Opinión

El amor desde la América profunda

Por: Maximiliano Salinas | Publicado: 25.10.2021
El amor desde la América profunda |
Las fuentes para una historia del amor provienen de las culturas indígenas, africanas y mediterráneas –cristianas y moras, u orientales, más que grecolatinas u olímpicas (Aristóteles, Heródoto y un largo etcétera). Las raíces de nuestra América profunda cultivan el convivir armónico y afectuoso con la Tierra, y no hablan desde su extracción abusiva e individualista. El amor no se va a encontrar en los discursos del civilizador imperial; sea la épica rimada de Ercilla, la exposición nacionalista de Barros Arana, o el cientificismo académico y la farándula mediática contemporáneas. El amor se conjuga con otras palabras. Está en las lenguas mágicas de los pueblos invisibilizados, las hablas originarias de Mesoamérica, del Amazonas, de los Andes, de África. Está en los mitos y las religiones que proponen un horizonte desconocido al Dios padre colonial: el culto náhuatl y mestizo a Tonantzin-Guadalupe, la diosa de la tierra, o los cultos yorubas y mulatos a Yemayá y Oshun, las diosas del agua. Está en la palabra que nace de la ternura de la Tierra, como la oralitura mapuche de Elicura Chihuailaf.

Este 18 de octubre, a dos años del despertar del nuevo Chile, damos rienda suelta a la imaginación y son momentos hermosos en los que nos toca vivir e imaginar lo común para nuestra vida y para las vidas que vendrán. Hagamos este trabajo desde la razón, pero también conmovámonos, trabajemos desde la ternura y desde el pensar.

[Elisa Loncon, 18 de octubre de 2021]

El lenguaje excluyente y supremacista en Occidente ha desdibujado la expresión amorosa de las culturas indígenas, africanas y mediterráneas que constituyen las extensas raíces originarias de nuestra América profunda, noción propuesta por el pensador argentino Rodolfo Kusch en 1962. A partir de la civilización de la España austríaca y borbónica en los siglos XVI, XVII y XVIII, de la Inglaterra victoriana en el siglo XIX, y del expansionismo a toda costa de Estados Unidos en el siglo XX, los acontecimientos amorosos pierden tiempo y lugar. Son ignorados o sofocados por una diferencia colonial impuesta desde el poder, desde un incierto y enigmático arriba. Esta visión de una humanidad colonial se comprueba en relatos fundantes de la narrativa histórica de Chile. Está en La Araucana de Alonso de Ercilla (1569-1589), en la Historia general de Chile de Diego Barros Arana (1881-1902) y en La batalla de Chile de Patricio Guzmán (1975-1979). Estas tres obras ofrecen el desenlace inevitablemente cruento del conflicto entre la civilización y la barbarie: la ocasión inescapable de la guerra. Barros Arana cree en el poder civilizador de la guerra contra la barbarie. Guzmán percibe mejor la trágica resolución bárbara de la civilización colonizadora, intuición que ya había considerado Ercilla en el siglo XVI. En todo caso la vida del amor no se aborda ni se desborda como el protagonismo terrenal de la historia. ¿No habrá que hablar con otro lenguaje?

Las fuentes para una historia del amor provienen de las culturas indígenas, africanas y mediterráneas –cristianas y moras, u orientales, más que grecolatinas u olímpicas (Aristóteles, Heródoto y un largo etcétera). Las raíces de nuestra América profunda cultivan el convivir armónico y afectuoso con la Tierra, y no hablan desde su extracción abusiva e individualista. El amor no se va a encontrar en los discursos del civilizador imperial; sea la épica rimada de Ercilla, la exposición nacionalista de Barros Arana, o el cientificismo académico y la farándula mediática contemporáneas. El amor se conjuga con otras palabras. Está en las lenguas mágicas de los pueblos invisibilizados, las hablas originarias de Mesoamérica, del Amazonas, de los Andes, de África. Está en los mitos y las religiones que proponen un horizonte desconocido al Dios padre colonial: el culto náhuatl y mestizo a Tonantzin-Guadalupe, la diosa de la tierra, o los cultos yorubas y mulatos a Yemayá y Oshun, las diosas del agua. Está en la palabra que nace de la ternura de la Tierra, como la oralitura mapuche de Elicura Chihuailaf. Está en el lenguaje de las mujeres que recogieron los colores y los olores de la Tierra, como Gabriela Mistral o Violeta Parra. Está en la poesía campesina de los cantores a lo Humano y a lo Divino, con un espíritu inspirado en una España más oriental que latina, más celebradora de un mundo terrenal del placer que del dolor.

Hemos limitado nuestros orígenes ‘coloniales’ al mundo violento, letrado y estatal de Castilla, sin percibir el lenguaje místico de Al Andalus, repartido por el espíritu ibérico en toda América. ¡Son innumerables e imprevisibles las fuentes históricas para encontrar la profundidad de América!

El amor es el origen y la posibilidad de la vida social (Humberto Maturana dixit). El amor es el acontecimiento sorprendente del ser, que rebasa toda norma y compartimiento establecido. Así lo vivió el mundo del Mediterráneo ibérico en la Edad Media, con el encuentro provechoso de musulmanes, cristianos y judíos (Américo Castro, España en su historia: cristianos, moros y judíos, 1983). ¿Provinieron de allí las palabras del pueblo de Chile? “Si el Santo Papa de Roma / me dijera que no amara, / yo le diría que no / aunque me recondenara” (Bernardino Guajardo, en 1883). “Donde exista o se tolere la desigualdad no habrá amor posible. La sociedad creyente se ve obligada a expresar amor y no pudiendo practicar lo finge. De allí la hipocresía” (Luis Emilio Recabarren, en 1910). “Cual mago condescendiente / nos aleja dulcemente / de rencores y violencias / sólo el amor con su ciencia / nos vuelve tan inocentes” (Violeta Parra, en 1966).

Estas son las intuiciones de la historia del amor. ¿Quién no las percibe? Quien no logra pronunciar el amor es el “imbunche”. Es decir, es el otro, o la alteridad de uno mismo que, según la definición de Fidel Sepúlveda, poeta y sabio chileno, “tiene clausurados, negados, todos los orificios del cuerpo, o sea, los sentidos y funciones que comunican nutriciamente con el mundo”. Es el “afán de clausura, de coser, de amarrar, de manipular, de inutilizar, de manejar al otro”. “[Una] gran red imbunchante [que] hace del chileno un ser inhibido, cohibido, receloso”. El imbunche “conduce a la clausura y la clausura conduce a la inanición del ser […]. ¿Qué nos ha pasado que hemos perdido el sentido, hemos clausurado los sentidos? El imbunche – que clausura los sentidos para no ver / no oír / no oler / no gustar / no tocar” (Fidel Sepúlveda, Patrimonio, identidad, tradición y creatividad, 2010).

El amor desde la América profunda permite curar nuestras heridas y encontrarnos con nosotros mismos, con los otros, con todos los otros, con todos los sentidos, en todos los sentidos. Comprendernos con todas las culturas y las lenguas diversas, como fue en la aparente y fogosa borrachera de Pentecostés.

Maximiliano Salinas
Escritor e historiador. Académico de la Facultad de Humanidades de la USACH.