Opinión

Violencia económica

Por: María Isabel Peña Aguado | Publicado: 04.04.2021
Violencia económica |
La experiencia nos muestra que negar la pensión alimenticia a los hijos suele ser un acto de revancha hacia el otro progenitor que es en la mayoría de los casos una mujer. Así tenemos de nuevo un varón que castiga a la madre de sus hijos utilizando a estos. La violencia económica se suma así a las otras formas de violencia doméstica de la que los hijos son víctimas inocentes. Ya es hora de que la empecemos a llamar por su nombre, puesto que nombrar cosas las hace visibles y les da realidad. La realidad de muchas mujeres –a las que yo podría poner nombre y apellidos– que sufren el desgaste y el temor de no poder sacar solas a sus hijos adelante.

Hace unos días el Tribunal Supremo español condenó a un hombre que había dejado de pagar la pensión alimenticia a sus hijos. Las penas impuestas son duras, ya que se trata de menores que se ven profundamente perjudicados por esta circunstancia. Lo más reseñable del caso es que, en su aclaración, el alto tribunal define el delito como “violencia económica”. Violencia que se ejerce contra los hijos y además contra la parte que se queda a cargo de ellos.

No hay duda de que la ley es igual para todos, y que obliga a cualquiera de los progenitores a hacerse cargo de las necesidades materiales –y deberíamos añadir espirituales– de sus hijos. Pero la realidad muestra que, en un elevadísimo número de casos, es el varón el que decide que ni ‘esos’ hijos ni ‘esa’ madre ‘merecen’ percibir esa ‘renta’. Condenando así a todos los afectados a una situación de carencia y de esfuerzos redoblados para salir adelante. Esto no es ninguna exageración, sino un continuo que, personalmente, conozco de primera mano. Unas circunstancias que he observado –y sigo observando, lamentablemente– a mi alrededor.  De ahí que el uso del término “violencia económica” para describir la precariedad en la que deja a esos hijos y sus madres, me parece un gran acierto, porque es eso exactamente lo que es para quienes lo viven durante años. Y aquí hay que entender que la idea de economía no se resume en unos cuantos cientos de euros o pesos mensuales. Se trata, además, de comprender algunas de las emociones que acompañan esta situación. Estoy hablando del abandono, del desamor y del desprecio que transmiten estos varones a sus hijos a los que se les dificulta una existencia relativamente tranquila.

Sabemos que la pobreza es femenina, y no sólo gramaticalmente hablando. Las cifras –que tanto confort y credibilidad suelen darnos— señalan, una y otra vez, que las mujeres ganamos menos por el mismo trabajo, un trabajo que además nos cuesta el doble conseguir. A eso se suma el hecho de que las mujeres, al menos durante unos años, renunciamos antes a la jornada completa para poder compatibilizar nuestro trabajo con la crianza de los hijos. Hablar de economía y mujeres nos obliga, aún, a enfrentar un balance que sigue siendo negativo para nosotras. La pandemia socio-sanitaria que estamos viviendo ha empeorado esta situación y las consecuencias que se pronostican son poco halagüeñas. Así las cosas, la probabilidad de que sea una mujer la que, junto con sus hijos, sufra de esta “violencia económica” está casi garantizada. Y no estoy pensando sólo en mujeres con trabajos poco remunerados, pienso también en aquellas profesionales que, incluso a pesar de tener un trabajo mejor pagado, ven disminuir su poder adquisitivo y se debaten entre redoblar sus esfuerzos para mejorarlo, por una parte, y el tiempo y la atención que necesitan sus hijos, por otra.

La experiencia nos muestra que negar la pensión alimenticia a los hijos suele ser un acto de revancha hacia el otro progenitor que, como ya he señalado más arriba, es en la mayoría de los casos una mujer. Así tenemos de nuevo un varón que castiga a la madre de sus hijos utilizando a estos. La violencia económica se suma así a las otras formas de violencia doméstica de la que los hijos son víctimas inocentes. Ya es hora, pues, de que la empecemos a llamar por su nombre, puesto que nombrar cosas las hace visibles y les da realidad. La realidad de muchas mujeres –a las que yo personalmente podría poner nombre y apellidos– que sufren el desgaste y el temor de no poder sacar solas a sus hijos adelante.

María Isabel Peña Aguado
Académica de la Universidad Diego Portales.