomprensible rechazo al Acuerdo de Escazú

Por: Camila Musante | Publicado: 24.09.2020
No hay vida sin medioambiente: el incomprensible rechazo al Acuerdo de Escazú | Agencia Uno
No es un secreto que la negativa a ratificar el Acuerdo de Escazú responde a la protección de los intereses económicos que están en juego. El sistema extractivista que explota los recursos naturales, entendiendo que esta expresión recoge la visión utilitarista de la naturaleza de nuestro actual modelo de desarrollo, no puede entenderse sin una regulación que permita generar grandes impactos ambientales.

La historia ha demostrado que los gobiernos de derecha en Chile han violado sistemáticamente derechos humanos desde los inicios de la república. Los dos gobiernos de Sebastián Piñera no han sido la excepción. Sin ir más lejos, la historia reciente da testimonio de ello. Las operaciones de Carabineros en la Región de la Araucanía, las víctimas del estallido social (cuyas verdades aún no son esclarecidas), siguen a la espera de la anhelada justicia. Decenas de personas fallecidas, cientos de ojos perdidos, miles de personas heridas, una cifra negra de detenidos y cuatro informes de organizaciones internacionales de DD.HH. afirman categóricamente que en Chile se violan derechos humanos.

La vida como derecho humano no es respetada por el gobierno de Piñera. Y la negativa a ratificar el Acuerdo de Escazú es una prueba irrefutable de lo anterior. Porque este acuerdo regional es mucho más que un instrumento jurídico precursor en materia de protección ambiental: también es un tratado de derechos humanos. La postura del gobierno significa la pérdida de oportunidad para construir una institucionalidad ambiental democrática, tanto en la justicia ambiental como en el acceso a la información y la participación ambiental ciudadana. La participación y el acceso a la información colateralmente traen como efecto positivo la educación ambiental de la sociedad. Y la educación ambiental es clave para estimular cambios de hábitos que permitan disminuir las huellas ambientales; así las generaciones futuras podrán gozar de igual calidad de salud que las actuales o, en definitiva, podrán existir en el futuro. Finalmente, la decisión del gobierno deja a les activistas ambientales a la deriva de las amenazas y la violencia que sufren constantemente por parte de los grupos económicos que ven sus intereses comprometidos. No olvidemos los casos de homicidio de activistas ambientales que tenemos en Chile. En particular, el icónico caso de Macarena Valdés.

“[El acuerdo] Mezcla derechos humanos con medioambiente”: las palabras del canciller Andrés Allamand resonaron en el sentido común de los chilenos. Porque, si el medioambiente no tiene relación alguna con los derechos humanos, ¿cómo aseguramos el derecho a la vida sin agua para consumo humano y cómo aseguramos el derecho a la salud en las zonas de sacrificio? ¿Cómo les garantizamos a las generaciones futuras que podrán vivir si no tomamos medidas frente a la emergencia climática? ¿Y las especies futuras? ¿Acaso entendemos que los seres humanos somos entidades separadas del medio en el que nos desarrollamos? ¿No es el factor humano un componente decisivo del medioambiente? ¿Qué entienden nuestras autoridades por medioambiente? ¿Qué entienden por derechos humanos si no protegen la vida? ¿Existe algo más inalienable a la naturaleza humana que el hecho de existir?

No es un secreto que la negativa a ratificar el Acuerdo de Escazú responde a la protección de los intereses económicos que están en juego. El sistema extractivista que explota los recursos naturales, entendiendo que esta expresión recoge la visión utilitarista de la naturaleza de nuestro actual modelo de desarrollo, no puede entenderse sin una regulación que permita generar grandes impactos ambientales. El fortalecimiento de la institucionalidad ambiental, la justicia ambiental y herramientas de participación ciudadana que permitan una efectiva incidencia en los proyectos que impactan los ecosistemas, son impedimentos a la hora de construir un puerto que bloquea la vista al mar y destruye un espacio de memoria, por ejemplo.

Nuestro actual modelo de desarrollo es el fiel reflejo de una visión que ve a la naturaleza como un bien que reporta beneficios económicos. Este es el mismo modelo que está poniendo en riesgo nuestra salud y nuestra vida, al poner al ser humano (y su crecimiento económico) en el centro de toda regulación, sin comprender que éste forma parte de una red muchísimo más grande y compleja llamada naturaleza. Una red indivisible de elementos vivos y no vivos que permiten y sostienen la vida de todos, todas y todes en este planeta. El medioambiente sostiene nuestras propias vidas; si no lo protegemos debidamente, no habrá derechos humanos que ejercer. No hay vida sin medioambiente.

Camila Musante