Opinión

Nuestra alegría

Por: Maximiliano Salinas | Publicado: 14.05.2022
Nuestra alegría |
Por fin se propone un ideario cultural que desanda las tragedias del colonialismo. Es la aspiración del buen vivir, ocasionando resistencias de la élite. Esa élite, haciéndose la lesa, ha persistido de muchos modos hasta nuestros días. No deja de hablar del acontecer infausto, de la gravedad de los hechos, del dolor de la historia. Ajena a la alegría, que nace de un ideal que inspira y aspira a la extensa fraternidad humana.

En el Canto general de Pablo Neruda el tema de la alegría no está especialmente presente ni frecuente. En la inmensa imaginería americana del poeta escasea esta emoción, este sentimiento. La denuncia del colonialismo y del fascismo tiende a acaparar todos los sustantivos, los adjetivos, los verbos. “Valdivia, el capitán intruso, / cortó mi tierra con la espada / entre ladrones: ‘Esto es tuyo, /esto es tuyo Valdés, Montero, / esto es tuyo Inés, este sitio es el cabildo’. / Dividieron mi patria / como si fuera un asno muerto. / ‘Llévate / este trozo de luna y arboleda, /devórate este río con crepúsculo’ (…) “Las encomiendas sobre la tierra / sacudida, herida, incendiada, / el reparto de selva y agua / en los bolsillos, los Errázuriz / que llegan con su escudo de armas: / un látigo y una alpargata”. Así llegaron a Chile los huincas, los invasores, los quitatierras de la España imperial.

Con todo, la alegría aparece de repente, súbitamente. Así, al dar cuenta, al darse cuenta, de la inmensa fraternidad humana. De otra España, amiga, compañera, como la del poeta andaluz Rafael Alberti: “te quiero dar, ay!, si pudiera, hermano grande / la estrellada alegría que tú me diste entonces”. De otra América, amiga, compañera, como la del escritor venezolano Miguel Otero Silva: “Qué alegre eres, Miguel, qué alegres somos! / Ya no queda en un mundo de úlceras estucadas / sino nosotros, indefinidamente alegres (…) / Qué alegría, Miguel!”. La alegría encendida de la fraternidad de los chilenos acusados y acosados en la Guerra Fría inaugurada por Gabriel González Videla, el arribista radical: “Me has hecho ver la claridad del mundo y la / posibilidad de la alegría”.

El instante del Canto general donde la alegría aparece más resuelta y colectiva es en la única cueca presente en el poema. El relato épico se rompe y se raja en un baile de fiesta, una canción popular de Chile. Es el homenaje a Manuel Rodríguez, la encarnación de la alegría plebeya, popular, el surgir, el resurgir jubiloso de la tierra, después de tres siglos de opacidad colonial. Por todas partes viene. Melipilla, Talagante, Pomaire, Chiñigüe. Las voces de los campos propios, amados. Sin acentos europeos. Viene, vamos con él. La muerte asesina, ¿podrá sustraerlo, arrancarlo de Chile? “Él, que era nuestra sangre / nuestra alegría”.

Nuestra alegría. La alegría común, comunal, que nos hace próximos, amigos, atrevidos, felices. Durante los años apenadísimos de la dictadura de Pinochet, moros y cristianos, creyentes y no creyentes de Chile, entonaron el Himno a la Alegría, la inspiración del poeta Friedrich Schiller que Beethoven incluyó en su novena sinfonía comenzada a componer en 1817: “Todos los hombres vuelven a ser hermanos / allí donde se posa tu suave ala / […] / ¡Abrazaos millones de criaturas! ¡Que un beso una al mundo entero!”.

Como en el Canto general de Neruda, de 1950, la alegría estalla en una voz colectiva que altera el desarrollo sinfónico. Cantar juntos la esperanza, la posibilidad de salir del encierro colonial de Pinochet. Según la versión del Himno de la Alegría del cantante español Miguel Ríos, en 1970: “Si en tu camino sólo existe la tristeza / y el llanto amargo / de la soledad completa / ven, canta, sueña cantando / vive soñando el nuevo sol / en que los hombres / volverán a ser hermanos”. Cuando se necesitó sacar al dictador de La Moneda, se cantó, de todos modos, de cualquier modo, La alegría ya viene. Quien canta su mal espanta. Cantar la alegría compartida en una historia que se encuentra en el ancho corazón de todos los seres humanos. No la petite histoire de una élite colonizada y apartada del cauce de la humanidad, engolfada en sus prerrogativas miserables: “En los clubs se condecoraron / y fueron escribiendo la historia. / Los Parlamentos se llenaron / de pompa, se repartieron / después la tierra, la ley, / las mejores calles, el aire / la Universidad, los zapatos” (Canto general).

Hoy nuestra Convención Constitucional diseña un nuevo derrotero para Chile.

Es necesario desechar la apenada herencia del orden antisocial, asocial, de Pinochet. El borrador del texto va dejando de manifiesto por dónde caminar juntos de ahora en adelante. Chile definiéndose como un Estado Social y Democrático de Derecho: “Se constituye como una república solidaria, su democracia es paritaria y reconoce como valores intrínsecos e irrenunciables la dignidad, la libertad, la igualdad sustantiva de los seres humanos y su relación indisoluble con la naturaleza” (11 de abril de 2022). Aprobándose la restitución histórica de las tierras indígenas: “El Estado reconoce y garantiza, conforme a la Constitución, el derecho de los pueblos y naciones indígenas a sus tierras, territorios y recursos” (4 de mayo de 2022).

Por fin se propone un ideario cultural que desanda las tragedias del colonialismo. Es la aspiración del buen vivir, ocasionando –por supuesto– resistencias ideológicas como las de la élite terrateniente y racista en tiempos de la Independencia del siglo XIX. Esa élite, haciéndose la lesa, o la astuta, ha persistido de muchos modos hasta nuestros días. No deja de hablar del acontecer infausto, de la gravedad de los hechos, del dolor de la historia. Ajena a la alegría que nace de un ideal que inspira y aspira a la extensa fraternidad humana. De todos los chilenos, de toda la humanidad. Nuestra alegría.

En las palabras de fuego de Gabriela Mistral: “Tener la alegría cien por cien y soltar la risa entera, abierta y feliz […]. No soy de las que creen en la ayuda del dolor: teoría ésta absolutamente española, es decir, morbosa, de tipo inquisitorial. Defiende tu alegría” (Gabriela Mistral, Esta América nuestra: correspondencia 1926-1956; 2007).

Maximiliano Salinas
Escritor e historiador. Académico de la Facultad de Humanidades de la USACH.