Opinión

Carta a la Convención Constitucional

Por: Adolfo Millabur Ñancuil | Publicado: 21.10.2021
Carta a la Convención Constitucional |
Quiero dejarle claro a los chilenos que la única minoría étnica no son los pueblos indígenas sino que son los ricos. Esa oligarquía hispano criolla fue la que construyó este Estado nación monocultural. Ellos fueron los que hicieron la guerra. El pueblo chileno no proviene de allí. Más bien fueron sus subordinados. Tienen más conexión con nosotros. Antes sólo esa pequeña élite se había atribuido el derecho de decidir por todos. Pero hoy ese derecho es nuestro. Lo estamos recuperando.

[Discurso de Apertura del convencional mapuche Adolfo Millabur Ñancuil. 20 de octubre de 2021]

Sra. Presidenta lamgen Elisa Loncon, mesa directiva y compañeros/as convencionales constituyentes:

Vengo de las orillas del lago Lleu Lleu, en el territorio Lafkenche de Wallmapu, las tierras ancestrales de Ñizol lonko Curiñanco, que según nuestros abuelos gobernó desde el río Laraquete por el Norte hasta el Cautín por el Sur, y desde la cordillera de Nahuelbuta en el Este, hasta el gran lafken por el Oeste. Allí creció y caminó libre su hijo Leftraru (conocido comúnmente como Lautaro) antes de ser tomado prisionero por Pedro de Valdivia y que éste le impusiera una educación bajo los códigos de la Conquista. Antes de que Leftraru resistiera a ese destino, se rebelara contra su opresor y lo hiciera sucumbir en los alrededores de Cañete, en el fuerte Tucapel, antes de esa historia violenta Leftraru creció y caminó libre por el Lafkenmapu. Eso les contaron mis bisabuelos a mis abuelos.

Crecí sabiendo de la grandeza de nuestros antepasados, pero no la veía a mi alrededor. Por un lado, nos contaban del auge de nuestro pueblo en fértiles valles, lagos y mares, y por otro, en la escuela nos decían que fuimos bárbaros, salvajes y decadentes, que ya no existíamos, y que la civilización era algo que estaba lejos.

Más tarde aprendí lo que ocurrió entre ese pasado heroico y el relato de los libros de texto oficiales: Nuestros antepasados primero firmaron Parlamentos con la Corona Hispana, y después el Tratado de Tapihue, de 1825, con la República de Chile. Su incumplimiento se produjo sólo 30 años después de firmarlo, cuando se inició la fatídica Ocupación de La Araucanía con la creación de la Provincia de Arauco. Por allí cruzó el Ejército chileno para ocupar el territorio nagche y luego wenteche. Muchos mapuche fueron secuestrados y llevados encadenados hasta los zoológicos humanos en París, y se experimentó con ellos en nombre de la ciencia. Todo esto pasó muy cerca de donde yo crecí.

Pero no sólo el tuwun y küpalme de Curiñanco y Leftraru tuvieron una escena de grandeza y luego caída frente a un otro que quería someterlos y dominarlos. También los Pewenche, los Williche, los Wenteche, los Pikunche, los Puelche tuvieron su pasado de abundancia, sufrieron este mismo despojo y sobrevivieron al genocidio.

Todos nuestros antepasados fueron afectados por la llegada de la República. En la fundación del país, Bernardo O’Higgins reconoció la independencia del pueblo mapuche y luego con Ramón Freire se celebraron parlamentos y se firmaron tratados. Sin embargo, Manuel Bulnes, Manuel Montt y luego los liberales Federico Errázuriz, Domingo Santa María y José Manuel Balmaceda lideraron campañas invasoras. Muchos de sus diputados y senadores fueron quedándose con las tierras de nuestro pueblo en la medida que avanzaba el Ejército, dirigido por líderes que a la vez eran empresarios mineros y ganaderos. Dos nombres al menos les deberían sonar: Cornelio Saavedra, con acciones en las minas de carbón, y Gregorio Urrutia, uno de los principales ganaderos de aquellos tiempos. Junto al capitán Hernán Trizano, son recordados en los territorios por lo despiadado que fueron sus actos criminales, su sangre fría y excesiva deshumanidad.

