Opinión

El fin de la República Neoliberal de Chile

Por: Francisco Javier Flores | Publicado: 29.10.2020
El fin de la República Neoliberal de Chile | Foto: AGENCIA UNO
La gran tarea de la política es hacer consciente lo latente. Algo de esto fue lo que ocurrió el 15 de noviembre de 2019, con el acuerdo que permitió, luego de intensas jornadas de protesta social, abrir los cauces del proceso constituyente. Del reclamo inicial de los 30 pesos se pasó a los 30 años, pero donde la demanda de una nueva Constitución no tenía centralidad o privilegio. Esa fue la gran virtud de ese acuerdo, y que finalmente pudo doblegar resistencias, suspicacias y oposiciones iniciales, para poder ligar y dotar a la pasión rebelde de un horizonte de sentido.

La reciente elección, y sus abrumadoras mayorías, es el comienzo del fin de la República Neoliberal de Chile. Lo que no significa, necesariamente, el fin del neoliberalismo, si no sólo que este no sea consagrado en su Constitución. Porque gobiernos con democracias de corte neoliberal existen en el mundo, pero con la diferencia de que su Constitución no está empeñada a este régimen.

Así como hubo y existen aún repúblicas socialistas, la nuestra es una república neoliberal. Por eso este es el inicio de su fin y el comienzo de una república democrática a secas.

Hace seis años el senador Jaime Quintana expresaba una frase ya célebre: “Nosotros no vamos a pasar una aplanadora, vamos a poner aquí una retroexcavadora, porque hay que destruir los cimientos anquilosados del modelo neoliberal de la dictadura”.  Esto provocó la reacción más transversal de rechazo de la entonces oposición, donde se condensaron negativamente todos los ímpetus reformistas y transformadores del segundo gobierno de Michelle Bachelet. Algunos, desde las propias filas, salieron a desmentir los alcances y otros a morigerar o dar explicaciones de un sentido menos controversial. Nadie, ni dentro ni fuera del gobierno, se adscribió a la metáfora. Hasta su propio autor pareció desfallecer en el intento de persistir en la misma. Esa frase, más que fruto de una deliberación, resultó más bien propia de un lapsus o un resto diurno, tal cual lo entiende el psicoanálisis. Como aquellas vivencias, pensamientos o representaciones que quedan dando vueltas por el inconsciente y de alguna forma deben salir de nuestra psique.

Hace unos pocos días, al cumplirse un año de la revuelta social, el ex presidente Ricardo Lagos señaló algo que pasó inadvertido. Asegurando que ese hecho, obligó al país a «repensar los cimientos que nos sostenían como sociedad», lo que viene a ser, junto con la reinvidicación de la retroexcavadora, una de las más profundas autocríticas autoflagelantes expresadas por uno de los principales lideres concertacionistas.  Repensar es volver a mirar aquello que pasó inadvertido o desechado. Referido a los cimientos, la misma expresión del senador, en alusión a aquello que está en la base donde se construye la edificación.

Eso fue lo que hicieron los más de 7 millones y medio de chilenos el domingo reciente. Y esta vez se pusieron manos a la obra, con el ruido de una retroexcavadora y con un lápiz en sus manos.

Con toda certeza, lo del senador Quintana, podemos resignificar ahora, no fue un exabrupto, sino el vehículo por donde se expresaba un sentido inconsciente, reprimido, en estado de latencia. Un horizonte de sentido, que traspasaba el eterno retorno de un puñado propuestas de políticas públicas, con las que suele considerarse su sucedáneo. ¿Y por qué reprimido? “Sólo se siente culpable quien cedió en su deseo”, señalaba Lacan.

¿Es que no fueron acaso esas las expectativas de programa mínimo, al calor de la unidad para enfrentar el plebiscito de 1988 y la tarea democratizadora? “No descansaremos hasta que la Constitución no tenga otro pie de firma y otro año”, expresaba un líder político con absoluta convicción en esos tiempos. Es cierto lo de los límites de juzgar a la época de la transición con los ojos del presente. Pero, no obstante, hubo algo de esa necesidad, de gobernar a resguardo, que se transformó en una vocación. E incluso en franco beneplácito con sus resultados. Bienvenida modernidad, fue uno de los títulos de unos de los libros best seller que se hacían circular.

Pero sabemos que lo reprimido retorna, aunque no siempre de la misma manera. De ahí la importancia de saber interpretar aquello que puja por ser develado, traducido. Y esa es la gran tarea de la política. Hacer consciente lo latente. Algo de esto fue lo que ocurrió el 15 de noviembre de 2019, con el acuerdo que permitió, luego de intensas jornadas de protesta social, abrir los cauces del proceso constituyente.

Del reclamo inicial de los 30 pesos se pasó a los 30 años, pero donde la demanda de una nueva Constitución no tenía centralidad o privilegio. Esa fue la gran virtud de ese acuerdo, y que finalmente pudo doblegar resistencias, suspicacias y oposiciones iniciales, para poder ligar y dotar a la pasión rebelde de un horizonte de sentido. En este caso, una idea o representación: una nueva Constitución. Lo traumático es justamente lo contrario, aquello que se impone por su intensidad y por su falta de sentido.

En espacios terapéuticos esa virtud se conoce como insight; una comprensión súbita que adquiere plenitud en una sana razón. Ese horizonte es el que permite también imponer restricciones y que estas adquieran valor subjetivo. De manera de poder renunciar a la omnipotencia, y a las consignas que convocan a un sujeto de la voluntad, que terminan muy de cerca de los discursos de autoayuda, de esos de “querer es poder”, tan propio, además, del ideario ideológico del sujeto neoliberal.

Lo anterior requiere audacia y una ineluctable convicción. Lo más escaso suele ser, a la vez, lo más necesario. Esto es casi todo lo contrario, de las procesiones a las encuestas, como si estas fueran el Oráculo de Delfos, asumiendo compulsivamente sus resultados con convicción ortopédica. Durante muchos años las encuestas mostraron que lo que acaba de congregar a millones no era de interés popular. No plegarse compulsivamente a lo que señalan debe ser otro aprendizaje de estos tiempos.

El nuevo liderazgo estará en poder articular los horizontes largos y los pasos cortos, para de esa manera poder ir convirtiendo lo posible en probable.

Francisco Javier Flores