Opinión

La desmemoria como estrategia

Por: Pablo Salvat | Publicado: 24.09.2021
La desmemoria como estrategia | Agencia Uno
Cada septiembre tiende a repetirse la implementación de una suerte de estrategia de la desmemoria. En vez de avanzar más profundamente en verdad y justicia, no, hagamos como si no fue tanto la cosa; escondámonos bajo el mote de “pura propaganda”; digamos a coro: “ahhh, eran todos comunistas pues”, consigna barata, fácil, repetida mil veces, hasta taladrar la capacidad de pensar por cuenta propia. Y, con ello, muchos de los responsables y corresponsables del terrorismo de Estado, hasta hoy en puestos de poder, pueden o creen poder dormir tranquilos.

No escribo desde la vereda de enfrente. Tampoco desde fuera ni desde la supuesta equidistancia frente a los sucesos históricos. Tampoco tengo sed de ninguna venganza, frente a tanto dolor, tanta violencia sin nombre; tanto maltrato infinito a cientos de miles; tantos chilenos y chilenas que nunca más volvieron a aparecer. ¿Puede usted imaginárselo? ¿Cómo estaría usted, lector/lectora, si un día despidiera a su padre, madre, hijos, hermanos, tíos o abuelas que, llevados detenidos, no volviese a verlos nunca más? Dígame: póngase en el lugar de ellos y ellas que sufrieron esas situaciones. ¿Cuál sería su reacción? ¿Aceptaría, así como así, lo ocurrido con sus seres queridos? Incluso, obviamente, más allá y acá de si existiesen coincidencias de tipo ideológicas. Se trata de humanidad. Justamente por eso, a la vista de la destructividad del sistema imperante, de dos guerras mundiales, es que pudo elaborarse –desde la verdad del sufrimiento– el conjunto de artículos que pasaron a ser la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Era, ciertamente, una universalidad postulada y que debía ser reconocida, frente a una realidad que, lamentablemente, hasta hoy se empeña en negarla.   Comenzando por el artículo primero que reza: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Releído hoy suena bastante fuerte este primer artículo fundante de esa Declaración Universal, ¿no le parece? Tanto en relación al pasado reciente, como en relación al presente-presente. Por lo mismo: ¿usted podría dar por “superadas” las situaciones de humillación, indignidad, tortura o desaparición sufridas, por ejemplo, con algunos de sus seres queridos? ¿Podría decir: “demos vuelta la página”, y que no haya verdad verdadera ni justicia?

Esto es lo que inquieta aún hoy, a 48 años del Golpe de Estado del 73. ¿No será que la corrupción transversalizada, el oportunismo, la hipocresía galopante en el quehacer de lo público, mucho tiene que ver con una porfiada actitud de negacionismo, de odio o de pretendida justificación de lo que sucedió del 73 en adelante de parte de nuestras élites de poder? Es decir, de la neoliberalización de nuestra razón y conciencia personal y colectiva. ¿Qué será? ¿Por qué aún hoy, después de informes, entrevistas, historias narradas, documentales, libros, confesiones, todavía tenemos tanta dificultad para reconocer y condenar los hechos de ignominia y crueldad? ¿Por qué todavía no podemos saber el destino de cientos de detenidos-desaparecidos?

Cada septiembre tiende a repetirse la implementación de una suerte de estrategia de la desmemoria. En vez de avanzar más profundamente en verdad y justicia, no, hagamos como si no fue tanto la cosa; escondámonos bajo el mote de “pura propaganda”; digamos a coro: “ahhh, eran todos comunistas pues”, consigna barata, fácil, repetida mil veces, hasta taladrar la capacidad de pensar por cuenta propia. Y, con ello, muchos de los responsables y corresponsables del terrorismo de Estado, hasta hoy en puestos de poder, pueden o creen poder dormir tranquilos. Es lo que alguien ha llamado una transición “trucha” (Marta Lagos). Ellos y algunos otros que se resisten a asumir su parte de responsabilidad histórica. Me estoy refiriendo a los supuestos “vencedores” de esa inexistente “guerra” inventada ex profeso: una parte del centro político, la derecha, los grandes empresarios, los dueños de grandes extensiones de tierras, banqueros, el gobierno de Estados Unidos, entre otros.

