Opinión

El medio es el masaje

Por: Jaime Collyer | Publicado: 18.04.2021
El medio es el masaje Marshall McLuhan |
La devoción generacional por los artilugios audiovisuales, plataformas y demás es algo reciente, un fenómeno de identificación colectiva que ha germinado en nuestra época, como la gran novedad ambiente. Un derrotero que en cierta medida explica la proliferación a que hoy asistimos de celulares, juegos audiovisuales y vías de acceso a la programación de esa índole. Y, por cierto, el enriquecimiento sin parangón de los llamados Big Data, esos gigantes de la acumulación de nuestros datos privados y decisiones eventuales de compra o las que sean. A la mencionada tenaza del confinamiento, se ha venido a sumar así el control subrepticio de nuestra privacidad y nuestros gustos, que creemos muy personales, pero están ahora determinados por los gadgets y artilugios, esos que registran nuestros cliqueos en internet y deciden hoy nuestras preferencias personales.

Al igual que mucha gente, amigos y conocidos varios, he aprovechado la tenaza interminable del confinamiento, esta jaula que no cesa, para sumergirme en opciones del cable y el streaming que no vi en su momento y que todo el mundo comentaba en su día, calificándolas con adjetivos como “irremplazable” o “imperdible” y sugiriéndonos imperiosamente que la viéramos, “no te la podís perder, compadre”. Me suele pasar, en esto de la tecnología y sus derivados, que voy siempre un paso detrás del último grito en la materia, cuando no dos pasos, a veces una docena. Por la época en que surgió el fax, hace ya unas décadas, me demoré muchísimo en ceder a ese engendro y solo adquirí uno cuando ya todo el mundo andaba en lo de la internet y el correo electrónico.

Mi entusiasmo por la adquisición se vio así menoscabado, trivializado por esos mismos amigos y conocidos cuando me topaba con ellos en algún café y les comentaba dichoso que por fin tenía fax, ya estaba en la onda, podían enviarme lo que quisieran. Como ya andaban todos en lo del correo electrónico, el resultado era más bien decepcionante y me miraban con cierta conmiseración apreciable, como a un sujeto un poco arcaico o una variante del tiranosaurio rex que había sobrevivido por azar al tortazo del meteorito y continuaba deambulando en la era moderna sin enterarse mucho de que le tocaba extinguirse. Como un espécimen extemporáneo, que siempre iba con retraso en esto de los gadgets que ellos habían ya adquirido, exprimido y hasta desechado cuando yo estaba recién aprendiendo a usarlos. Una cosa patética, pero igual seguí adelante.

Con el tiempo concluí algo sumamente apreciable hoy a la hora de analizar los signos de estatus que la cabrería más joven comenzó a enarbolar en los últimos decenios, en coincidencia con el neoliberalismo y la revolución informática asociada, esa identificación con podcasts, plataformas digitales, el mencionado streaming y otras modalidades que, a contar de entonces, les sirven para identificarse y sentirse parte de un segmento generacional que la lleva, a diferencia de los carcamales restantes, que fuimos todos criados en la era mecánica y analógica, así que nos ha costado enchufarnos a los nuevos usos. Es raro todo esto: vivimos una época en que las generaciones emergentes se identificaron masivamente con la nueva tecnología, transformándola, dentro de su universo social, en un signo de progresismo y un indicio de su propia popularidad, en un signo de choreza.

Se podría postular que a toda generación le ha sucedido algo parecido, y que cada subgrupo generacional se ha deslumbrado e identificado, en su momento, con la tecnología recién estrenada y más novedosa, pero no es del todo así, me parece. Mi infancia (o más bien la pubertad, nunca tan carcamal, aunque lo del tiranosaurio rex iba igual muy en serio) coincidió con la masificación de la televisión en  todo el orbe, un fenómeno que a Chile llegó con el Mundial del 62 y suscitó una primera forma de segregación y nuevo distanciamiento social: siempre había en el barrio algún amigo en cuya casa había un televisor y eso era, de manera inequívoca, un signo familiar de mayor estatus del vecino en cuestión, aunque solo fuera por la facultad de que ahora gozaba de admitir en el living de su casa a todo el vecindario, para que disfrutáramos todos de bodrios memorables como “Los patrulleros del Oeste”, “El fugitivo” o las primeras tandas de Sábados Gigantes, fenómeno omnipresente en las tardes sabatinas de varias generaciones a contar de entonces. Y así nos va hasta hoy.

