Opinión

Ninguneados

Por: Rodrigo Mayorga | Publicado: 17.04.2021
Ninguneados Ignacio Briones | Agencia Uno
Lo más irónico de todo es que, cuando propuso su indignante “concurso”, Ignacio Briones estaba hablando de cómo atraer más y mejores estudiantes a las carreras de Pedagogía. Algunas semanas atrás, el Observatorio Docente del Centro de Investigación Avanzada en Educación de la Universidad de Chile constataba que las matrículas en estas carreras han caído en un 45% en los últimos dos años. Otro estudio, de la misma institución, identificó recientemente que 1 de cada 5 docentes deja el aula al quinto año de ejercicio. Son cifras que debieran estremecernos, sobre todo en un país donde tantos claman que los niños deben ir primero en la fila,

“¿Por qué no abrimos un concurso internacional para traer a los mejores profesores de afuera? ¿Por qué no hacemos lo que hacen los países que más admiramos y dicen ‘oye, ¿qué capacidad me falta en Chile?’”. Las palabras de Ignacio Briones –ex ministro de Hacienda y ahora flamante precandidato presidencial de Evópoli– causaron profunda indignación, y no sin motivo. Frescas estaban las declaraciones de otro ministro –Lucas Palacios, este aún en ejercicio en la cartera de Economía–, quien había tildado a los profesores colegiados de “caso de estudio. Personas que tienen una vocación por enseñar y lo único que quieren es no ir a clases”. Por los mismos días, el senador Iván Moreira acusaba a los docentes de haber estado “de vacaciones durante todo el año”. Lo anterior es sólo una muestra de los últimos dos meses; tristemente, si extendiéramos este periodo, seguro encontraríamos otros tantos ejemplos. Ningunear a profesores y profesoras, para algunos, pareciera ser un pasatiempo.

Históricamente, las condiciones laborales de los docentes escolares han sido complejas en nuestro país. Bajos sueldos y condiciones de vida precarias fueron pan de cada día para los preceptores y preceptoras del siglo XIX, sin olvidar que muchas veces eran ellos quienes debían correr con los costos de las escuelas que servían. Sin embargo, había algo distinto allí: la labor docente era una de las pocas vías de movilidad social existentes en la época, además de una fuente de prestigio y reconocimiento. Los maestros y maestras eran agentes de un Estado en construcción que iba alcanzando territorios lejanos e inhóspitos, mensajeros que traían consigo la modernidad y sus dones. No por nada, cuando el gobierno decidió traer a Chile profesores del extranjero en la década de 1880, no lo hizo para cubrir las “capacidades que faltaban”, como propone hoy el precandidato Briones, sino para que formaran y capacitaran a los chilenos y chilenas que habían construido y seguirian construyendo la escuela nacional a punta de tizas y manuales de primeras letras.

Hoy es poco lo que queda de ese reconocimiento de antaño a la labor docente. Explicar qué lo causó requeriría más que estas líneas, así como profundizar en cuanto mal han hecho a nuestro sistema educativo la lógica de la competencia y el énfasis descontrolado en las notas y puntajes por sobre los aprendizajes. Lo importante es aquí constatar este ninguneo incesante que deben enfrentar nuestros profesores y profesoras. Porque no es siempre tan evidente como en los casos citados al inicio: a veces tiene que ver con su exclusión de los espacios en que se toman las decisiones educativas (no hay que olvidar que, de 20 ministros de Educación desde el retorno a la democracia, sólo tres han sido profesores), la minusvaloración de la complejidad de la labor docente (cuántas veces ha escuchado todo profesor el clásico “¿De qué te quejas tanto? Si tienes muchas vacaciones”) y esa irritante creencia de quienes piensan que, por haber ido a la escuela de niños, han quedado habilitados para opinar de educación como si de expertos se tratara. Ese ninguneo, proveniente a veces de las más altas autoridades de la República y otras tantas de padres, madres, apoderados e incluso ciudadanos sin hijos en edad escolar, va erosionando, gota a gota, el ejercicio de la profesión que Gabriela Mistral llamara “la forma más alta de buscar a Dios”.

Lo más irónico de todo es que, cuando propuso su indignante “concurso”, Ignacio Briones estaba hablando de cómo atraer más y mejores estudiantes a las carreras de Pedagogía. Algunas semanas atrás, el Observatorio Docente del Centro de Investigación Avanzada en Educación de la Universidad de Chile constataba que las matrículas en estas carreras han caído en un 45% en los últimos dos años. Otro estudio, de la misma institución, identificó recientemente que 1 de cada 5 docentes deja el aula al quinto año de ejercicio. Son cifras que debieran estremecernos, sobre todo en un país donde tantos claman que los niños deben ir primero en la fila, que no quieren que nadie se meta con ellos y que lo que más importa es su bienestar y su educación. Pero no nos estremecemos y el máximo ninguneo es ese: la repetición de consignas vacías que no van acompañadas por medidas concretas para mejorar las condiciones laborales de los profesionales que educan a niñas y niños, y valorar la labor de formación y cuidado que ejercen (y que se ha vuelto tanto más evidente en el actual contexto de pandemia). Encontrar esas medidas no requiere concurso alguno. Basta con escuchar más a nuestros profesores y profesoras y menos, pero mucho mucho menos, a aquellos que ni siquiera se dan cuenta que lo único que hacen es ningunear.

Rodrigo Mayorga
Historiador y antropólogo educacional. Académico de la Universidad Católica. Director de Momento Constituyente.