Nadie podría desconocer, claro está, que estábamos pasando por un momento de crisis. Pero si la política es contingencia, nunca hay para crisis políticas una sola y única salida. Esto tenemos que saberlo y asimilarlo. La política no funciona como lo hacen las leyes de la naturaleza. Por eso duele esta ceguera interesada ante tanto odio, maldad y mentira. Duele más todavía cuando se pretende justificarla. Ni la “teoría del empate” (elaborada por los “vencedores”) ni la estrategia de la desmemoria nos darán permiso para ser felices, como creen algunos. Cuidado. Estas son cosas que tenemos que tomar en cuenta hoy, en particular, en el espacio de la Convención Constitucional. No vaya a resultar nuevamente una nueva Carta tejida de remiendos, de olvidos interesados, de subterfugios; de resultados a medias tintas obtenidos mediante presiones de poderes fácticos y del llamado “Partido del Orden”.  Muy bien lo enuncia el investigador Luis Felipe Portales, cuando afirma en uno de sus trabajos que: “Las élites que han concentrado el poder y la riqueza se han preocupado en todas partes de socializar a la generalidad del pueblo en concepciones conformistas respecto de su historia y su identidad”.

Portales dice algunas cosas más que es bueno tengamos en cuenta para entendernos mejor. Agrega que hay entre nosotros un especial desfase entre la percepción que tenemos de nosotros mismos y la realidad histórica vivida como país.  Sostiene que “la realidad profundamente autoritaria, clasista y racista que constatamos cuando nos interiorizamos de nuestra historia entra en fuerte contradicción con la percepción democrática e igualitaria que tenemos de ella. Nos han educado en la creencia de que somos más civilizados, libertarios y respetuosos que nuestros vecinos latinoamericanos, (…) siempre nos ha gustado sentirnos mencionados como los ingleses de América Latina. Aunque generalmente desconocemos que alguna vez sí fuimos llamados la Prusia de Sudamérica”. Por eso –de paso– ha sido tan importante tener la oportunidad de ver el documental La batalla de Chile, de Patricio Guzmán, por televisión abierta.

¿Cuántos años nos llevará superar la fractura brutal introducida por el Golpe de Estado del 73? No lo sé. No soy vidente. Sí sabemos que, sin verdad histórica y justicia, esa herida ética abierta ese fatídico día nos seguirá persiguiendo como un fantasma manejado por las élites de poder para impedir la soberanía popular. Pero no sólo eso: nos impedirá una real construcción de una nueva cultura política pública que supere el neoliberalismo, a partir de una nueva carta fundacional basada en el legítimo ejercicio del poder instituyente expresado –esta vez– en la Convención y su sostén popular.

No podemos dejar de considerar que ese Golpe, sus actores y lo que vino después fue, como dice Eduardo Galeano, un plan de exterminio de un sector importante de la sociedad chilena y, con eso, la introducción constante de la variable del miedo en el campo político-público. Lo dice así: “Plan de exterminio: arrasar la hierba, arrancar de raíz hasta la última plantita todavía viva, regar la tierra con sal. Después, matar la memoria de la hierba. Para colonizar las conciencias, suprimirlas; para suprimirlas, vaciarlas de pasado. Aniquilar todo testimonio de que en la comarca hubo algo más que silencio, cárceles y tumbas. Está prohibido recordar”. Los convencionales se deben a la voluntad y demandas mayoritarias de todos nosotros, y no al revés. Ojalá la mayoría de ellos no lo olviden.

Pablo Salvat
Licenciado en Filosofía y doctor en Filosofía Política. Profesor del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Alberto Hurtado.