Opinión

Un ambiente crispado

Por: Jaime Bravo | Publicado: 05.08.2022
Un ambiente crispado | AGENCIA UNO
La nueva Constitución no es combatida por su debilidad sino por su fortaleza, en términos políticos, laborales, ambientales y culturales.

Un resquemor recorre el ambiente. Pareciera que la existencia de diferencias sustantivas constituye un problema político terminal, lo que se atribuye a una propuesta constitucional a la que se colma de adjetivos denostativos.

Como ilustra Jorge Arrate, los términos polarizados son propios de elecciones binarias. Aunque también dan cuenta de un clima que lleva años recorriendo el país y evidencian heridas no curadas.

Podrá decirse que, para que se verifique un clima exacerbado como en el tango, se necesitan dos. Pero al mismo tiempo es preciso seguir la frase de Nuccio Ordine, el famoso ensayista italiano: “dicen que toda agresión tiene una historia que debe ser comprendida”.

Resulta evidente que la nueva Constitución no provocó el “clivaje” que separa dos visiones contrapuestas de mundo, que se siguen expresando en un clima electoral de amplia fisura. Los ejercicios de transición no lograron cambiar las visiones de quienes construyeron un relato, en que el paraíso fue la consecuencia de decisiones como las violaciones de los derechos humanos, en un supuesto equilibrio de plata por horror. Su mirada se extiende siempre al horizonte considerando que su propia realidad de privilegios como “París bien vale una misa”.

Ellos hablan hoy de unidad, cuando nunca terminaron con esa combinación de racismo y clasismo, imposibilitados de ofrecer y participar de un nosotros inclusivo. Por ello su noción del juego político emerge de su convicción de minoría poseedora de derechos distintos y especiales que exigen “condiciones de seguridad” para hacer parte de un “nosotros” que perpetúe un arriba y abajo, inclusive más allá del propio poder económico.

Una cancha completamente desbalanceada es la condición de juego para aquellos que defienden privilegios. La misma que obliga a municipios a proveer direcciones a su población para elevar la elegibilidad de sus ciudadanos y evitar discriminaciones adicionales en el mercado del trabajo.

Quienes han hecho de la naturalización de sus privilegios su código de conducta, es razonable que rechacen cualquier cambio. Lo que no justifica que hagan de la mentira y el ocultamiento de información su código de conducta.

A medida que la decisión popular se aleja de su posición, apelan a amenazas y violencia. No cabe frente a ello sino el límite propio que la democracia pone a quienes actúan contra su propia supervivencia. El famoso límite a la “tolerancia”. Hoy veremos si las convicciones van más allá del cálculo y se actúa ante estas manifestaciones destempladas, no por lo que ellas representan directamente como amenaza hoy sino por el decurso que abren.

Más difícil resulta comprender qué mueve a quienes partieron la escena con una clara adhesión a valores democráticos e inclusive de la mano de las apelaciones de izquierda que designan a quienes deciden representar a “la parte más angosta del embudo”. Qué los llevó a girar, sino el claro ritmo de vueltas que determina un acomodo progresivo y que hace patente la mano que les da de comer.

¿Existe en realidad un riesgo al carácter unitario del Estado? Aparte de que está excluido explícitamente en el texto constitucional, ningún comentario jurídico ha permitido mantener la objeción viva más que apelando a artículos que no están en el proyecto constitucional. Lo mismo con el derecho a veto que mantendrían los pueblos originarios.

Evidentemente esas mentiras no explican la odiosidad y el desplazamiento. Podemos asumir cantidades de errores, muchos de ellos pueriles. Sin embargo, no es allí donde radica la resistencia.

La nueva Constitución no es combatida por su debilidad sino por su fortaleza, en términos políticos, laborales, ambientales y culturales.

El cambio de reglas del juego que avanzó en darle dientes a la democracia y la voluntad popular reconociendo derechos, para orientar el accionar del Estado, les duele. Duele el agua, hoy propiedad de unos pocos y negada a muchos. Les duele perder el control de recursos que los obligarán a competir como al resto del mundo, por ejemplo, al perder el uso de nuestros fondos previsionales. Les duelen todos los derechos privatizados, que nos mantuvieron condicionados a nuestra disponibilidad individual de recursos. Duelen los derechos laborales, y en parte a eso reaccionan.

Pero, siendo claros, a los embates que ponen límite al “mundo como lo conocían” en términos económicos, le suman el dolor por la sustitución en el protagonismo. Su obsolescencia develada en la presencia de nuevos actores con quienes no compartieron el colegio. Nuevos actores para una nueva economía, que dificultará se distribuyan cada nuevo negocio como lo hicieron a partir de la pesca milagrosa de la dictadura. Pero también amenaza con desplazar, si ya no lo ha hecho, a muchos que veían su futuro contado.

Cuando desaparece una cocina, siempre habrá en su contraparte: no uno, sino muchos cocineros cesantes.

Jaime Bravo
Economista, especialista en técnicas de gobierno.