Era, con todo, una época aún adherida a los usos analógicos y la vieja forma de contar historias. En uno de los dos (¡!) canales de la época se emitía, por ejemplo, un programa memorable titulado “Antología del cuento”, que recreaba todos los viernes, en un breve teleteatro con actores del momento, algún relato clásico (Los asesinos de Hemingway o El regalo de reyes de O’Henry, por ejemplo) y le permitía a uno contactarse con esas piezas selectas que, de otro modo, habrían quedado de lado en nuestra existencia dominada por la modorra, jamás los hubiéramos conocido. En lo personal, fue mi vehículo directo a la literatura, el gatillador de mi futura vocación literaria, así que aún recuerdo esos relatos teatralizados como un privilegio de mi pubertad, más bien magra en otros sentidos.

Con la tecnología ocurre precisamente esto, que los nuevos medios posibilitan nuevas formas de contar una historia, pero las viejas formas persisten un buen rato dentro de ese medio recién inaugurado. Cuando irrumpió el cine a principios del siglo XX, las primeras películas eran estáticas y reproducían en algún sentido el escenario del teatro clásico: una escenografía fija en que los personajes entraban y salían por puertas, escaleras y ventanas laterales, situadas en los márgenes de la escena, para luego desaparecer por ahí mismo. Baste pensar en cualquier película o corto de Charles Chaplin, donde ocurría justamente eso: su personaje entraba en la escena y hacía de las suyas subiendo y escapando por escalinatas y ventanas ad hoc, pero el escenario en sí no variaba. Frente a ese escenario filmado estaba ahora la cámara de cine, como antes estaba el espectador teatral. No fue sino hasta que Eisenstein y otros incorporaron los movimientos de cámara y la teoría del montaje fílmico (una técnica que amalgamaba escenas de diversos escenarios) que los nuevos contadores de historias descubrieron las posibilidades inagotables del cine y el nuevo invento. Se podía variar infinitamente el punto de vista, ya no había que narrar como lo hacía el teatro. Fue, si se quiere, un grito de libertad creativa.

La televisión acabó imponiéndose como pocos inventos, pero hay un hecho claro: nadie sentía, cuando ella irrumpió en el horizonte, que tenerla en casa y disponer de la nueva tecnología audiovisual fuera necesariamente un signo de la propia modernidad generacional y una prueba de que uno estaba a la última moda. Por el contrario: durante varias décadas la televisión fue percibida como la “caja tonta”, un vehículo que en cierta forma atentaba contra el propio desarrollo neurológico y la imaginación, motivando sesudos estudios académicos y conclusiones aguafiestas que se dedicaron a desprestigiarla en forma sistemática.

La devoción generacional por los artilugios audiovisuales, plataformas y demás es algo reciente, un fenómeno de identificación colectiva que ha germinado en nuestra época, como la gran novedad ambiente. Un derrotero, si bien se lo piensa, que en cierta medida explica la proliferación a que hoy asistimos de celulares, juegos audiovisuales y vías de acceso a la programación de esa índole. Y, por cierto, el enriquecimiento sin parangón de los llamados Big Data, esos gigantes de la acumulación de nuestros datos privados y decisiones eventuales de compra o las que sean. A la mencionada tenaza del confinamiento, se ha venido a sumar así el control subrepticio de nuestra privacidad y nuestros gustos, que creemos muy personales, pero están ahora determinados por los gadgets y artilugios, esos que registran nuestros cliqueos en internet y deciden hoy nuestras preferencias personales.

Así, dentro de unas horas, mañana cuando mucho, comenzaré a recibir con seguridad, en los dispositivos a mi alcance, sugerencias de lectura alusivas al Gran Hermano y el libre albedrío (detectadas a partir de esta columna), y hasta encargaré, con la misma seguridad y convicción, algunos libros al respecto o hasta películas afines al tema, convencido alegremente de mi propia libertad de elección y maravillado de esa coincidencia extraña, preguntándome cómo harán mi computador o el celular para coincidir tan nítidamente con mi libre albedrío.

Jaime Collyer
Escritor.