Opinión

Esa gente de orden

Por: Jaime Collyer | Publicado: 03.05.2021
Esa gente de orden |
Con todo, a los devotos presuntos del pluralismo no parece gustarles mucho ese giro contestatario. Su defensa del derecho a cambiar de opinión es válida, entonces, siempre que el giro sea hacia su trinchera o a las posturas más conservadoras, “moderadas”, como las califican ellos mismos.

“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Un amigo español solía enarbolar esta variante personal del conocido proverbio para sugerir los autoengaños en que el discurso nos hace incurrir, en especial el referido a la autoimagen. Salvo excepciones –en que se detecta un dejo patológico– nadie quiere ser casi nunca, o parecer, de extrema derecha, ni fascista ni estalinista. En lugar de ello, sean cuales sean sus vaivenes en la esfera pública, casi todo el mundo se autodefine mejor como “progresista”, “un moderado”, “un demócrata de toda la vida”, rótulos que acarrean mayor prestigio. Son cosas que le quedan a uno rebotando en la cabeza a propósito de esas proclamas recientes de variadas figuras mediáticas a favor de cambiar de opinión e ideología y derivar, de paso, al bando contrario, mira qué lindo. Ya no hay bandos contrarios, nos dicen con gesto impaciente, el mundo ha cambiado, de dónde esa insistencia antediluviana en izquierdas y derechas.

Son opciones enarboladas de preferencia por lo que suele denominarse el “Partido del Orden”, conformado por dilectos opinantes en la esfera pública y algunos representantes políticos que han variado con los años su posición doctrinaria para congeniar con lo que antes denostaban y combatían. Una batalla que, no pocas veces, fue lo que los condujo a las posiciones preeminentes que ahora ocupan, desde las cuales vocean sus proclamas recientes en favor de la tolerancia, el pluralismo y la sana convivencia. Es gente adicta, así, al protocolo y, por redundante que suene, al orden, pero en esto de sostener sus posturas ante el electorado o la audiencia se muestra bastante más flexible y desordenada, proclive a la improvisación y el espontaneísmo, según como venga la mano y de qué lado estén el poder y el entarimado en que este discurre, las encuestas de opinión, los auspiciadores de su labor mediática o su candidatura, los financistas en las sombras de su carrera política y sus empeños electorales.

Dice esta gente que cualquiera puede cambiar de opinión cuando se le dé la gana y que la consecuencia exigida por otra gente más solemne no es más que un gesto de tontogravedad, un subterfugio del totalitarismo. Hitler y Mussolini fueron –es lo que se nos dice– sumamente consecuentes con sus ideas espurias y así le fue al mundo entero por seguirlos: terminaron arrasándolo con su consecuencia. Lo que ahora se lleva –dicen– es la flexibilidad, adaptarse o morir, oscilar y dar pendulazos. La voz “totalitarismo” abunda así en las justificaciones de esos personeros, es un monigote que sacan a relucir siempre que pueden, lo enarbolan en la escena con sus cualidades extremas y luego lo derriban con sus argumentaciones tan flexibles, empleando una vía expedita para ganar cualquier debate.

La lectura de sus cartas de apoyo y pronunciamientos públicos sugiere, en todo caso, que ese derecho a cambiar de opinión es, para ellos, solo en un sentido, preferentemente hacia el extremo conservador del espectro político y no en la otra dirección, que a ellos les parece totalitaria, una cosa muy “de barrio”, una forma de protesta violenta y desaconsejable (aunque la violencia irreparable la haya ejercido hasta aquí el Estado, con el silencio reprochable de algunos). Mucha gente ha cambiado en estos meses de opinión y su postura en relación al escenario vigente, el libremercadismo a ultranza y desde luego el gobierno piñerista, postulando su apoyo explícito al cabreo ciudadano evidenciado con el estallido de octubre, sumándose con sus votos y posturas, en instancias eleccionarias, encuestas y debates públicos, a un cuestionamiento frontal del statu quo, radicalizando sus posiciones y exigencias, cuestionando cada día más el orden derivado de la dictadura. Con todo, a los devotos presuntos del pluralismo no parece gustarles mucho ese giro contestatario. Su defensa del derecho a cambiar de opinión es válida, entonces, siempre que el giro sea hacia su trinchera o a las posturas más conservadoras, “moderadas”, como las califican ellos mismos.

El “no es la forma” deviene así un eslogan habitual entre sus filas y es su himno de batalla. Dicen preferir los cambios graduales, las reformas y retoques a lo que hay, no se puede tirar todo por la borda, a quién se le ocurre. Como no son 30 pesos sino 30 años esos en que la han pasado por el aro, la ciudadanía se cansó hace rato de esas reformas eventuales, que habrían de implementarse alguna vez y nunca terminaron de ocurrir. Queda a estas alturas escaso margen para los cambios cosméticos y el aggiornamento de un sistema económico y una clase política que nos han conducido –desde antes de la pandemia– a un callejón sin salida. Unos cuantos tocamientos a la realidad ya no bastan, y las propuestas más frontales de cambio no traducen un ansia totalitaria subrepticia de quienes reniegan del orden vigente, sino un sentir ciudadano mayoritario, reflejado entre otras cosas en los resultados del plebiscito constituyente.

A pesar de su hipotética moderación, la presencia recurrente de esa gente tan selecta en los principales medios de comunicación y el sesgo discriminador de la prensa tampoco los incomodan, quizá por el protagonismo gratuito que esos medios les confieren a ellos, excluyendo a muchos críticos frontales del sistema. Por eso abundan en los medios algunas falacias desconcertantes en el discurso público, normalmente en boca de ellos, como esa idea de que se puede ir de un extremo al otro del espectro doctrinario y seguir estando donde mismo, o justificando la mutilación alevosa de manifestantes solo por un protocolo mal diseñado de las fuerzas policiales. Dime, en suma, de qué presumes y te diré cuánto has cambiado. Y no para mejor.

Jaime Collyer
Escritor.