Opinión

El retorno de lo concreto

Por: Martín de la Ravanal | Publicado: 25.11.2021
El retorno de lo concreto |
Hay una palabra que me parece clave, y que ha sido poco invocada: responsabilidad. Quienes se sienten llamados a la política saben que tienen que navegar entre tener pasión por sus principios y convicciones, pero también atender a la realidad, al contexto y las consecuencias de las acciones. No necesariamente implica esto la renuncia a las transformaciones. Implica, más bien, saber poner límites allí donde salirse de madre puede costar caro para lo que está en juego.

El filósofo Platón decía que personas y ciudades estamos atravesados por fuerzas poderosas: los apetitos y las pasiones. Gobernar era, para el ilustre ateniense, someter apetitos y pasiones a la razón, es decir, a la inteligencia y el conocimiento. Esta trilogía (apetitos, pasión y razón) parece estar presente en cualquier fenómeno político, pero con intensidades distintas en contextos diferentes.

Hace rato ya se venía señalando que la democracia se había transformado en democracias pasionales, que la intencionalidad emocional había reemplazado al sobrio cálculo y a la deliberación en base a razones. Más que en función de ideas, el campo político se separa en pasiones: dime a quién odias y te diré cómo votas. Es que no hay que perder de vista que el escenario global es un caldero de afectos. Nada mejor que una gran crisis –o un enjambre de ellas– para desencadenar todo tipo de emociones y pasiones. Todo lo político hoy está impregnado con la emoción del miedo, y la política se ofrece como una gestión de los temores.

El miedo es una emoción que busca proteger algo, pero al costo de perder autodominio y libertad. El miedo esclaviza e infantiliza. La virtud que permitía domesticar las pasiones era la andreia o fortaleza, que significaba mantener la entereza o serenidad ante algo que nos atemoriza. La única forma de atravesar los miedos es poner “paños fríos” y usar la razón, cosa que hoy significa realizar un sumo esfuerzo por entender más que juzgar, por contener más que desatar, por escuchar más que imponer. Gobernar, por otro lado, tiene que ver con timonear, y el objeto de toda navegación es llegar a puerto seguro. Esto implica saber llevar los tiempos, acotar los espacios, poner las demandas con los pies en la tierra y asegurar lo esencial, sobre todo cuando avecina tormenta. Significa reponer cierta idea de autoridad en una época peleada con Dios, la ley, la institución y el padre.

El miedo fácilmente cuaja en odio cuando se ofrece un objeto adecuado: alguien que despreciar, que se sienta como una amenaza, y que se pueda atacar con relativa facilidad (el judío para los nazis, el negro pobre para el KKK). Ese odio empeora cuando se combina con el resentimiento que genera, en el odioso, que lo tilden de inmoral, de malvado, de ignorante y lo manden a callar, aunque sea por buenas razones. Mientras la cultura progresista celebraba cada paso a favor de los derechos humanos, la igualdad de género y erradicación de los discursos de odio, a la sombra, y por debajo, crecían, como callampas, la demagogia patriotera, la exacerbación de la misoginia y la justificación del racismo. No haber sabido lidiar con estos fenómenos morbosos es signo de que aún nos falta una nueva ética y pedagogía democrática, menos moralista y abstracta, y más atenta a los signos de los tiempos y al pulso de la historia. 

También ha llegado la hora de los apetitos. Menos dóciles que las pasiones, los apetitos son lo más concreto y lo más inmediato en la vida. Es el orden de las necesidades del cuerpo y las inclinaciones más básicas hacia nuestra sociedad. Comer, beber, follar y dormir, pero también sentir seguridad, tener poder, ser reconocido y admirado. Los apetitos son por naturaleza impacientes, poco dados a los rodeos, ansiosos por ser satisfechos. Como están conectados con la vida, no podemos dejarlos del todo de lado. Su racionalidad es muy concreta: lo real es lo que funciona, es eficiente y aumenta mi felicidad. Para quienes nos tocó vivir una época y mundo capitalista, el dinero es el satisfactor universal, el medio o instrumento que puede resolver (hipotéticamente) todo. Nos guste o no, sintámonos parte o no, todas y todos hoy, de reina a paje, estamos recortados por una sociedad del consumo individual, la competencia generalizada y la felicidad monetarizada. En este imaginario, lo peor de lo peor es la pobreza, y el miedo a la pobreza camina acompañado con las fantasías de ser millonarios, admirados y poderosos. Conservar, asegurar, adquirir y acumular son verbos dulces para quienes, en lo más concreto de su ser, sufren bajo una realidad económicamente precaria, o se sienten inferiores y débiles en comparación con otros.

