Opinión

Yasna

Por: Javier Agüero Águila | Publicado: 08.06.2021
Yasna | Agencia Uno
El “pecado” original de Yasna, su único pero gran pecado político de nacimiento, dada la temporalidad que atraviesa la política chilena, es ser DC. No es fácil ubicarla dentro de este partido. Ella es una mujer a la izquierda y no es obvio qué hace siendo parte de ese centro calculista que se organizó estratégica e instrumentalmente para sacar a Pinochet del poder. Cuando se piensa que de ganar la presidencial va a tener gobernar con operadores de alto vuelo como Girardi, Pizarro, Letelier, los Frei, los Zaldívar y toda la casta ex-Concertación que se distribuyó el poder a diestra y siniestra por décadas, por lo menos a mí las vísceras se me retuercen y Yasna recuerda lo que representó en su pasado, siendo parte del corazón mismo de lo que hoy queremos dejar atrás como una larga pesadilla de naipes marcados y dados cargados.

Así se le conoce generalmente, más que como “Provoste”. Si al resto de las/os candidatas/os se les reconoce particularmente por sus apellidos (Boric, Jadue, Narváez, Lavín, Briones, en fin), ella simplemente, para el estado llano, es Yasna. Como si su nombre de pila expresara una suerte de inmediata sintonía en amplitud modulada; una cercanía con la ciudadanía que se revela a sí misma por cómo la llamamos y la conocemos: Yasna, simple y llanamente. Queremos decir que esto no es algo menor, no se debiera dejar pasar. Hay cierta musicalidad, simbolismo en su nombre y un principio de significación cultural que, quizás transversal en la sociedad chilena, la entiende como una persona común y corriente, pero, al mismo tiempo, excepcional. Yasna es estas dos cosas a la vez. Un ser humano como cualquier otro al tiempo que radicalmente diferente; una mezcla entre lo cotidiano y lo trascendente. Hay una enorme, más bien poderosísima, fuerza política en esto.

Es mujer, pero sus banderas no son, necesariamente, las del feminismo; pertenece a los pueblos originarios, sin embargo tampoco se acuartela en un discurso radicalmente indigenista; es profesora de Educación Física, no obstante nació con una descomunal vocación política que deja atrás cualquier profesión particular; es demócrata cristiana y, en rigor y más allá de algunas declaraciones en las que medio a la fuerza asume las decisiones de la dirigencia de ese partido, en la actualidad no puede estar más lejos de lo que ese conglomerado y su tradición, en los últimos 50 años por lo menos, ha encarnado y representado. No se le puede equiparar a un Orrego, a una Rincón, a un Pizarro, a alguien del clan Frei o a cualquiera de esos nombres que se sostienen en la agonía de un partido que está entubado. Sin embargo, probablemente, todos estos movimientos y sectores políticos sienten que deben, de alguna manera, estar cerca de ella. Como sostenía Konrad Adenauer, primer canciller de la República Federal de Alemania y uno de los fundadores de la Unión Europea: “En política lo importante no es tener razón, sino que se la den a uno”.

Ella sobrevuela estas categorías y se instala, de alguna posmoderna manera, recogiéndolas todas, construyendo una nueva definición de lo que implica ser mujer, política, indígena y militante, dando cuenta de una historia que parece partir con ella y en la que muchas/os la ven como la única carta presidencial que le puede ganar a Jadue o a Lavín, quienes probablemente serán los abanderados de la izquierda y la derecha respectivamente.

Si imagináramos, por ejemplo, una eventual segunda vuelta Yasna-Jadue, Yasna no solamente contaría con los votos del mundo ex-concertacionista que en su mayoría se vio vetado por el pacto comunista-Frente Amplio, sino que con el de gran parte de la derecha, incluso el de la extrema derecha que encarna José Antonio Kast, que es capaz de votar por una piedra antes de que se les venga encima su pesadilla comunista con rostro recoletano. Lo mismo si Lavín pasara a segunda vuelta, los votos enteros de la izquierda comunista-frenteamplista, probablemente, se irían con ella. No habría fórmula que la haga perder.

