Opinión

Proceso constituyente: bulimia y frustración democrática

Por: Adolfo Estrella | Publicado: 14.05.2021
Proceso constituyente: bulimia y frustración democrática |
Con todo, ¿quedará algo positivo de esta borrachera electoral? Creemos que sí. Y aunque las frustraciones son siempre peligrosas, quedará la continuación del proceso conversacional que abrió la Revuelta de Octubre y que se intensificó en los miles de encuentros, on line y presenciales, que estimularon las candidaturas, “independientes” o no.  Cualquier proceso constituyente puede ser visto como la apertura de enormes espacios de conversación y de experimentación igualitaria entre “los cualquiera”.

No hace falta tener el ojo muy aguzado para ver que el actual proceso constituyente generará una frustración democrática masiva. Veámoslo con detalle. Cerca de 1.400 candidatos compiten por 155 puestos disponibles en la Convención. A contracorriente del cálculo de probabilidades más elemental, una gran cantidad de ciudadanos está, sin embargo, dispuesto a participar, como candidatos, del festival eleccionario del 15 y 16 de mayo. Desgraciadamente, el día después puede ser muy triste para la inmensa mayoría de ellos, sobre todo para quienes, con honestidad, pero contra toda evidencia, soñaban con ser elegidos y que creyeron que este proceso inauguraría, democráticamente, “un nuevo Chile para los próximos 50 años”.  No será así porque el proceso no fue diseñado para que esto suceda.

La bulimia electoral satura las redes sociales y las “franjas” mientras los mensajes, salvo honrosas excepciones, son una reiteración de ofertas, promesas y eslóganes, parodiando los ritos eleccionarios clásicos, difícilmente diferenciables entre sí. La pobreza enunciativa es evidente. Nunca en la historia de este país ha habido una desproporción tan grande entre los puestos de representación a ocupar y los candidatos a ocuparlos. Y nunca tanta diferencia entre la diversidad de enunciadores y la indigencia de sus enunciados. Esta exuberancia de candidaturas, que podría ser visto como un signo de democratización y de valorización democrática, es justamente lo contrario. Devela el bajo valor de los cargos de representación y otras paradojas de esta democracia no ya liberal, sino grotescamente neoliberal.

Psicosocialmente no es difícil ver una explosión del “narcisismo de las pequeñas diferencias” que se expresa en la convicción de que cada uno, de manera individual, puede presentarse en el espacio político para influir en la escritura de la futura Constitución, a partir de sus competencias técnicas o políticas. Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones y de su real deseo de cambiar las cosas, la inmensa mayoría de los candidatos carece de la más mínima base social de apoyo a sus ideas; la inmensa mayoría no ha recibido un mandato colectivo que los legitime como representantes de algo o alguien. La lógica es más de auto-representación individual que de representación colectiva. La inmensa mayoría son pequeños emprendedores políticos ilusionados, pero auto-explotados y con pocos recursos, compitiendo en un mercado electoral híper fragmentado, contra los empresarios políticos de siempre disfrazados ahora de “independientes”.  Y en un mercado electoral, como en todos los mercados, el aumento de la oferta baja el valor de los productos, de los sujetos y objetos, de los mensajes y promesas, ofrecidos.

Un sistema político representativo donde la proporción entre puestos de representación disponibles y candidatos a ocuparlos se modifica por el aumento sustancial de los últimos, no expresa una ampliación democrática sino su devaluación. Los sistemas representativos son “representativos” porque son piramidales y selectivos y su lógica es que los ciudadanos cedan sus derechos de expresión y participación a sus representantes situados en la cúpula de la pirámide. La lógica es que unos pocos re-presenten a muchos. Los cargos de representación son cargos de sustitución, de reemplazo de unos por otrosY cuando se mantiene el número de puestos a ocupar y la lógica de la representación es la misma y, simultáneamente, aumentan exponencialmente los postulantes a esos cargos el sistema representativo produce saturación y no expansión democrática.

El modelo representativo es exitoso cuando hay mucha participación de los representados, no cuando aumenta el número de candidatos a representantes mientras el número de cargos a ocupar se mantiene constante. Su éxito no se mide por el aumento de los interesados en ocupar los lugares de representación sino por la capacidad de evitar la abstención. El peor escenario sería, dentro de este modelo con una alta cantidad de candidatos, una débil presencia de independientes “de verdad” y una abstención también alta, situación más que posible para estos 15 y 16 de mayo.

