Opinión

Baquedano no se va a los cuarteles

Por: Darío Quiroga | Publicado: 22.10.2020
Baquedano no se va a los cuarteles Monumento-General-Baquedano-A1 |
Lo que quiero compartir con ustedes en estas pocas líneas es la reiteración de los cambios de atuendos, colores y símbolos con los que la estatua del general Baquedano se modifica con frecuencia, y que ha generado un debate cada vez más intenso. Probablemente, la pintura roja que lo cubrió por completo en los días previos al 18 de octubre puso la discusión en un lugar definitivo: hoy, la mayoría de la gente entiende que Baquedano no puede seguir allí.

Y la duda sobre si habría una apropiación dos-punto-cero de Plaza Dignidad post pandemia quedó completamente despejada con la llegada de octubre. Volvió un caudal lo suficientemente masivo y decidido para hacer de la Plaza el punto de encuentro de la rebeldía post estallido. Al menos, cada viernes por la tarde.

Apuesto sin temor a equivocarme que no habrá fuerza policial ni hecho político que impida que en los próximos años -sí, durante algunos años- cada viernes un grupo suficiente de personas se vuelva a tomar la ex Plaza Italia y glorifique en el ombligo de la capital de Chile el derecho a manifestarse, reivindicando un Estallido Social que busca pasar de ser un momento de gran intensidad a un proceso refundacional de largo plazo.

Hay una discusión que solo dejaré enunciada, porque pretendo abordarla en una futura ocasión, respecto a lo que podríamos llamar “la utilidad” de ese ejercicio energético y pero potencialmente rutinario: ir cada viernes, disputar con la policía el ovalo que envuelve al Baquedano de metal, ganar siempre y finalmente quedarse con el premio de cortar el eje Alameda/Providencia durante varias horas. Todo esto, además transmitido en directo por “Galería Cima”, lo que además permite a miles de espectadores por todo Chile sumarse al evento en una forma de masificar la protesta muy sui generis.

Pero lo que quiero compartir con ustedes en estas pocas líneas es la reiteración de los cambios de atuendos, colores y símbolos con los que la estatua del general Baquedano se modifica con frecuencia, y que ha generado un debate cada vez más intenso. Probablemente, la pintura roja que lo cubrió por completo en los días previos al 18 de octubre puso la discusión en un lugar definitivo: hoy, la mayoría de la gente entiende que Baquedano no puede seguir allí.

Se generan cruces nada obvios en la derecha sobre la conveniencia o no de mover el monumento del lugar. No me interesa por ahora esa disputa, porque es la clásica discusión entre los defensores de lo que ellos entienden por Estado de derecho. Es una discusión en la lógica política clásica: si el adversario -la gente- te obliga a hacer algo, es una derrota. Tener que mover a Baquedano sería, por tanto, la demostración de la incapacidad del Estado de imponer la ley. Es cierto, pero irrelevante, porque la demostración que Sebastián Piñera no tuvo la capacidad de gestionar la crisis es algo que está fuera de toda duda, siendo irrelevante si Baquedano y su caballo amanecen limpio o rayado, negro, azul o rosado.

Lo que me importa es la liviandad con la que muchos ya celebran la posibilidad de que el monumento sea retirado por el Ejército para ser reubicado en otro lugar -probablemente en algún reciento militar-, entendiendo que eso sería un triunfo para quienes cada semana se apropian de Plaza Dignidad y los millones que celebran esta gesta semanal y su aroma a promesa de transformación social.

La que viene sucediendo hace un año en Plaza Italia/Baquedano/Dignidad es una profunda disputa simbólica. Por ello, la discusión a partir de la pertinencia o no de que exista un monumento al general Baquedano y su trayectoria de militar de pocas ideas, donde uno de sus méritos fue ser parte de los procesos de invasión y matanza del pueblo Mapuche, no se resuelve con dejar el monumento “en otro lado”. Más de alguien ya ha hecho la analogía con el sofá de Don Otto, pero en este caso el hecho se agrava cuando pensamos el lugar en que Don Otto quiere dejar el sofá.

¿Por qué naturalizamos que la estatua de Baquedano no puede estar en el centro de Santiago, pero sí en un recinto militar? ¿Por qué pensamos que post Estallido su figura y recuerdo hiere la sensibilidad de jóvenes idealistas, pero puede seguir siendo el bagaje cultural de un chico recién ingresado a la Escuela Militar? En definitiva, ¿Por qué seguimos permitiendo que el mundo militar sea un país aparte?

Son tiempos refundacionales, es hora de construir nuevos significados que superen el doble trauma de los sectores de avanzada con el Ejército: por una parte, el aroma oligarca en más de 200 años de vida independiente y, por otra, la fractura más reciente que ha determinado los últimos 50, donde los militares han estado al servicio de una clase social que sí los comprende y los hace suyos, y que ha utilizado a su favor la profunda desconexión de estos con el resto de la sociedad.

Tengo, como muchos de ustedes, las más altas expectativas de lo que pueda significar para el futuro de Chile los procesos políticos y sociales que se activan producto del Estallido Social, y por ello la discusión respecto a Manuel Baquedano y su caballo de bronce solo tiene sentido en su profundo carácter impugnador. Si definimos que su estatua ya no es pertinente porque ofende la memoria de las chilenas y chilenos, por uno de los capítulos más deleznables de la construcción de nuestra identidad nacional como fue la mal llamada Pacificación de la Araucanía, entonces el lugar de ese monumento no es un regimiento, sino una fundición.

Darío Quiroga