Opinión

¿Sabemos español? 

Por: Leonel Bustamante | Publicado: 17.01.2022
¿Sabemos español?  |
Para quienes creemos que el lenguaje o los lenguajes constituyen nuevas realidades o, como diría Wittgenstein, que el lenguaje sólo puede ser entendido propiamente a partir de un uso que emerge de diferentes formas de vida, las lenguas operan como prueba y arma contra la petrificación del pensamiento. En este sentido, las lenguas deben ser protegidas como las manifestaciones estéticas más vivas de una democracia. Y es que, si es verdad que los conceptos son metáforas que han sido olvidadas, entonces la tarea más urgente de nuestra nueva educación es el de educar nuestro pensamiento a través de la belleza transformadora del lenguaje.

El año 2016 la OECD publicó un informe que arribó a conclusiones desoladoras sobre nuestra comprensión de lectura. En efecto, en aquel entonces se señaló que sólo uno de cada 60 adultos (1,6%) consiguió demostrar los niveles más altos de alfabetización, al conseguir interpretar y sintetizar textos un poco más complejos y largos de lo habitual o, en su caso, al conseguir distinguir sutilizas y recursos metafóricos que requieren un alto nivel de inferencia. Como contrapartida, más del 80% obtuvo una nota 2 o peor, y dentro de este grupo más del 50% obtuvo una nota 1 o peor, lo que significa que más de la mitad de los evaluados sólo consiguió emplear un dominio de un vocabulario básico para localizar ciertas informaciones o para explicar el significado de algunas frases: ninguno de ellos fue capaz, sin embargo, de realizar simples inferencias. Por lo demás, y como si no fuera suficiente, la OECD llegó a la conclusión de que los hombres superaron a las mujeres tanto en alfabetización como en aritmética, siendo Chile uno de los países de la OECD con una brecha de género equiparable a Turquía.

No es un secreto ni una novedad que el lenguaje influencia la forma en que pensamos. No es necesario recurrir a las críticas que filósofos como Johann Gottfried Herder, Friedrich Nietzsche o el Wittgenstein tardío realizaron contra el pensamiento trascendental concebido fuera de un lenguaje cuya naturaleza es, después de todo, radicalmente contingente.

En efecto, y para quienes gustan del rótulo de lo científicamente comprobado, diversos experimentos han demostrado que vemos y sentimos la realidad a través de estructuras gramaticales que el lenguaje impone en nuestro pensamiento. Por ejemplo, los humanos tendríamos la tendencia a asociar un carácter de masculinidad o feminidad a ciertos objetos dependiendo del artículo que los antecede, como cuando en francés se utiliza un artículo femenino para designar lo que en nuestro idioma español es precedido de un artículo masculino: así se habrían comportado quienes se sometieron a un experimento cuyo objetivo era asignar voces masculinas o femeninas a dibujos animados que representaban cosas del día a día. Esto no quiere decir, por supuesto, que nos sea imposible comprender cómo los otros conciben lo que llamamos realidad. Lo que simplemente se desea establecer es que estamos lejos de describir lo mismo con diferentes palabras o, en otros términos, de usar el lenguaje de una manera meramente representacional.

Leer no es un proceso meramente pasivo, sino que construye nuevas realidades a partir de un diálogo que transforma simultáneamente al lector y a lo leído. Es por eso que resulta incompleto pensar que la finalidad más importante de la lectura literaria sea el mero placer, aun cuando éste sea un agradable efecto colateral. Desde la trinchera de una versión banal de las ciencias exactas se ha tachado al arte más de alguna vez como algo lindo pero inútil, porque ¿no es acaso todo trabajo poético-filosófico “poco práctico”, “demasiado abstracto” como para entender lo que sucede realmente en el “día a día”? Estas son preguntas que suelen avergonzar a más de alguien dedicado a las humanidades, pero debemos decir que esta es una vergüenza incomprensible. No porque deba valorarse el conocimiento inútil, sino porque el humanismo es, esencialmente, transformador. Como diría Gabriela Mistral, para quien una clase había de ser concebida como una obra de arte, “mi clase [quedará] como una saeta de oro atravesada en el alma siquiera de una alumna. En la vida de ella, mi clase se volverá a oír, yo lo sé. Ni el mármol es más duradero que este soplo de aliento si es puro e intenso”.

No parece necesario postergar la decisión sobre mejorar nuestra comprensión lectora hasta que sea dirimido de una vez y por todas –lo que difícilmente ocurrirá en una discusión filosófica o científica de esta naturaleza– el debate sobre cuán influyente es el lenguaje sobre nuestro pensamiento. Lo cierto es que el lenguaje es la forma ineludible que usamos para comunicarnos, y esta comunicación resultará más o menos prolija dependiendo de cuánto comprendamos a nuestro interlocutor y a nosotros mismos. Esto no significa confiar ciegamente en que la comunicación resolverá todos nuestros problemas políticos: sin embargo, es a través del lenguaje que podemos acceder no sólo a razones sino que a emociones diferentes. ¿Acaso no brinda la literatura, entre muchas otras cosas, esta posibilidad? ¿No es a través de la lectura de la historia que somos aún más conscientes de la contingencia del presente y de sus múltiples posibilidades? ¿Será que este perspectivismo contribuye a erradicar pensamientos lineares y, con ello, el fanatismo de lo infundadamente necesario?

Y es que nuestra carencia lingüística puede representar un problema para concebir una democracia deliberativa. La comprensión de lectura y los valores asociados a ella, como la distancia, la pausa, la necesidad de contextualizar o el sentir la tensión de la contradicción, entre otras cosas, parecen aptitudes de un tiempo remoto que, sin embargo, pueden operar como herramientas poderosas frente a la violenta inmediatez con que las nuevas aplicaciones digitales demandan del usuario respuestas prontas e irreflexivas. El hecho de que algunas aplicaciones digitales despierten el mismo sentimiento de una urgente pero malsana radicalidad que yace en algunas políticas populistas de extrema derecha permite percibir que esta coincidencia no es siempre un mero producto del azar.

Mejorar la calidad de la educación es una evidente necesidad de cualquier país que aspira a tener una democracia robusta. Sin embargo, este es un proyecto con soluciones que requieren convergencias políticas y, por cierto, bastante tiempo. Y es que los devastadores efectos que deja la marginalización creada por la desigualdad, así como el poder del hábito, calan efectos hondos en las formas de vida de quienes no estaban llamados a ser partes de una élite. Con todo, si se trata de establecer prioridades, una prioridad urgente será la de trabajar arduamente desde los niveles más básicos de nuestro sistema educativo en mejorar nuestra comprensión de lectura, pues sólo así podemos aspirar a tener la posibilidad de ser ciudadanos con un juicio crítico suficiente para constituir un pueblo realmente soberano. Son estos ciudadanos los que sabrán, al mismo tiempo, ser criteriosos al usar las posibilidades que abre la ciencia como un medio y no como un fin en sí mismo.

Para quienes creemos que el lenguaje o los lenguajes constituyen nuevas realidades o, como diría Wittgenstein, que el lenguaje sólo puede ser entendido propiamente a partir de un uso que emerge de diferentes formas de vida, las lenguas operan como prueba y arma contra la petrificación del pensamiento. En este sentido, las lenguas deben ser protegidas como las manifestaciones estéticas más vivas de una democracia. Y es que, si es verdad que los conceptos son metáforas que han sido olvidadas, entonces la tarea más urgente de nuestra nueva educación es el de educar nuestro pensamiento a través de la belleza transformadora del lenguaje.

Leonel Bustamante
Abogado. M.A. en Filosofía.