Opinión

Pedir perdón

Por: Francisco Martín Cabrero | Publicado: 13.10.2021
Pedir perdón Papa Francisco |
¿De qué se pide perdón, pues, si no hay arrepentimiento? ¿A qué errores se refiere la carta sin atreverse a nombrarlos? ¿Qué tipo de perdón es el que no se renueva y dice que ya se pidió en pasado? Que nadie se llame a engaño. Papa Francisco no ha pedido perdón por la Conquista. Ni podía ni debía, pues que no era de su estricta competencia. Eso será cosa del gobierno español y de la cultura europea, cuando toque, que de momento parece que no toca (el silencio de estos días atestigua que para España y Europa aún no ha llegado el momento de enfrentarse a los demonios de su pasado). Competencia de la Iglesia es la evangelización, que también podría decirse conquista y colonización de las almas, del espacio y tiempo espirituales, sin olvidar tampoco, porque sería faltar a la verdad de los hechos, que conquista y evangelización no fueron nunca acciones separadas, sino una misma y sola acción de carácter político llevada a cabo en las tierras y en los cuerpos y en las almas de la inmensa soledad americana.

La misiva de hace unos días enviada por Papa Francisco al arzobispo de Monterrey, México, ha generado un gran revuelo. Los titulares de las principales cabeceras han sido unánimes: Papa Francisco pide perdón por los pecados de la Conquista. La noticia después se comentaba de manera muy distinta, dependiendo de la colocación política y geográfica de cada periódico: desde el júbilo a la protesta enconada pasando por matices y distingos que dan idea de la complejidad de nuestro vario mundo hispano.

Conviene no perder de vista la carta, cuyo perímetro o pretexto lo circunscribe el Bicentenario de la declaración de independencia de la nación mexicana. “Celebrar la independencia –dice el Papa– es afirmar la libertad, y la libertad es un don y una conquista permanente. Por eso, me uno a la alegría de esta celebración y, al mismo tiempo, deseo que este aniversario tan especial sea una ocasión propicia para fortalecer las raíces y reafirmar los valores que los construyen como nación”. Las cursivas son papales, índices de una habilidad retórica y diplomática que sabe pasar indemne y sin quemarse como sobre ascuas ardiendo. Porque el problema de hoy son precisamente las raíces y los valores que construyeron la nación de entonces, raíces y valores que no siempre se manifiestan cónsonos ni al espíritu ni a la sensibilidad e inteligencia de nuestro tiempo, o que la ciudadanía ya no reconoce como propios y ante los que opone distintos modos de distancia o, aún, ante los que la misma ciudadanía reclama cambios que afectan precisamente al ser constitutivo de la nación. Hoy justamente se reclama atención sobre valores y raíces que también eran propios entonces y siempre hasta hoy quedaron marginados, primero por el dominio español y luego por el nuevo dominio impuesto con la independencia y creación de la nación mexicana, sin olvidar, además, que fueron precisamente las raíces y los valores a los que se refiere la carta del Papa los que en buena parte contribuyeron a perpetrar la marginación de las raíces y valores del vario horizonte de los pueblos conquistados y vencidos.

Reflexión aparte merecería dirimir sobre lo propio y lo ajeno en lo que se refiere a América Latina, sobre todo cuando lo que se reclama como propio empezó sin duda siendo ajeno y se impuso con violencia. ¿Qué libertad saluda el Papa? ¿A la alegría de quién se une? ¿O no será que tal vez se olvida de cuantos con las Independencias siguieron igualmente postrados en situación de injusticia? ¿Qué nombre damos a ese olvido? ¿Qué hacer o qué decir frente a esa soledad y esa tristeza?