Con el cambio de siglo, llegaron los colonos europeos: alemanes, italianos, franceses, suizos se hicieron de nuestras tierras con el aval del Estado. Hoy, sin pudor, se declaran legítimos dueños de nuestro territorio y ostentan el poder. Ellos no trajeron riquezas, ellos se hicieron de las nuestras. Así se conformó el poder político y la concentración de riqueza en el Wallmapu: con robo, secuestro, tortura, violación, estafa, humillaciones públicas y represión de cualquier forma de expresión. Lo que hoy claramente se concluye: fue un genocidio, en todas sus dimensiones.

Esto no pasó en la prehistoria, no pasó en la Conquista: esto acaba de pasar. Lo vivieron nuestros tatarabuelos, nuestros bisabuelos. Ellos fueron protagonistas y sobrevivientes de la trama siniestra de esa guerra. Somos los descendientes de Tegualda, Guacolda, Fresia, Curiñanco, Leftraru, Calfucura. Pero también de los “silenciosos de la historia”, aquellos y aquellas que no están en un libro o en relatos de grandeza, pero que nuestra gente recuerda: abuelos y abuelas que debieron huir y refugiarse en los territorios más inhóspitos, cerros e islas escondidas; que se partieron el lomo sembrando y cosechando en la chacra de la reducción, en terrenos rocosos, empinados, tan pequeños que no cabía ganado, mientras los invasores se iban apoderando de miles de hectáreas de tierra, de menokos, ríos, lagos: las fuentes de vida. Esta historia no es sólo de los líderes y lideresas. También de los silenciosos y silenciosas. Los desplazados. Los sobrevivientes. Los invisibles y porfiados para continuar existiendo. Eso somos, invisibles pero porfiados.

El despojo fue sellado con la entrega de los Títulos de Merced, de Comisario y Realengo, pequeñas reducciones que ahora nos quieren hacer creer que son los únicos territorios que nos podrían pertenecer, ya que también ellos han sido usurpados. Estos documentos constituyeron una estrategia de guerra, porque el cacique que quería sobrevivir debía recibir su título, pero fue una estrategia de validación del despojo y desplazamiento para declarar todo el resto de las tierras como fiscales.

El Código Civil sirvió de instrumento perfecto para ello, a través de la creación del sistema de la propiedad raíz inscrita, aplicando el concepto de Res Nullius (tierra de nadie) para legitimar la apropiación.

Nos tradujeron como indios, luego araucanos y hoy nos llaman comuneros. Todas designan un componente colonial que deriva de esta historia violenta. No somos descendientes de un pueblo pobre. Somos el resultado de un pueblo sobreviviente de la guerra, empobrecido al ser invadido mediante la fuerza por la voluntad política del Estado de Chile.

A estas alturas de mi vida tengo clara conciencia de que provengo de un pueblo que alguna vez fue libre y que nunca ha renunciado a su libertad. Un pueblo que guarda en su memoria el territorio que le fue arrebatado y al cual no ha renunciado. Un pueblo que jamás renunció a su dignidad, la dignidad de existir. Como dijo el poeta David Aniñir: “Somos hijos de los hijos de los hijos. Somos los nietos de Leftraru tomando la micro para servirle a los ricos”. Tomo prestada, y adapto también, la frase acuñada por el movimiento feminista: somos los y las hijas de los peñi y lamgen que no pudieron matar. Muestra de esa resistencia suya, estamos aquí hoy.