Tal vez esta lógica de las pasiones y los apetitos ilumine lo que apareció como relevante en las últimas elecciones, donde Kast se impuso. Izquierdas y derechas se han nutrido de un malestar que, sin embargo, nadie ha podido leer con precisión. Algo hay en él, por supuesto, de concreto apetito: el descontento con el alto costo de la vida, el mal vivir en la ciudad, el abandono del campo y, cómo no, una alta decepción frente a las normas, autoridades e instituciones, tras sistemáticos abusos, mentiras y corrupción. Sin embargo, nada parece indicar que necesariamente ese malestar sea antineoliberal, antipatriarcal, antiautoritario, etc. Puede ser capturado, también, por un profundo miedo al comunismo, odio al feminismo, defensa de los valores tradicionales (hoy condensados en la idea de “ser patriota”) y por una apología del capitalismo (reivindicado como libertad económica y derecho a perseguir el éxito material). La tecla religiosa resuena, igual, en quienes ven en la Iglesia, en la familia y en el trabajo honesto, consuelo y alivio frente a un mundo que se sufre por incierto y caótico. La izquierda progresista se ha olvidado de dialogar con las religiones, y ha dejado ese terreno al más rancio de los conservadurismos. Hay que entender también que, cuando el cielo se cae a pedazos, la tierra firme y la comunidad propia –la tribu moral o nacional– parece ser un “espacio seguro” y de identidad. El norte y el sur tienen su revancha cuando le pasan la cuenta a Santiago por haber instalado una agenda que poco tiene que ver con sus territorios y necesidades. Por último, no se puede ignorar la perspectiva generacional: la política tiene que ver con regenerar la sociedad a través de sus generaciones, pero eso no está exento de crisis agudas donde creencias, valores y actitudes de distintas edades, chocan y pugnan por dominar el presente. Los más jóvenes sienten que el pasado no les heredó muchas certezas (económicas, medioambientales, políticas, etc.) ni tampoco los interpreta adecuadamente. Una parte de los más viejos ven como amenaza a su identidad lo nuevo que trae la juventud, grupo que además desprecia sus valores y actitudes “boomer”. Por esta vía, la cultura se está rigidizando y, con ello, comienza su decadencia.

Más allá que todo esto pueda ser manipulado por unas élites económicas y políticas que profundizan el miedo y azuzan los odios, lo concreto comenzó a dominar el escenario. Por mucho que se levante una épica que enfrente libertad y comunismo, democracia y autoritarismo, facherío y progrerío, estas peleas quedarán como abstractas si no se conectan con las experiencias del diario vivir y los malestares de las mayorías. Algo nos indica el éxito de aquellos que prometen bajar el costo de la vida, facilitar financiamiento a pequeñas empresas, combatir el narcotráfico, crear empleos, fin de la violencia callejera y policial, controlar la inmigración ilegal, etc. ¿Cómo lidiarán las izquierdas con asegurar orden, prosperidad y paz y, al mismo tiempo, no renunciar a transformaciones profundas en nombre de la justicia e igualdad? ¿Encontrarán el punto medio entre aquellos que desean profundizar cambios radicales y otros que quieren estabilizar un país en crisis y con sectores muy atemorizados? ¿Y qué harán con el carácter impaciente y particularista de tantas necesidades y apetitos versus el universalismo de los derechos para todas y todos? ¿Serán capaces de ofrecer un plan entendible, financiado, racional y sensato para los años que vienen? ¿Serán capaces de integrar otras perspectivas y tomar en cuenta esos problemas que nunca sintieron como urgentes en su conciencia? ¿Serán capaces de disputarle a la derecha esas palabras como “libertad”, “prosperidad”, “seguridad”, “patria”, etc.? Y, quizás, más importante que todo ello: ¿serán capaces de ofrecer una estabilidad social que permita que la Convención pueda terminar su trabajo, impidiendo las obstaculizaciones (no generándolas como quiere cierta derecha) hasta que el plebiscito defina su futuro?

Hay una palabra que me parece clave, y que ha sido poco invocada: responsabilidad. Quienes se sienten llamados a la política saben que tienen que navegar entre tener pasión por sus principios y convicciones, pero también atender a la realidad, al contexto y las consecuencias de las acciones. No necesariamente implica esto la renuncia a las transformaciones. Implica, más bien, saber poner límites allí donde salirse de madre puede costar caro para lo que está en juego. Saber tener sentido de urgencia y poder jerarquizar las demandas para mostrar seguridad donde más te cuestionan. Es ser claro, concreto, cercano, pero pensando al mismo tiempo, complejamente y a largo plazo, abriendo futuro. Es admitir que no somos omnipotentes, pero sin resignarse a ser impotentes. Es sacar la pelota del lado demagógico y simplón del discurso y llevarla al terreno de aquello que es racional, razonable y éticamente justo. Cifras más, cifras menos, se trata, más que de decir que hay un camino, de mostrar cuál es ese camino, y dar buenas razones para pensar que es el que más nos conviene, que nos hará mejor como sociedad.

Martín de la Ravanal
Profesor de Ética y Filosofía Social y Política en las universidades de Santiago y Alberto Hurtado.