Opinión

Nada más apacible que el final

Por: Jaime Collyer | Publicado: 04.04.2021
Nada más apacible que el final Imagen de la serie Black Mirror |
Esta pandemia de lenta aparición y prolongada incidencia lo ha demostrado, con los negociados de Espacio Riesco como ejemplo ilustrativo, hasta las disputas que aún hay por las aguas escasas, habiendo el trasfondo agravante de la sequía. Si el colapso es abrupto, el agua se reparte solidariamente; si es lento y gradual, el “fuera de mi lago” se convierte en la norma de quienes se habían apropiado antes del lago.

Pareciera que la escritura de ficciones se queda atrás frente a la realidad, que no tuviese ya mucho que decir o aportarle. La gente lee poco, se desordena mentalmente sola en sus casas, a nivel global, abandonándose en el mejor de los casos a Netflix y otras opciones del streaming, no a los libros, salvo excepciones. Es un error. Un error suponer que no tenga nada que aportar al impasse abrumador en que nos hallamos o las nuevas circunstancias, tan desconcertantes, del mundo que habitamos, con la pandemia que no retrocede en ningún lado, el empleo y los ingresos que caen cada día, las pequeñas empresas que se desmoronan en hilera, los dueños de la sartén –por ejemplo, las Big Data– multiplicando sus ingresos a niveles insospechados antes de la emergencia.

Es un hecho, el futuro y la distopía ya están aquí, y nosotros sumergidos hasta el cuello en ambos, en lo que tanto se anunciaba hace apenas un lustro o una década y ha terminado por irrumpir e instalarse en nuestra vida, mal que nos pese, sin fecha de término definida. Viviendo, entre otras cosas, una vuelta global de tuerca, un cambio de época, un salto civilizatorio de esos que no necesariamente se traducen en un mayor grado de civilización o civismo. Ya lo han dicho los “colapsistas”, esa hueste de especialistas sociales, biólogos y geólogos que vienen previniéndonos de esto, este colapso ad portas, desde hace veinte años o más. La noción de un colapso apunta, como su acepción habitual lo sugiere, a un descalabro total del escenario conocido, sus cadenas de abastecimiento, sus instituciones, sus fuentes de financiamiento, sus protocolos de colaboración mutua, sus solidaridades mejor instaladas. Una vez desencadenado el colapso, la premisa es equivalente a esa orden que se da en los campos de batalla cuando una de las facciones está al borde de la derrota final: “Sálvese quién pueda”. El caso de Dunkerque, por ejemplo, cuando el ejército inglés queda atrapado y rodeado en la costa belga y cada recluta joven debe encontrar por sí solo la forma de salir de allí con vida.

Los colapsistas dicen, por cierto, que las respuestas a ese momento de total descalabro en la vida productiva e institucional dependen de la velocidad a que discurra ese colapso: si el asunto es abrupto, por completo inesperado y disruptivo, las redes de solidaridad tienden, aunque suene paradójico, a sostenerse y mantenerse y hasta surgen nuevas alternativas. La sorpresa del arrinconamiento en Dunquerke es otro buen ejemplo: los soldados se organizan racionalmente para ser rescatados por turnos, la población civil británica se organiza por su parte para ir a rescatarlos en botecitos. Si, por el contrario, el colapso es de trámite lento y discurre casi sin notarse, parsimoniosamente, gradualmente, tienden a prevalecer y hasta a recomponerse los mecanismos de explotación insolidaria de los que lo sufren y a fortalecerse el contubernio entre las élites. Como dice Milan Kundera, “es posible que no haya nada más apacible que el final”.

Esta pandemia de lenta aparición y prolongada incidencia lo ha demostrado, con los negociados de Espacio Riesco como ejemplo ilustrativo, hasta las disputas que aún hay por las aguas escasas, habiendo el trasfondo agravante de la sequía. Si el colapso es abrupto, el agua se reparte solidariamente; si es lento y gradual, el “fuera de mi lago” se convierte en la norma de quienes se habían apropiado antes del lago.

