Opinión

Juventudes organizadas para un cambio de ciclo

Por: Valentina Gallardo | Publicado: 27.10.2020
Juventudes organizadas para un cambio de ciclo Foto: Sebastián Brogca | AGENCIA UNO
Estas juventudes, voceras de las injusticias cometidas en contra del pueblo, deben tomar una posición proactiva frente al nuevo ciclo que tiene como hito este pasado 25 de octubre de 2020. No es lo mismo un proceso constituyente con el pueblo organizado manifestándose que un proceso constituyente con las calles vacías. Es por esto que nuestra tarea no sólo es retomar con fuerza y vigor la movilización, sino que también organizar y articular.

Hace ya un año que el presidente Sebastián Piñera calificaba a Chile como “un verdadero oasis con una democracia estable”. Un oasis, en términos estrictos, es un paraje en medio del desierto en el que hay agua y crece la vegetación y, a decir verdad, tiene mucho sentido que el señor Presidente haya hecho esta aseveración ya que los únicos que viven en el “oasis chileno” son ellos: el 1% más rico de la población que incluye al señor Presidente, uno de los 5 hombres más ricos de Chile. El resto, vagamos en el desierto.

Según un estudio del PNUD hecho en 2017 sobre la brecha social chilena, el 1% más rico de Chile percibe un tercio del PIB nacional. Para que se llegue a estos niveles de desigualdad económica estratosféricos, las necesidades de la población, incluso las más básicas, han sido transformadas en bienes de consumo, legitimado por un sistema político, económico y social. Lo que el pueblo concibe como derechos es concebido como un portafolio de inversión altamente diversificado por parte del 1% más rico de Chile, los cuales han acrecentado sus fortunas en base al saqueo, el trato indigno, el sacrificio de comunidades y territorios, la usurpación, la evasión tributaria, la colusión; en términos simples, en base al abuso.

Las juventudes, que no sabían de dictaduras ni toques de queda, a principios de siglo comienzan a vislumbrar las injusticias y desigualdades que generaba el modelo que habían impuesto a nuestras familias en el terreno que les era más conocido: la educación. Luego de 10 años de relativo silencio, las juventudes, con el “mochilazo” del año 2001, abren un ciclo de movilizaciones anti-neoliberales marcado por temáticas no sólo educacionales, que han sido un gran frente de lucha para las juventudes, sino también medioambiente, vivienda, pensiones, salud pública, sueldo mínimo, transporte, causa mapuche, violencia machista, entre otros. Este ciclo duraría 20 años y tendría como punto de ebullición máxima el pasado 18 de octubre de 2019.

Las mismas juventudes, que sistemáticamente han sido tildadas de “problemáticas”, “violentas”, “peligrosas” o “delincuentes”, saltaron los torniquetes del metro y llenaron las calles y plazas de todo Chile en un acto de insurrección civil frente a una historia de abusos y desigualdades. Estas juventudes, que detonan y difunden demandas que exceden a sus propios intereses particulares, actúan con memoria histórica porque portan el lenguaje de sus madres, padres, abuelos y abuelas, y heredan luchas que renuevan sus aires en el seno de su jovialidad.

Con el 18 de octubre entonces se abre una ventana de oportunidad, se vaticina la sepultura del pacto social de la “transición”, donde cualquier avance en materia de derechos es siempre coartado por una institucionalidad hecha a la medida de la élite política y económica que constantemente nos recuerda, con fusil sobre la mesa, que debe hacerse “en la medida de lo posible”.

Las masas de trabajadores y trabajadoras en las calles, atendiendo al llamado que hacía esta juventud a decirle basta al sistema que legitima el abuso, retumbando las calles al son de “se necesita, de forma urgente, una Asamblea Constituyente”, pero fueron nuevamente coartadas por la política transicional firmando el “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”, imponiendo trabas y amarres propios de la lógica de Jaime Guzmán, poniendo en riesgo la construcción de una Constitución que dé paso a una nueva correlación de fuerzas, a una nivelación de la cancha que permita al pueblo conquistar sus derechos.

Estas juventudes, voceras de las injusticias cometidas en contra del pueblo, deben tomar una posición proactiva frente al nuevo ciclo que tiene como hito este pasado 25 de octubre de 2020. No es lo mismo un proceso constituyente con el pueblo organizado manifestándose que un proceso constituyente con las calles vacías. Es por esto que nuestra tarea no sólo es retomar con fuerza y vigor la movilización, sino que también organizar y articular.

A pesar de las trabas impuestas, las comunidades deben ser capaces de incidir programáticamente en la redacción de una nueva Constitución retomando el debate democrático en todos los territorios de norte a sur y de cordillera a costa, para así asegurar que los blindajes autoritarios de la tradición constitucional portaliana sean enterrados para siempre. En esto es indispensable el rol de las juventudes para organizar cabildos y asambleas, colaborando en la convocatoria, la facilitación de información, la sistematización de ideas y todas las gestiones necesarias para que la voz de los territorios y las organizaciones sociales pueda ser claramente oída y defendida por lxs representantes de la Convención Constituyente.

Pero estos no deben ser esfuerzos aislados que carezcan de comunicación. En este punto se alza una labor crucial: la articulación. La conformación de un movimiento político-social  amplio debe marcar la agenda juvenil, coordinando luchas territoriales y sectoriales con el protagonismo de una gran diversidad de actores y actrices. Las juventudes que hoy habitan organizaciones estudiantiles, feministas, territoriales, sindicales, medioambientales, etcétera, deben emprender esfuerzos en encontrar puntos en común alrededor de los cuales el pueblo vea su voz unificada y potenciada. Es así como la movilización, la organización y la articulación nos permitirán enfrentar un nuevo ciclo de luchas y resistencias que a penas se abre y que se proyecta mucho más allá de la redacción de un nuevo texto constitucional.

Los sectores defensores del modelo actual no harán esperar su ofensiva conservadora y violenta, reprimiendo las manifestaciones con toda la fuerza policial y militar de su lado. Los diversos informes sobre derechos humanos realizados en el contexto de la revuelta popular indican que quienes se llevaron las consecuencias del abuso policial fueron en su mayoría jóvenes y adolescentes, quienes fueron perseguidxs, mutiladxs, sometidxs a vejámenes sexuales y encarceladxs. Pero nuestra tarea es no retroceder hasta que valga la pena vivir, por nuestrxs compañerxs víctimas de violaciones a sus derechos humanos y por el sueño de nuestro pueblo al cual la alegría no le llegó.

En 2017, en la visita a Uruguay de la escritora feminista Silvia Federici, esta enunciaba que “la mejor forma de resistencia a la violencia no es enfrentarla sola, es juntarnos, crear nuevas formas de vida y reproducción más colectivas, fortalecer nuestros vínculos y así, verdaderamente, crear una red de resistencia que ponga fin a toda esta masacre”. Y así las juventudes alegres y conscientes, portadoras de energía renovada, deben contribuir activamente en el cambio de ciclo que se avecina, desbordando los dispositivos institucionales, colaborando en la reconstrucción del tejido social y recuperando las riendas de nuestro destino en el proceso constituyente que se avecina, hasta que la dignidad se haga costumbre.

Valentina Gallardo