El proceso constituyente en marcha en Chile está deformado desde sus inicios en el llamado “Acuerdo por la Paz”, que fue redactado desde los intereses del Partido del Orden. Su objetivo principal no fue posibilitar institucionalmente la expresión de la energía constituyente de la revuelta de octubre sino su contención. Nunca ha estado pensado para promocionar la igualdad política sino para ratificar su desigualdad. El diseño del proceso nace del miedo de las élites no de la insubordinación, la imaginación y la alegría de las multitudes. Su intención es constrictiva, no expansiva.  Desde el principio quedó sometida a la ética, a la estética, a la técnica y al espectáculo del modelo político parlamentario clásico, justamente aquel que fue impugnado por las multitudes de octubre.

Definida desde ese “acuerdo”, sin demos, como una especie de Congreso bis, preámbulo de una transición también bis, la Convención apareció de repente en un atractivo botín a disputar proyectando sobre ella las lógicas partidarias históricamente obsoletas, pero aún sobrevivientes. Para lograrlo, no han dudado en ponerse las máscaras de la independencia escondiendo sus señas de identidad. Este comportamiento de renegados con sus signos de identidad partidaria, alcanza a todo el espectro, incluyendo a quienes se suponían que venían a renovar el mapa y los comportamientos éticos en la política.

La proyección de la lógica política parlamentaria y presidencial, a la Convención, que en las actuales condiciones es una lógica del espectáculo, busca restarle parte de su carácter excepcional y fundacional. En política nada es igual a un proceso constituyente. Mezclarlo con lo constituido, es decir, con las elecciones a alcaldes, concejales y gobernadores, disminuye su condición destituyente y constituyente, radical e igualitaria. Un espacio constituyente es, por definición, un ámbito de igualdad democrática. Quienes participan ahí lo hacen, deberían hacerlo, en virtud de su desnuda condición de ciudadanos, nada más. Ninguna condición ajena a esa ciudadanía radical debería ser considerada. Un experto constitucionalista, un profesional destacado, una dirigente vecinal, un académico, una actriz, un político, una periodista famosa, etc., ninguno de ellos tiene más valor, por esos atributos, que un ciudadano cualquiera ni su saber o fama lo avala para estar presentes en la asamblea. Una asamblea, de verdad, es un escándalo democrático porque deja entrar y permite opinar y decidir a “los cualquiera”. Por eso el sorteo es el mecanismo más igualitario y los griegos lo tenían más que claro hace ya algún tiempo. Una asamblea constituyente, auténtica, debería expresar isonomía, isegoría e isotimia. La isonomía “es el escándalo que permite que todos, sin mediar títulos, nacimiento, jerarquía ni posesiones, puedan ingresar al campo de la decisión política y tomar la palabra para expresar sus opiniones”, dice el cientista político Diego Córdova. La isegoría es “la posibilidad de que cualquiera, sin importar su condición social, pueda tomar la palabra en la asamblea. La palabra del último vale tanto como la del primero en la lista”, agrega. Por último, pero no por ello menos relevante, la isotimia es la “facultad igualitaria de que cualquiera puede optar a los cargos públicos mediante el sorteo. El sorteo entraña una facultad particularmente igualitaria, el azar no genera distinción”.

Con todo, ¿quedará algo positivo de esta borrachera electoral? Creemos que sí. Y aunque las frustraciones son siempre peligrosas, quedará la continuación del proceso conversacional que abrió la Revuelta de Octubre y que se intensificó en los miles de encuentros, on line y presenciales, que estimularon las candidaturas, “independientes” o no.  Cualquier proceso constituyente puede ser visto como la apertura de enormes espacios de conversación y de experimentación igualitaria entre “los cualquiera”.

Lo relevante aquí no es la norma constitucional en sí sino las dinámicas conversacionales, los desacuerdos y los acuerdos, que dan lugar a la norma. Quedarán las redes, los contactos, los nodos, los conocimientos y reconocimientos mutuos. Quedaran las reuniones por Zoom y las temerosas reuniones presenciales con “distancia social”. Quedarán los canales de comunicación abiertos entre los más de mil candidatos para la Convención y otros tantos para las elecciones a concejales y a alcaldes y gobernadores. Redes entre ellos y con sus pequeños grupos de electores, dentro y fuera de sus listas. Quedarán los contactos con ollas comunes, con juntas de vecinos, con asociaciones de barrios, con experiencias educativas y productivas, con grupos medioambientalistas… Quedarán las ganas de estar juntos y la potencia de un “nosotros” constituyente dispuesto a activarse de manera autónoma, directa e igualitaria, desbordando lo establecido, cuando la historia se haga más amigable.

Adolfo Estrella
Sociólogo.