Opinión

El mall de la democracia

Por: Cristián Zúñiga | Publicado: 15.05.2021
El mall de la democracia |
Para esta sociedad, acostumbrada a la cultura del mall y a la eficiencia de los algoritmos, la democracia es vista, ya no como una disputa ideológica donde se vota dependiendo del color de la bandera, sino que como una gran multitienda desde donde una diversidad de opciones políticas ofrece hacerse cargo de la administración de necesidades sociales de turno, aun cuando esto implique dejar intacto el marco de relaciones socioeconómicas ya existentes. Tal como lo describe el filósofo coreano Byung-Chul Han, nos toca vivir en una sociedad de la transparencia, donde la negatividad perforadora de las ideologías cede paso a una positividad incolora que se inserta sin resistencia en el torrente liso del capital.

 No cabe duda que el consumo de masas es la característica más notoria y controversial de nuestra época: comprar un televisor cada vez más grande, acceder al auto nuevo que llega desde China, actualizar periódicamente las zapatillas, el celular, comprar el paquete de viajes en oferta y de ser posible, escoger el colegio donde educar a los hijos (a la mente se viene aquel recuerdo de un ministro de Bachelet sugiriendo, en tono redentor, que el anhelo de los sectores populares y medios por escoger colegios privados no era más que una forma de arribismo). El capitalismo, tal como lo predijera Marx, en su continua revolución de la producción ha avanzado de manera vertiginosa, al punto de disolver lo sólido (70% de los chilenos dejó de pagar con dinero en efectivo) y profanar lo sagrado (Chile es el país más irreligioso del continente). Pero donde parece haber fallado la proyección de Marx es en creer que cuando el capitalismo llegara a esta fase de desarrollo, los hombres se verían obligados a reflexionar sobre sus condiciones de existencia y sus relaciones reciprocas, comenzando así a generarse las condiciones para la revolución. Hemos constatado que la aceleración del capitalismo es comparable a la expansión del universo, pues se trata de un sistema que va en constante crecimiento y absorbiendo todo lo que encuentra a su paso.

Nosotros, los chilenos, siendo habitantes de uno de los países más capitalistas del mundo (esta vez no usaremos ese siútico término del neoliberalismo), hemos sido testigos privilegiados del aceleramiento de un sistema que se ha metido en todas las esferas de nuestro quehacer, partiendo por nuestras subjetividades. Es tal el nivel de penetración de la cultura capitalista, que hasta nos otorga alucinaciones parecidas a las que experimenta el hombre que va perdido en el desierto y cree ver un oasis de agua en medio de la inmensidad de la nada (el desierto avanza, dice Zurita). Desde luego, quienes alucinan son los que se sienten en un desierto del cual hay que escapar cuanto antes, para regresar al frondoso bosque de un paraíso del que, supuestamente, alguna vez fuimos expulsados producto del egoísmo y la ambición humana. Se trata de algunos intelectuales llenos de prejuicios y ciertos sectores de las viejas izquierdas y derechas (especialmente quienes tienen o presumen tener origen burgués) que ejercen el peor de los paternalismos: la creencia de que la gente de origen popular, cegada por su ignorancia, por sus torpes anhelos, entontecida por la publicidad o sus pobres ambiciones, no sabe lo que quiere y al momento de elegir traiciona sus verdaderos intereses. Ese paternalismo (o prejuicio) no sólo inspira el rechazo al consumo de masas, sino que alimenta la incomprensión de la sociedad contemporánea, algo que al final del día (lo hemos constatado en el último tiempo) deteriora la democracia y nuestra convivencia. Viene bien recordar lo ocurrido en la segunda vuelta presidencial, el año 2017, cuando muchos de estos paternalistas trataron de “fachos pobres” a quienes habían votado por Piñera y luego, un par de años después, les trataron de anómicos por estar pidiendo la renuncia del Presidente en la Plaza Dignidad.

Y es que la política no podía quedar fuera de las ondas expansivas del mercado, menos en una sociedad donde cada uno quiere ser su propio señor, empresario y político. Una sociedad desconfiada, sospechosa, competitiva y con ganas de conocer todos los viejos secretos desde donde antes se hacían las leyes, se dictaban los juicios y se administraba el Estado. Para esta sociedad, acostumbrada a la cultura del mall y a la eficiencia de los algoritmos, la democracia es vista, ya no como una disputa ideológica donde se vota dependiendo del color de la bandera, sino que como una gran multitienda desde donde una diversidad de opciones políticas ofrece hacerse cargo de la administración de necesidades sociales de turno, aun cuando esto implique dejar intacto el marco de relaciones socioeconómicas ya existentes (los retiros del 10%). Tal como lo describe el filósofo coreano Byung-Chul Han, nos toca vivir en una sociedad de la transparencia, donde la negatividad perforadora de las ideologías cede paso a una positividad incolora que se inserta sin resistencia en el torrente liso del capital.

Es esta sociedad la que se expresará este fin de semana, ya sea votando masivamente o absteniéndose, y habrá ganadores y perdedores que, desde el lunes, comenzarán a interpretar los votos: ¿el estallido social significó un castigo electoral para la derecha?, ¿los independientes lograron quitarles escaños a los partidos tradicionales?, ¿la izquierda fue castigada producto de sus tradicionales divisiones?

Independiente del resultado de esta elección, una de las más impredecibles del último tiempo, será la cultura espontanea de la gente y sus intereses de corto plazo, quienes redibujarán el balance del poder en Chile. Los ganadores tendrán que saber ejercer el poder que les brinda tener el apoyo popular y los que obtengan menos escaños, esforzarse por lograr los acuerdos necesarios antes de arribar al palacio Pereira (en el caso de los constituyentes). Lo cierto es que, a partir del lunes, quienes han optado por participar en el escenario político actual tendrán que saber leer, con madurez y sensatez, el presente cultural de una sociedad que parece reclamar, por sobre todo, reconocimiento de las formas de vida que cultivan y a la que aspiran (algo que el mercado ha hecho de manera exitosa), sin que el paternalismo economicista de los Chicago Boys o el estatismo de los izquierdistas del siglo XX lleguen para imponer, desde las normas constitucionales, lo que sus viejas alucinaciones ideológicas dictaminen.

Cristián Zúñiga
Profesor de Estado. Vive en Valparaíso.