Opinión

La alegría contra viento y marea

Por: Maximiliano Salinas | Publicado: 24.06.2022
La alegría contra viento y marea 1988 |
En 1970, con el triunfo de la Unidad Popular, Chile pasó a ser la esperanza del pueblo y de los pueblos pobres de la Tierra. La alegría llegó a ser un éxtasis colectivo. Los intelectuales cautivos del orden colonial fruncieron el ceño. Dijeron que el pecado original impedía ser felices. Que Dios había clausurado para siempre las puertas del paraíso terrenal. De ahí nacería la Constitución Política de 1980, un triste papel redactado en el círculo reconcentrado de la élite.

Mario Benedetti dio a conocer su Defensa de la alegría en 1979. En los años glaciales de la Guerra Fría y las dictaduras militares en Sudamérica, la alegría había que defenderla. “Defender la alegría como un estandarte / defenderla del rayo y la melancolía / de los males endémicos y de los académicos”. Hoy la cultura mediática en Chile y en el mundo cultiva de nuevo con esmero la falta de alegría. Noticias falsas y verdaderas se conjugan para propalar la pena, la rabia, el disgusto global. Como que lo que atrae es el conflicto, la molestia, la incertidumbre. Los comunicadores insisten diariamente que vivimos tiempos complejos, complicados. Las imágenes de los periódicos tienen que incluir llamas, estragos, rostros infelices.

La ocasión histórica y dichosa de una nueva Carta Constitucional para Chile se vuelve un marasmo, un enredo, un quebradero de cabeza. Un programa de televisión abierta dedicado a explicar la nueva Carta lo anima o desanima una periodista de gestos atolondrados, que no deja hablar con tiempo a los invitados. La profesional fue reconocida por su buen humor, su buen talante. En el programa actual aparece como una persona atacada, atarantada, atropellada para hablar. Menos mal algunos invitados e invitadas, con más madurez y bonhomía, han instalado un espíritu sereno y equilibrado. El tema constitucional ha pasado a ser casi tóxico. Especialmente con la fiebre amarilla de los que empezaron a impacientarse con un texto que aún no se conocía en su borrador.

Con Mario Benedetti, es necesario defender de la alegría. “Defender la alegría como una certidumbre / defenderla a pesar de Dios y de la muerte / de los parcos suicidas y de los homicidas”. La alegría es el punto de partida del buen vivir, en el pasado y en el presente. El Nuevo Testamento, en un sentido estrictamente literario, introduce la alegría en el tono de voz, en el ritmo inspirador del anuncio de una buena noticia dedicada a los pobres y los explotados de la Tierra. “Alégrate, favorecida, el Señor está contigo”, le dice el ángel a María (Lucas 1,28). “Vuestra pena acabará en alegría […], nadie les podrá quitar vuestra alegría”, dice Jesús (Juan 16,20-22).

Al comenzar el siglo pasado Carlos Pezoa Véliz celebró “la espontaneidad robusta / de la alegría chilena” (Alma chilena, 1908). El poeta supo descubrir magistralmente el misterio de la vida, la raíz potente de nuestro destino humano. A pesar de todo. Sin duda la élite andaba en otra. Encerrada en su Casa grande (Luis Orrego Luco, del mismo 1908) no supo más que sus propias pequeñeces. De hecho, no supieron ni leer de corrido a Pezoa Véliz. En ese círculo chiquito Valentín Letelier dijo su gastada y patética frase: “Me parece que no somos felices” (Discurso sobre la crisis moral de la República, 1900).

Al parecer la élite siempre se ahogó en su propia agua estancada.

Miguel de Unamuno lo expresó con palabras de fuego cuando fustigó a la ‘aristocracia’ de Chile, y defendió a la juventud libertaria de 1920. En 1970, con el triunfo de la Unidad Popular, Chile pasó a ser la esperanza del pueblo y de los pueblos pobres de la Tierra. La alegría llegó a ser un éxtasis colectivo. Los intelectuales cautivos del orden colonial entonces fruncieron el ceño. Dijeron que el pecado original impedía ser felices. Que Dios había clausurado para siempre las puertas del paraíso terrenal (Pablo Baraona et al., Visión crítica de Chile, 1972). De ahí nacería la Constitución Política de 1980, un triste papel redactado en el círculo reconcentrado de la élite.

¿Cómo ha tenido que recuperarse Chile de tanto dolor?

La manera de recobrar el ánimo ha sido una y otra vez el anuncio, la certeza colectiva de la alegría. Esa fue la euforia multitudinaria de 1988. El carnaval del No. Fue el primer signo vital de la superación de la tragedia de 1973. Paso a paso, se alcanzó la vorágine de 2019. La urgencia de desmantelar el desequilibrio monumental impuesto por una élite infeliz. Hoy la alegría no sólo hay que defenderla, como dijo Benedetti: hay que vivirla a tope, sin tapujos. Como nunca, como siempre. Con todas las fuerzas naturales y sobrenaturales de la Tierra. No contra viento y marea. Sí con el viento y la marea.

Maximiliano Salinas
Escritor e historiador. Académico de la Facultad de Humanidades de la USACH.