Es un cambio de época, coincidente con estos primeros decenios del siglo XXI, nos guste o no. Parecido a lo que ocurrió en el fin de siglo decimonónico y a principios del XX. Un universo mecanicista y ordenado –el del XIX– según los preceptos del positivismo y la ciencia, del liberalismo parlamentario y comercial, dio paso a otro –el del XX– en que la noción incomprensible de la energía vino a sustituir a la materia a secas, y esa energía ahora susceptible de ser liberada en cadena podía arrasar una ciudad entera en minutos. El mundo había dejado de resultar del todo inteligible, comprensible y mínimamente ameno. En ese contexto es que aparece la cucaracha de Kafka (en torno a los años 20) o su cuento memorable de “La edificación de la muralla china”, donde los individuos son movilizados en cuadrillas desde sus pueblos de origen para construir segmentos de una muralla que nunca termina de edificarse, que era poco más o menos lo que les ocurría a los ciudadanos europeos durante la Primera Guerra Mundial, movilizados todos desde sus pueblos a la guerra de trincheras, donde permanecieron cinco años con los pies hundidos en el barro y entre los cadáveres sin que el frente se moviera demasiado de sus posiciones.

Es un individuo, el de esas huestes, reducido a la condición de un escarabajo, una cifra fácilmente incorporable a la contabilidad patriótica, exterminado de manera expedita en la resta bélica de cada día. La literatura del propio Kafka y otros germina con el concepto en florecimiento de “lo kafkiano”, es decir, lo jerárquico e incomprensible, burocrático y arbitrario (qué tremenda significación la de un escritor que da origen no sólo a su obra, sino a un concepto que da cuenta de su época).

Aprovecho, por mi parte, el fin de semana, en esta Semana Santa, para releer cosas variadas. Parto por Chuck Palahniuk y sus crónicas desconcertantes de Error humano, que termino alternando con los cuentos de Ted Chiang en Exhalación. Queda claro, al leerlos, ese giro epocal del que hablaba. Palahniuk es el autor de la novela El club de la pelea, que inspiró el filme del mismo nombre, un mundo de varones, y hasta mujeres, desangelados, oprimidos por la cotidianeidad, que derivan por las noches a clubes secretos, donde liberan sus energías de derrotados en combates y refriegas entre los integrantes del club o la secta. Por la vía de destrozarse mutuamente, literalmente, encuentran la redención. Sus crónicas de Error humano abundan en especímenes parecidos: gente que hace del desquiciamiento la razón de su vida, una forma de recobrar el sentido de ella en su discurrir sin grandes esperanzas. Como quienes escriben guiones y acuden cada año ante varios individuos sentados a una mesita donde tienen escasos siete minutos para contar su idea. Si es aprobada por el oyente, puede que la industria del cine la tome y ellos pasen a la categoría a que derivó el mismo Palahniuk, un autor o autora célebres. No ocurre casi nunca, hay que decirlo.

Me sorprende comprobar ese mundo tan reciente de Palahniuk en que aún había cierta coherencia en las aspiraciones inútiles de los seres humanos que circulan por sus páginas. Era a finales del pasado siglo y principios de esta centuria. Luego vinieron la “bomba informática” (como la llamó con lucidez Paul Virilio), la proliferación farmacológica y la internet, y la sociedad hipervigilada en que hoy nos debatimos. De El club de la pelea, de Palahniuk, pasamos a un escenario parecido al de Black Mirror, ese espacio deslumbrante, aún encontrable en Netflix, de historias donde el futuro tecnotrónico ya se ha impuesto y ha transformado a los usuarios en meros apéndices esclavizados de cerebros maestros y variantes del Gran Hermano que recortan a diario su libre albedrío. De este escribe Ted Chiang, aunque en una vena más optimista, el autor sino-norteamericano cuyas historias han inspirado a su vez filmes como La llegada, en que Amy Adams intentaba vincularse con visitantes extraterrestres en un idioma ideográfico más avanzado que los nuestros. El mundo ha cambiado irremediablemente y nosotros seguimos en mitad de él, empeñados en volverlo de nuevo inteligible, en sobrevivir y adaptarnos. No será fácil, pero la literatura y las historias que ella va acuñando tendrán cuando menos el valor de acompañar el proceso, sólo hay que dar con los autores apropiados.

Jaime Collyer
Escritor.