Opinión

El problema del Apruebo

Por: Cristián Zúñiga | Publicado: 30.06.2022
El problema del Apruebo |
Aún se está a tiempo de enmendar el rumbo, pero para eso se debe actuar con un pragmatismo que comience reconociendo, a casi dos meses del plebiscito, que lo escrito por los convencionales, más que esperanzar a la gente, le está asustando.

El 23 de junio de 2016, 17,4 millones de británicos votaron a favor de abandonar la Unión Europea (un 51,9% de la población), frente a los 16,1 millones que lo hicieron por la permanencia en el bloque comunitario (un 48,1%). Un resultado ajustado que cayó como un mazazo de realidad al progresismo británico y de gran parte de Europa, quienes no podían creer que la alternativa que contaba con el apoyo de artistas, ambientalistas, gente de televisión e intelectuales que ejercen la “corrección política”, perdía frente a una abrumadora cantidad de votos emitidos, principalmente, por la clase media y obrera (el Brexit arrasó en pueblos mineros y de clase trabajadora).

No sirvieron de mucho las moralistas campañas de redes sociales y los spots televisivos con bellos rostros, casi sacados de una publicidad de Benetton, promoviendo la integración del Reino Unido con la Unión Europea. Al final, en las urnas, fue la verídica y desconfiada ciudadanía británica que asistió a votar a partir de sus propias conclusiones tomadas sin recurrir a manuales escritos por los intermediarios tradicionales del poder.

Entonces, temas como la inmigración, pobreza, impuestos y desempleo juvenil, fueron percibidos, por gran parte de la ciudadanía popular, como pestes importadas por la globalización y que sólo podían ser controladas a partir del cierre de fronteras (emociones que los conservadores británicos supieron leer previo al referéndum). De nada sirvió que, al día siguiente del triunfo del Brexit, columnistas de izquierda y liberales de todo el planeta salieran acusando al pueblo británico de irracional: la democracia había hablado y el pueblo británico, tomado una decisión.

Hasta el día de hoy, la campaña del Brexit es sindicada como emblemática por las teorías de los nuevos populismos y sus estrategias algorítmicas en la denominada “pospolítica”. Existe una diversidad de publicaciones de filósofos, sociólogos y periodistas al respecto. De hecho, este año, el afamado columnista venezolano Moisés Naím publicó un libro titulado La revancha de los poderosos, donde da cuenta de este “enemigo nuevo e implacable que no tiene ejército ni armada; no procede de ningún país que podamos señalar en el mapa porque no viene de ahí fuera, sino de aquí dentro”.

También, este año llegó a Chile una publicación que busca culpables en medio de lo que parece ser una nueva forma de autocracia de la información. Se trata del libro Infocracia, del filósofo preferido por los nuevos progresismos, el coreano-alemán Byung-Chul Han. En este texto, Chul Han plantea que la digitalización está afectando a la esfera política y provocando graves trastornos en el proceso democrático: “las campañas electorales son guerras de información que se libran con todos los medios técnicos y psicológicos imaginables”. 

Podríamos citar una decena de otros libros publicados, recientemente, donde el progresismo pensante busca culpables a la hora de explicar triunfos electorales como los del Brexit, Trump, Bukele, Maduro, Bolsonaro, López Obrador, Orbán, entre otros. Uno podría autoconsolarse, a través de estas tesis, cada vez que no gana la opción que se considera “políticamente correcta” (dependiendo del cristal ideológico y moral desde donde se mire). Podría uno autoconvencerse de que somos víctimas de una fuerza invisible que hipnotiza al pueblo para conducirlo a las urnas en “estado zombi”. No cabe duda que este ejercicio de evasión, junto con otorgar suculentas ganancias a las publicaciones de las ciencias sociales, nos eximiría de ese incómodo momento en que se debe aceptar la cruda realidad en la noche de una derrota electoral. Es más fácil buscar culpables en el metaverso que en la incapacidad cultural de los políticos para sintonizar con el sentido común de la ciudadanía actual (cómo olvidar aquel despechado grito de “facho pobre” luego del segundo triunfo presidencial de Piñera el 2017).

Es lo que le está sucediendo a las izquierdas chilenas con la opción del Apruebo en el plebiscito constitucional de salida. Hasta hace pocas semanas, nadie en ese sector se atrevía siquiera a bromear con la posibilidad de un triunfo de la opción del Rechazo. Los redactores de la nueva Constitución hablaban con la certeza de un predicador callejero sobre la implementación de la nueva Carta Magna en los tiempos que ellos mandatarían.

Por otro lado, en el gobierno, la opción de una derrota el próximo 4 de septiembre parece no tener cabida y es vista como una campaña orquestada para debilitar al Apruebo. Es decir, la estrategia del presidente Boric no considera preparar una definición a penales y ni qué decir un escenario de eliminación de su equipo.

Sumado a lo anterior, en las redes sociales, voluntaristas rostros de actores, activistas y poetas, aparecen haciendo un llamado a votar por una alternativa que “debe ser caótica para ser necesariamente esplendorosa”, no considerando lo develado en la reciente encuesta CEP: lo menos que quiere la gente es caos e incerteza. Si hubiera que darle un consejo a esos creativos del Apruebo, se les podría decir que dejen de buscar culpables en el metaverso y ubiquen artículos de la nueva Constitución para recrear como solución a la delincuencia, la inflación y la crisis política.

Más que defenderse como gatos engrifados contra las encuestas, desde una fe ciega en supuestos morales, la opción del Apruebo debería reconocer que el texto constitucional propuesto no está sintonizando con la corriente cultural de una ciudadanía cuyo soporte lógico, ya no son los puntos cardinales ideológicos, sino que es el ciberespacio, el cual actúa como una metáfora del mundo real, pero sin tener necesariamente sus limitaciones.

Aún se está a tiempo de enmendar el rumbo, pero para eso se debe actuar con un pragmatismo que comience reconociendo, a casi dos meses del plebiscito, que lo escrito por los convencionales, más que esperanzar a la gente, le está asustando. Es un dato de la causa y no aceptarlo constituiría una especie de “auto posverdad” que pudiera terminar generando una derrota casi tan traumática, como la del día en que ganó el Brexit.    

Cristián Zúñiga
Profesor de Estado. Vive en Valparaíso.