Opinión

¿Ser o no ser constituyente?

Por: Francisco Villegas | Publicado: 17.11.2020
¿Ser o no ser constituyente? |
Me pregunto si tendremos constituyentes que interpreten las cosas con alma, que no confundan la esperanza de la población; que el interés moral sea el desinterés honesto por ayudar a redactar ese libro llamado Constitución y que sean personas que vayan más allá de esos puestos de poder porque lo que se necesita es el sentido común y no promesas.

En los albores de la Revolución Francesa, un tiempo que representó el fin de un “tiempo antiguo”, la idea de soberanía comenzó a recaer en el pueblo, que pudo ejercer un poder constituyente elaborando y aprobando un documento llamado Constitución. Sucedió con vigilancias, con tintas, con bocas que se apagaban, con lucha en las calles. Aunque, ya sabemos, ese ejercicio tuvo inspiraciones diversas asumiendo un mundo de vicisitudes que reflejaron creencias, oportunidades y modos de “hacer” una forma de poder político y social. El objeto, en tanto, fue uno solo: observarnos en la más rica de nuestras materias primas, el carácter humano. Por eso decimos, con franqueza, que hace 220 años, se inauguró alguna época de libertad, de igualdad y de fraternidad que, aunque fue un tiempo breve, conllevó otro, de índole simbólica y sostenible, casi como un vaivén para el orden social deseado.

De esta forma, varios siglos han transcurrido desde las ideas de Sieyès, por ejemplo, y de aquellos principios de poder y decisiones en medio de una población pobre y sumida en miseria. Y desde esos tiempos, con una serie de tratados, folletos y libros, se ha hablado, argumentado o probado que todos los desajustes que originan los dolores, frustraciones y malestares de la población, que ya era mayoritaria, considera y anhela el vigor de un pueblo eterno como deber insistente hacia lo que encadena y muere.

De esta manera, la población, en su simplicidad y vigor, y en su sinceridad y esplendor… centra sus creencias entre lo que conlleva pervivir en una difícil situación, con la ostentación y despilfarro de unos pocos, y lo que se presenta en la cotidianeidad como un detonante para lo que se denomina temeridad, revuelta social, estallido o simplemente revolución. Por esa razón, en el instante que toma importancia asumir esa interrogación social de ser constituyente, me pregunto, antes de exhalar un suspiro, si aquella acción está relacionada con una cerrada continuidad de comportamientos de una élite, que ya sabemos previsible y maltrecha, o bien es el empeño irreprimible y lento de algunas autoridades que no tienen más compromiso que subirse al carro de la coyuntura como guardianes del conocimiento social o político sin que los otros y otras puedan decir nada. No son estas, por cierto, reflexiones semi morales como esperando que nazca un día nuevo o azul, pero tampoco debiéramos permanecer como espectadores sin dar opiniones, énfasis o argumentos cuando la cosa es más visible de lo que suponemos.

El pueblo enérgico, en una efervescencia rebosante, dota al país de un ritmo de pensamientos y actividades que no es de extrañar, para nada, entonces, que exija otro espíritu para que las desilusiones como experiencias no se vuelvan a repetir y para que el país deje de ser una tierra y ambiente desdichados. El interés demuestra, como los golpes de las olas en las piedras, que el fuego ciudadano siempre reúne amplitudes y acciones incitantes y puras para la fecundidad de las nuevas ideas en un tema tan complejo y fundamental como es construir nación y país.

No obstante, y a medida que observamos y vivimos la realidad social y política de nuestro país, el asunto sí nos debe invocar y comprometer en la conciencia del mundo, pero sin caer en los silencios. Es tomar la palabra y decir que las personas, el pueblo ciudadano, las mayorías. brindaron en ese 80/20, como resultado del acto plebiscitario, la auténtica voz devenida desde ese único ánimo de país: el impulso de confrontar las injusticias, de todo tipo, en un movimiento social de enorme intensidad humana.

Aun así, las palabras no alcanzarán a mostrar jamás todo lo que sintió la población y la ciudadanía en el día y la noche de ese 25 de octubre: ¿una catarsis de desenfado político o una fabricación resonante por un nuevo destino?, ¿un manantial de pleno poder en el territorio que recién amanece o un esfuerzo popular donde nadie se quedó inmóvil?

Las sensibilidades generan incomodidad y el efecto cultural en estos tiempos es instantáneo y sin elusión. Las personas observan, lejos o cerca, que tanta imposición, y tanto conformismo y confusión, es igual a una limitación. Ya no será más el silencio, entonces, ni la obediencia con resignación. Lo paradójico acerca demasiado lo verdadero y el contenido de lo verdaderamente social es que las personas se cansaron de que les digan las cosas de manera engañosa. Por esa razón, me pregunto si tendremos constituyentes que interpreten las cosas con alma, que no confundan la esperanza de la población; que el interés moral sea el desinterés honesto por ayudar a redactar ese libro llamado Constitución y que sean personas que vayan más allá de esos puestos de poder porque lo que se necesita es el sentido común y no promesas.

Sé que las personas piensan y actúan distinto. Pero no podemos pasar por alto esta pregunta que se corresponde con una acción social y política tan delicada y ética como los que se han arrojado, dando nombres, para formar parte del panteón del grupo de constituyentes. Lo que debiera importar, en rigor, es la función y el cometido, pero sin otorgar membresías a priori, porque lo que se espera es el modo más simple y efectivo: personas de carne y hueso que aporten a la vida del país, pero desde un accionar conocido y respetado por la comunidad territorial y social.

A veces, las sociedades cambian bruscamente. Y a veces la paciencia varía de rumbo, dicen todavía en el sur, porque lo asemejan al “viento surazo”, puesto que se mira al cielo buscando el rumbo al nuevo viento que se encargará de traer una marea, una sensación o una esperanza. De esa manera, me seguiré preguntando respecto de aquellos constituyentes, los verdaderos, para reconocerlos en su caminar, en su trabajo social, en su buena vecindad, en sus ayudas solidarias, en sus trabajos subterráneos, casi anónimos, en su “fecundidad florida”, porque lo que se necesita es generosidad proba, el largo sollozo, también, del sufrimiento y no la comodidad. Por lo mismo, el pueblo es piel, espuma, bocas, gritos y anhelos que regresan.

Reconozcamos, entonces, a quienes son los de alma encendida, más allá del criterio y la experiencia; a los que tienen la fuerza de la multitud, la agudeza de la libertad o la conciencia de humanidad como consecuencia de una lealtad por las otras y otros.

Francisco Villegas
Master en Didáctica de la Lengua y la Literaturay magister en Educación. Docente en Universidad de Antofagasta.