Opinión

El dilema de los tres pilares

Por: Sebastián Sandoval | Publicado: 05.05.2021
El dilema de los tres pilares Metro La Moneda, 18 de octubre 2019 | AGENCIA UNO
Se va acrecentando la posibilidad que, en un futuro muy cercano, cuando estas instituciones hayan vuelto a rebalsar el vaso de las personas con cada gota de desdén, den inicio a un nuevo estallido social y político, que podría hacer más daño que beneficio si no surge un catalizador que logre conducir, sin una sed desquiciada de poder o sin forcejeos inútiles, a las búsquedas generales de nuestra democracia. Pues esta vez nadie va a creer que no lo vieron venir.

Desde la era dictatorial han existido tres pilares, tres estructuras basales que sostienen la institucionalidad chilena, que han derivado en el manejo general del sistema político, económico, social y jurídico de nuestro país. Los tres pilares son interdependientes; si uno cae, los demás sufren daño debido al peso de la estructura, lo que hace imposible su pervivencia por un tiempo prolongado. El primer pilar es el pilar político-económico, surgido tras los acuerdos entre los generales de la Junta Militar y el poder empresarial tras el Golpe de 1973, y que configuró la esencia de la relación sobre el cual el Estado y las esferas de poder operarían para el manejo de los ámbitos de la vida nacional, al restablecer la lógica portaliana, perdida tras la Constitución de 1925, como la regla general de dicha relación, y al sistema neoliberal como su lenguaje operativo.

El segundo pilar es el pilar social, que conforma el imaginario colectivo sobre el cual la ciudadanía se moviliza una vez se logra una estabilidad en las relaciones políticas y sociales. La conformación de los principios corporativistas, así como el fomento de este por el auge del pensamiento gremial, derivó en el establecimiento de una enseñanza basada en el misticismo histórico, epopeyas sobre-exageradas, un sentido de resiliencia basada en el nacionalismo y el establecimiento de una solidaridad social como forma de mitigar el impacto las políticas económicas implantadas en dictadura. El tercer pilar es el pilar jurídico, el exo-esqueleto del sistema, que sella de manera permanente los principios contenidos en los dos otros pilares en el funcionamiento de nuestras instituciones, mediante un texto breve pero pesado como elefante blanco, que amarraba a las instituciones mediante una sujeción total o parcial a dichos principios.

Durante cerca de 40 años el funcionamiento indiscutible de estos tres pilares mantuvo la institucionalidad en una aparente fortaleza. Sin embargo, para muchos expertos, tanto en la política como en los estudios humanistas en general, era insoslayable la pronta caída de estos pilares. Señales hubo, se advirtió de manera continua, y nunca hubo un intento de intentar socavar estos problemas de manera seria. Hoy nos encontramos, quizá, ante el dilema más grande de nuestra historia reciente, pues en este minuto sólo tenemos uno de los tres pilares en funcionamiento pleno como soporte vital de nuestra democracia, y ya se puede ver señales de que este no podrá sostenerse por mucho tiempo sin un daño de consideraciones a nuestra institucionalidad. Chile durante el último año y medio ha carecido de un pilar social, a raíz de la inexistencia de un imaginario colectivo que genere cohesión social como se mantuvo durante los últimos 30 años, debido a los hechos ocurridos en el estallido social que, queramos o no, determinaron el fin del paradigma sostenido por el pensamiento inculcado durante años.

La caída de los principios gremialistas y corporativistas que sostenían la estructura social se dio desde el surgimiento de las primeras evasiones masivas de estudiantes hasta los primeros días del estallido social, un periodo en que muchas personas entraron en conflicto en su fuero interno debido al uso de medidas extremas por parte de grupos conformados por miembros de la generación millennial y Z. Esto ocurrió en fuerte contraposición con las prácticas llevadas a cabo durante los últimos 15 años, en que la tónica de protestas masivas y pacíficas determinaron cambios magros y tardíos, pero importantes en sus primeros años, al ser confrontadas por un fuerte carácter represivo y poco adaptado a las movilizaciones de parte del Estado, que inculcó una rivalidad potente frente al status quo de parte de la sociedad estudiantil de fines de la década de 2000, quienes a su vez fueron relevantes en la formación de las generaciones sucesivas, que dirigieron el movimiento de 2019.

Dicha generación generó el menoscabo de la base sobre la que operaban millones de personas, al llevar las principales preguntas sobre la permanencia del sistema actual al cuestionamiento público mediante una vía directamente confrontacional contra el Estado y sus instituciones, lo cual fue una acción inteligente. Pero, al no tener una cabeza, fue incapaz de inculcar de manera efectiva un imaginario colectivo nuevo, desaprovechando, por la propia naturaleza del movimiento, la oportunidad de establecer un nuevo pilar para una nueva institucionalidad. Del mismo modo, durante este tiempo nuestro país ha llevado a cabo un proceso de reformulación de la institucionalidad jurídica, mediante un proceso constituyente que está en vías de establecimiento, lo cual ha dejado seriamente debilitado al pilar jurídico. A cambio, nuestra institucionalidad jurídica por primera vez en más de 200 años de vida independiente va a tener una legitimidad entregada por la misma ciudadanía de manera directa.

La caída de la Constitución de 1980, de tener un real efecto, no se va a ir completamente en su base, pues toda carta fundamental toma algo de la anterior. Es claro que la Convención Constitucional va a tener que ejercer su labor con sinceridad y probidad, y demostrar no sólo una contraposición ejemplar, sino también dar cara por los movimientos sociales y políticos que la sociedad ha impulsado. Para ello, la labor de quienes tienen conocimientos profesionales y ejerzan como constituyentes deberá ser de un rol preponderante a la hora de compartir dicha sapiencia con aquellas personas, especialmente que acompañen en las bancadas, que ejerzan símil labor, pero carezcan de las nociones. Si esto se llegase a dar de dicha manera, no sólo será posible construir un puente entre realidades, sino también diversificar la política transversal, rompiendo con la tónica elitista en el interior de los partidos, y más aún, crear un proyecto legislativo nacional demostrativo de lo que realmente podemos aspirar.

Nos encontramos sólo con el pilar político-económico en desgaste progresivo al tener que soportar la gigantesca carga que significa nuestra institucionalidad, y ya estamos viendo luces de un quiebre en este pilar, a medida que se acerca un posible futuro gobierno encabezado por populismos de cualquier sector político, o de un intento desesperado de “reconciliación forzada” en las relaciones entre la ciudadanía y su Estado.

La gente ha perdido completamente la fe no sólo en las instituciones, sino en su propia capacidad de fiscalización de estas, y a raíz de este abandono que la clase política ha sostenido, producto de su culpable pero necesaria relación con las esferas del poder producto de la operación de los principios portalianos, (que se encajan de manera casi perfecta con el neoliberalismo), ha entendido un mensaje de “no transar, ni ceder”, tanto en las voluminosas declaraciones de autoridades, como en los simbolismos más sencillos. De proseguir esta situación, se va acrecentando la posibilidad que, en un futuro muy cercano, cuando estas instituciones hayan vuelto a rebalsar el vaso de las personas con cada gota de desdén, den inicio a un nuevo estallido social y político, que podría hacer más daño que beneficio si no surge un catalizador que logre conducir, sin una sed desquiciada de poder o sin forcejeos inútiles, a las búsquedas generales de nuestra democracia. Pues esta vez nadie va a creer que no lo vieron venir.

Sebastián Sandoval
Alumno de la Facultad de Derecho de la Universidad Diego Portales.