Nací en las orillas del lago Lleu Lleu, en el territorio Lafkenche de Wallmapu. Y mientras yo crecía en las reducciones del territorio de Curiñanco y Leftraru, aprendiendo en la escuela sobre la civilización europea, un nuevo proceso tomaba forma en América Latina. En las décadas de los 60 y 70 se desarrollaron los procesos de Reforma Agraria en donde las izquierdas lideraron esta redistribución de tierra. Pero nunca nos vieron. Nos metieron al saco de la lucha de clases, como proletarios y campesinos pobres. Bajo sus reformas, repartieron nuestras tierras ignorando nuestra historia y cosmovisión. Nuevamente no se entendió que aquí había un pueblo que no entraba en la concepción eurocéntrica del mundo.

En los 70 nuestro pueblo volvió a sufrir: la dictadura no sólo trajo consigo las graves violaciones a los derechos humanos por ya todos conocida, sino también se profundizó la invasión con otro rostro, esta vez del modelo neoliberal. A nuestro Wallmapu llegaron las grandes multinacionales.

Fui testigo de cuando llegaron las empresas madereras: pagaban brigadas para rociar y quemar. Los trabajadores forestales llegaban con rozones y hachas a cortar árboles milenarios que por siglos generaron oxígeno, atrajeron las nubes y alojaron la vida en sus raíces y copas. Después de cortar, prendieron fuego y ese fuego duraba años. En invierno se apagaba, pero la brasa se escondía en los añosos troncos, para aparecer de nuevo al verano siguiente. Quemaron la vida del gran Nahuelbuta, el cordón montañoso que escondió a nuestros ancestros invasión tras invasión, que nos proveyó de alimento cuando nos robaron todo, con el que estamos entrelazados íntimamente. Quemaron la vida, porque no logran ver la vida, sino simplemente el verde que se transforma en dólar. Después de arrasar con todo, empezaron a plantar el pino y eucaliptus, y no vi nunca más pumas, águilas, huemules en las orillas del Lleu Lleu.

Mis peñi y lamgen en la costa tiruana comparten el relato de cómo cuando niños había tanta abundancia en el lafken que podían sacar peces con las manos y elegir el marisco que quisieran. Pero que a partir de la llegada de las grandes pesqueras y de la privatización desaparecieron las especies y se les prohibió la que fue la actividad de sus ancestros, impidiendo también el acceso a sus lugares sagrados.

Esta nueva invasión tiene como base dos leyes elaboradas por la Junta Militar de la dictadura: el Decreto 701 y la Ley de Pesca y Acuicultura. Con la dictadura militar no sólo los mapuche dejaron de ser libres. Pasaron a la situación de lucha y sobrevivencia también la flora y la fauna.

Yo vengo de mis ancestros y vengo de la mapu, esa red interconectada generadora de vida que hoy lucha por su sobrevivencia junto a nosotros. Por eso es que nuestra lucha es hoy por el principio de Itrofill Mongen, el “respeto entre todas las vidas sin exclusión”. Porque sin Itrofill Mongen el Küme Mongen, el buen vivir, no será posible. Es el círculo de la existencia y de la continuidad de todas las formas de vida posibles.

A mediados de los 80, junto a un grupo de peñi y lamgen de la escuela viajamos a Concepción con el afán de continuar nuestros estudios. Allí nació Pegun Dugun, en pleno proceso de retorno a la democracia. Como todos los pueblos, los mapuche estábamos esperanzados. Nuevamente la historia nos jugó una mala pasada y fuimos excluidos. Nuestros aliados, con los que habíamos luchamos, apresaron a nuestra gente y concluyeron la tarea de la dictadura: la consumación del modelo extractivista neoliberal en nuestro territorio. Los pinos y eucaliptus nos rodearon por todos los flancos. En el mar los barcos eran tantos que sus luces parecían ciudadelas flotantes en el lafken.