“Para fortalecer las raíces –sigue la carta del Papa– es preciso hacer una relectura del pasado, teniendo en cuenta tanto las luces como las sombras que han forjado la historia del país. Esa mirada retrospectiva incluye necesariamente un proceso de purificación de la memoria, es decir, reconocer los errores cometidos en el pasado”. Este y no otro es el contexto en que se inscribe la petición de perdón, y la metafórica es elocuente: luces y sombras, relectura del pasado, mirada retrospectiva, purificación de la memoria. Pero todo ello es –no se olvide– en aras del fortalecimiento de esas raíces constitutivas de la nación, entre las que de manera implícita Papa Francisco incluye las cristianas, como es justo que sea, pero lo hace sin hacer un mínimo gesto de enmienda y sin cuestionar la legitimidad de la evangelización. Porque el problema para la Iglesia no es la Conquista, sino la evangelización, y es en este punto donde la diplomacia y la retórica vaticanas hacen un regate digno de gran jugada: “Por eso, en diversas ocasiones, tanto mis antecesores como yo mismo, hemos pedido perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización”. Es decir, que se pide perdón por todo lo que no fue verdadera evangelización: por todo lo que entorpeció su proceso o se desvió de ese camino que aún hoy se sigue reivindicando como valor civilizatorio y de progreso. En el mejor de los casos, tal vez se pongan en tela de juicio algunas prácticas evangelizadoras, pero nunca en ningún caso la carta del Papa reniega de la arquitectura moral de la evangelización. Ni la reniega ni la cuestiona ni la problematiza ni muestra ningún tipo de arrepentimiento, más bien sucede al contrario y a la postre la evangelización queda en la carta hábilmente reafirmada y reforzada. Ahora se entiende mejor el cursivo de antes: porque fortalecer las raíces es aquí sinónimo de reafirmar los valores –no cualesquiera valores de hoy, sino los valores fundantes de la nación de entonces.

¿De qué se pide perdón, pues, si no hay arrepentimiento? ¿A qué errores se refiere la carta sin atreverse a nombrarlos? ¿Qué tipo de perdón es el que no se renueva y dice que ya se pidió en pasado? Que nadie se llame a engaño. Papa Francisco no ha pedido perdón por la Conquista. Ni podía ni debía, pues que no era de su estricta competencia. Eso será cosa del gobierno español y de la cultura europea, cuando toque, que de momento parece que no toca (el silencio de estos días atestigua que para España y Europa aún no ha llegado el momento de enfrentarse a los demonios de su pasado). Competencia de la Iglesia es la evangelización, que también podría decirse conquista y colonización de las almas, del espacio y tiempo espirituales, sin olvidar tampoco, porque sería faltar a la verdad de los hechos, que conquista y evangelización no fueron nunca acciones separadas, sino una misma y sola acción de carácter político llevada a cabo en las tierras y en los cuerpos y en las almas de la inmensa soledad americana.

Pedir perdón no es fácil, pero cuando se da el paso hay que saber hacerlo y corresponder a su horizonte como se debe y es justo que sea. No se trata de negar las raíces cristianas de América Latina, desde luego que no, pero sí de ir hasta el fondo, sin prevención, sin miedo, en ese camino papal que invita a releer el pasado y a purificar la memoria. No hubo pecados en la Conquista, sino que la Conquista fue el pecado. ¿Qué diríamos hoy si alguien extraño entrara en nuestra casa y nos desalojara, tomara posesión de ella, comiera en nuestra mesa y durmiera en nuestra cama? ¿Qué decir hoy de aquella situación de expropiación general –material y espiritual– perpetrada con la luz de la razón moderna y la antorcha de la fe cristiana? ¿De algo o alguien que de lejos llega e impone su ley sin preguntar siquiera? ¿Que impone ley, lengua, dios y lo que sea y se apropia de todo? ¿Del espacio y del tiempo, de los cuerpos y de las almas, incluso del dolor y el sufrimiento? ¿Qué pasado vamos a releer en las historias borradas? ¿Qué vamos a poder purificar entre tanta memoria olvidada?

No es fácil pedir perdón, desde luego, y debe salir de dentro, de ese camino interior hecho de inteligencia y sentimiento, que no conoce atajos, es saber de experiencia y se corresponde con un propio reconocimiento en la verdad del ser dinámico que somos al paso que vamos siendo. La Conquista fue el pecado, sin duda, y la evangelización la lógica que lo sustenta y despliega. No importa lo que se creyó que fuera entonces, importa lo que se cree que fue o que es ahora: la fábula del dios único y verdadero no encaja entre los valores de respeto de nuestro tiempo. Y hay un respeto hacia atrás del que ningún perdón que de veras quiera serlo puede eximirse –mucho menos si es del Papa y lo que se dice buscar es el camino hacia un mejor entendimiento.

Francisco Martín Cabrero
Profesor titular en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Turín.