Opinión

Alexandra Benado Vergara y la «cancelación»

Por: Miguel Orellana Benado | Publicado: 27.01.2022
Alexandra Benado Vergara y la «cancelación» Alexandra Benado Vergara |
Una semana más tarde, en venganza, funcionarios del Estado (sí, soldados) perpetraron una matanza en Santiago, en la calle Fuenteovejuna, coordinada por Álvaro Corbalán Castilla, jefe operativo de la CNI. La madre de Alexandra murió acribillada por una ametralladora a los 31 años. Su cadáver, desnudo y perforado por los balazos, fue portada esa tarde del diario La Segunda. «Those were the days, my friend»: esos eran los días, mi amigo.

Hace unos días, horas después de que S. E. (e) anunciara la designación de Alexandra Benado Vergara (nacida en Estocolmo en 1976) en su gabinete, cinco personas que ella despidió de Londres 38 buscaron “cancelarla” con mensajes en las redes e impedir así que asuma como ministra de Deportes en marzo. Unas la acusaron de “maltrato laboral”; otras calificaron como deficiente su desempeño a la cabeza de una organización cuyo objetivo es mantener viva en la ciudadanía la memoria de los asesinatos, torturas, violaciones y encarcelamientos arbitrarios ocurridos durante la dictadura militar-civil. En la era digital muchas personas buscan ganar sus cinco segundos de fama en las redes: es la comedia del maniqueísmo, un guion para la porno moral dura, que reemplaza a las personas y sus historias con caricaturas: maltratadora o ineficiente.

Conozco a Alexandra Benado Vergara desde que nació. O casi. Nació semanas antes de mi primera llegada, en junio de 1976, a Estocolmo, su ciudad natal. Durante unos días, semanas tal vez, fui acogido en la capital sueca por su familia de origen: mi primo hermano, José Miguel Benado Medvinsky, un judío chileno asimilado y de izquierda, junto a su primera mujer, la entrañable Lucía Vergara Valenzuela. Por eso digo que la conozco desde que nació. O casi. Era una guagua con problemas digestivos, que lloraba de dolor largas horas durante la noche mientras Lucía y José intentaban consolarla.

En los años primeros de nuestro exilio, Joshko/“el hippie Benado” vivía en Estocolmo con su mujer y David, el primogénito de ambos, nacido en Santiago en los días de la “Liberación Nacional”. Ese niño fue expulsado de Chile antes de cumplir un año con un decreto de la dictadura militar-civil. Those were the days, my friend, según cantaron los Beatles, esos eran los días, mi amigo. Lucía Vergara Valenzuela fue la primera refugiada chilena que acogió Suecia. Olof Palme, el Primer Ministro, la recibió en el aeropuerto de Arlanda.

Al poco tiempo, José, Lucía y su descendencia se mudaron de Suecia, una mera socialdemocracia, a Cuba, la Tierra Prometida de los revolucionarios de América Latina. ¿Qué cosa mejor pudiera desear uno para sus hijos e hijas que crecer educados por “La Revolución”? ¿Acaso uno porque es revolucionario no puede tener hijos? Hace más de cuarenta años mi primo José me hizo esas preguntas. Su madre, mi querida tía Fanny, fue de otra opinión. Viajó a Cuba y se llevó a su nieto y su nieta a vivir en Guatemala. Ella llegó exiliada a ese país luego de una temporada encarcelada y torturada por la dictadura militar civil en Villa Grimaldi en 1975. Cuando la Operación Cóndor (la alianza de servicios de Inteligencia de las dictaduras militares sudamericanas que organizó desde Chile el general Manuel Contreras, director de la CNI, y que exterminó centenares de “marxistas” en distintos países) amenazó su vida y las de sus nietos, tía Fanny se los llevó a Francia. Those were the days, my friend

José Benado y Lucía Vergara regresaron a Chile en el marco de la denominada “Operación Retorno”, que tuvo lugar entre 1978 y 1979. Su peregrino objetivo era derrocar a la dictadura militar-civil que encabezó Pinochet, y que tenía el respaldo de 50.000 soldados entrenados para matar, con algunas decenas de guerrilleros que habían recibido entrenamiento militar en Cuba, Vietnam y Argelia. Su mayor éxito fue el asesinato del general (r) Carol Urzúa, a la sazón intendente de Santiago, y sus dos escoltas, el 30 de agosto de 1983.

Una semana más tarde, en venganza, funcionarios del Estado (sí, soldados) perpetraron una matanza en Santiago, en la calle Fuenteovejuna, coordinada por Álvaro Corbalán Castilla, jefe operativo de la CNI. La madre de Alexandra murió acribillada por una ametralladora a los 31 años. Su cadáver, desnudo y perforado por los balazos, fue portada esa tarde del diario La Segunda. Those were the days, my friend: esos eran los días, mi amigo.

Alexandra comenzó a jugar a la pelota en Cuba. Más tarde, en la postdictadura chilena iniciada en 1990 y que está terminando con la elección de Gabriel Boric Font a la Presidencia de la República, ella llegó a Chile por primera vez, donde continuó practicando ese deporte. Culminó esa carrera integrando la selección nacional femenina de futbol y fue capitana del equipo que obtuvo para Chile el tercer lugar en la Copa América en 2010. Más tarde se graduó de licenciada en Deportes. Es una activista en favor de la diversidad sexual. Tiene dos hijos adolescentes, que fueron concebidos por la mujer que entonces era su pareja.

Fue jefa de Deportes de la Municipalidad de Providencia entre 2013 y 2016. Hasta su designación como ministra de Deportes, Alexandra Benado Vergara se desempeñaba como coordinadora de Londres 38, un antiguo centro de torturas de la CNI convertido ahora en “espacio de memorias”. No la veo desde hace más de una década, cuando nos encontramos en el funeral de tía Fanny, su abuela. Pero le guardo cariño, y no animadversión, como las cinco personas que buscaron herirla. Su intento de frustrar su designación como ministra de Boric es un ejemplo de un deporte nuevo: la porno moral dura, el maniqueísmo. Oponerse a ésta, la más brutal forma del fanatismo en la era digital, es una obligación.

Miguel Orellana Benado
Doctor en Filosofía del Humor (Oxford), profesor asociado de Filosofía de la Moral en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Autor de los libros "Allende, alma en pena", "La academia sonámbula" y "Educar es gobernar", entre otros.