Una década después, fui electo alcalde de Tirúa. Asumí la tarea de liderar un territorio mapuche bajo las reglas y códigos del sistema estatal chileno. Pero entendí que el pasado y el presente de este espacio requerían de un gobierno que asuma su historia y su realidad intercultural. No podía limitarme a la mera administración de los pocos fondos definidos por el gobierno central. Eso nos impulsó a organizarnos como habitantes del borde costero desde Arauco a Palena, lo que hoy día es la organización Identidad Territorial Lafkenche. Nuestro primer futa trawun fue en Valdivia. Y nos pusimos dos tareas:

Primero, unirnos para luchar por recuperar el derecho al maritorio. Nos tomó años de trabajo, pero lo logramos con la promulgación de la Ley 20.249, más conocida como “Ley Lafkenche”, hoy una herramienta inédita de protección frente a la industria pesquera extractivista, no sólo para los mapuche lafkenche sino para todos los pueblos de Chile. El otro desafío planteado en ese congreso fue luchar por una nueva Constitución que cambiara el paradigma desde un Estado uninacional y monocultural a un Estado plurinacional e intercultural. En un principio fue incomprendido que no quisiéramos ser reconocidos por la Constitución actual. Caminamos bien solitarios. Pero al poco andar nos dimos cuenta de que no éramos los únicos. En ese trabajo nos fuimos encontrando con otros pueblos y movimientos con los que compartíamos el mismo ideal.

El levantamiento popular del 18 de octubre de 2019, con la wenufoye enarbolada en miles de manos de chilenas y chilenos, nos hizo caer en cuenta de que nuestra lucha no era solitaria, sino que se trataba de un anhelo colectivo. En los muros quedó escrito el mismo clamor nuestro por una nueva Constitución. Pronto cayeron las estatuas de Pedro Valdivia en Temuco y en Concepción. El conquistador que enajenó a Leftraru de su tierra y luego sucumbió en sus propias manos, volvió a caer.

La revuelta de octubre nos demostró que somos mayoría. Existen diferencias legítimas y naturales, pero aquí tenemos que encontrarnos en los puntos que nos unen, en esa memoria que no olvidamos, en la búsqueda de la justicia y la reparación a los territorios.

Quiero dejarle claro a los chilenos que la única minoría étnica no son los pueblos indígenas sino que son los ricos. Esa oligarquía hispano criolla fue la que construyó este Estado nación monocultural. Ellos fueron los que hicieron la guerra. El pueblo chileno no proviene de allí. Más bien fueron sus subordinados. Tienen más conexión con nosotros. Antes sólo esa pequeña élite se había atribuido el derecho de decidir por todos. Pero hoy ese derecho es nuestro. Lo estamos recuperando.

Esta es nuestra historia. Desde aquí nos paramos. Podría encarnarla cualquiera de los pueblos que estamos aquí. No desperdiciemos esta oportunidad. Este no puede ser un acuerdo como los otros. No puede engrosar un listado de fracasos. En su historia, Chile ya tiene suficientes.

Aquí estamos por primera vez los pueblos organizados, políticos, conscientes, que ganamos estos espacios tras años y años de trabajo de construcción social. Las primeras naciones nos paramos acá por la autonomía y la autodeterminación de los pueblos, la desconcentración del poder, la plurinacionalidad, la interculturalidad y el principio de Itrofill Mongen.

Somos Mapuche en Aylla Rewe, Butalmapu, Wallmapu. De ahí somos nosotros. De eso somos parte. Este es mi rakizuam, lo dejo sobre la mesa. Esta es mi historia y la historia de un pueblo. Desde aquí nos paramos los siete constituyentes mapuche frente a ustedes para redactar un instrumento nuevo, una nueva Constitución, un tratado que sea escrito por todos para que dure mucho tiempo y se respete en muchos espacios.

No tengan miedo, esta es una construcción que nos vuelve a juntar y que si la pensamos desde la perspectiva del Itrofill Mongen, de un respeto profundo entre todas las formas de vida, podremos entender que no es más que lo que nos conviene a todos y a todas.

Amulepe pu peñi pu lamgen.

Adolfo Millabur Ñancuil
Convencional constituyente mapuche.