Dentro de su gran talento y mirada de largo alcance en lo político, Yasna ha sido la única que, desde el Senado, ha logrado darle un cierto orden a una coalición perdida en el infierno de sus individualidades. Ahí donde todos y todas naufragaban proponiendo a los mismos y mismas que por décadas han comido de la carne y bebido de la sangre del Estado de todas las maneras posibles, repitiendo nombres y recogiendo desde los escombros de la historia lo poco que quedaba de la Concertación, ella se alza como una voz por encima, inigualable, incontrarrestable, asumiendo la derrota, liderando desde la agonía, sin clamores apocalípticos ni impulsando cortejos fúnebres por lo que, efectivamente, está enterrado. Yasna mira a los ojos, le da la cara a la época y, hasta cierto esquizofrénico punto, hace pensar que algo queda de la holográmica Concertación e incluso –y aquí ya entramos derechamente en el delirio– que esta jurásica y fundante fuerza transicional podría, si es que ella acepta la candidatura, hacerse nuevamente del sillón de La Moneda.

El “pecado” original de Yasna, su único pero gran pecado político de nacimiento, a mi juicio y dada la temporalidad que atraviesa la política chilena, es ser DC. No es fácil ubicarla dentro de este partido, no resulta espontáneo. Ella es una mujer a la izquierda y no es obvio qué hace siendo parte de ese centro calculista que se organizó estratégica e instrumentalmente para sacar a Pinochet del poder. Cuando se piensa que de ganar la presidencial va a tener gobernar con operadores de alto vuelo como Girardi, Pizarro, Letelier, los Frei, los Zaldívar y toda la casta ex-Concertación que se distribuyó el poder a diestra y siniestra por décadas, por lo menos a mí las vísceras se me retuercen y Yasna recuerda lo que representó en su pasado, siendo parte del corazón mismo de lo que hoy queremos dejar atrás como una larga pesadilla de naipes marcados y dados cargados. Apuntemos que en el gobierno de Frei fue directora regional del Servicio Nacional de la Mujer e Intendenta designada de la región de Atacama. En el de Lagos llegó a ser ministra de Planificación y Cooperación y ya, con Bachelet, entre otros diferentes cargos, asume como Ministra de Educación (cargo del que sabemos que la derecha la destituye de manera sanguinaria inhabilitándola por 5 años para ejercer cargos públicos).

Pero más allá de esto, que es una realidad insalvable para ella y que debe enfrentar, Yasna monitorea esta dependencia originaria y teje sus estrategias de una manera tan hábil que muchas veces pareciera que juega con la incertidumbre, con el callar, con el no decir derechamente que será candidata. En esa actitud resbalosa de “que sí y que no” al mismo tiempo, ella descubre una fuerza electoral de gran calibre. Ha entrado bien ubicada a casi todas las encuestas sin declararse siquiera candidata, ganándole por lejos a su correligionaria de coalición Paula Narváez. Su forma de relacionarse políticamente con su propia coalición me recuerda a un pasaje de Mario Benedetti en La tregua: “Pero, en definitiva, ¿qué es Lo Nuestro? Por ahora, al menos, es una especie de complicidad frente a otros, un secreto compartido, un pacto unilateral. Naturalmente, esto no es una aventura, ni un programa -ni menos que menos-”.

Es la potencia de la no definición. Pero lo hace con elegancia, no como Lagos que pedía que lo ungieran y lo trajeran como un faraón desde su casa de Caleu. Yasna sale con cintura, en el sentido pugilístico, esquivando ágilmente la reiterativa e irritante pregunta que le hacen 10 veces al día: ¿será candidata? “A las cosas ciertas encomendaos y las vanas esperanzas dejad de lado”, escribía el escritor medieval Don Juan Manuel en su famoso libro El conde de Lucanor. Yasna entiende de estas cosas y las maneja como una experta titiritera de su propio discurso. Yasna sabe lo que hace, definitivamente sabe lo que hace. Espera, calcula –nunca especula–, entiende que la política es un tema de ponderar el efecto del efecto y, en ese sentido, es la mejor candidata para derrotar a la izquierda o a la derecha. Su problema, ya lo sabemos, es ver cómo se sacude el ADN concertacionista que lleva adherido y que, sin duda, le resta, al final del día, le resta. Pero, sin perjuicio de lo anterior y el que es su gran dilema, Yasna tiene un full de ases; un full de ases que a diferencia de un ganador frenético como lo sería Piñera, que ya lo hubiera sacado hace rato para ganar la mano, ella lo guarda esperando el momento justo. Es una jugadora de póker, de las mejores y, también, una maestra de la temporalidad política.

Javier Agüero Águila
Académico del Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule.