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«Suelo» de María José Contreras: Provocación de límites y memoria en el espacio urbano

Por: Marianne Hirsch | Publicado: 24.07.2016
«Suelo» de María José Contreras: Provocación de límites y memoria en el espacio urbano |
Cruzamos vallas y fronteras todos los días. Mi pasaporte estadounidense me garantiza un libre paso virtualmente por cualquier lugar. Entrar a Chile fue fácil, volver a casa también lo será. Pero a medida que vivo esta experiencia y las vallas se mueven a mi alrededor, escucho los pitazos y el siseo del drone, pienso en todos quienes sufren la falta de movilidad que yo doy por hecho. Los migrantes, los refugiados, la gente sin estado.

Acabo de salir del teatro de una conmovedora conferencia del artista Alfredo Jaar, y me apronto a ver la performance «Suelo» de María José Contreras, una artista que admiro hace tiempo. Pero afuera no pasa nada. ¿Me la perdí? ¿Todavía no empieza? La gente se reúne a conversar en grupos pequeños, discuten sobre la conferencia, hacen planes para ir a comer. Me sumo a ellos, pero de pronto, me doy cuenta de que estoy separada de mis amigos. Unas personas están separando la vereda con vallas papales, ¿por qué? Estoy acorralada, con un grupo de personas que no conozco. Reviso si tengo la cartera en un lugar seguro; el celular, en mi bolsillo. Las vallas se mueven, soy libre de nuevo. Hay un drone sobre nuestras cabezas, siseando. ¿Qué está pasando? ¿Y qué pasó con la performance?

«Esta es la performance,» me dice una amiga, «y nosotros somos los actores, ¿no te habías dado cuenta?» Se oye un pito, fuerte. Las vallas se mueven y crean otros corrales. Todos nos reímos de los nervios, nos tranquilizamos, es una performance, no hay peligro. Guau, por un minuto, fue incómodo. Entonces, participemos, seamos un buen público. Veamos de qué se trata.

¿Suelo? ¿Tierra? Estamos en el suelo, bien parados. Pero no controlamos el espacio que con cada pitazo, se rompe, de una manera que parece totalmente arbitraria. Y vuelvo a estar acorralada, sólo con dos personas más, mis amigos se ríen del otro lado de las vallas; ahora no me gusta lo que está pasando. El drone sigue estando arriba, observando. ¿Cuál es el plan? Trato de salir del corral. Trato de imaginar cómo se sentiría si hubieran guardias uniformados o policías al otro lado si esto fuera real.

Cruzamos vallas y fronteras todos los días. Mi pasaporte estadounidense me garantiza un libre paso virtualmente por cualquier lugar. Entrar a Chile fue fácil, volver a casa también lo será. Pero a medida que vivo esta experiencia y las vallas se mueven a mi alrededor, escucho los pitazos y el siseo del drone, pienso en todos quienes sufren la falta de movilidad que yo doy por hecho. Los migrantes, los refugiados, la gente sin estado. Quienes no tienen pasaporte o los medios para viajar libremente. Recuerdo mi propio viaje a través de la cortina de hierro cuando era una niña, el miedo que sentí, y la frustración y la ansiedad. La imposibilidad de volver a casa. Pienso en las protestas en la calle en las cuales he sido acorralada. Vuelvo a sentir la rabia y la impotencia de esos momentos. Pienso en lo que estas calles han presenciado antes, en la violencia de la dictadura chilena y la desaparición de sus ciudadanos ocurrida en esta misma avenida. Y en los movimientos de protesta que crecen y se reúnen aquí también.

Ahora estoy afuera del corral y me ubico a una distancia segura, unos escalones más arriba. Se oye otro pitazo. Los performeros caen al suelo. Cada uno está bajo una valla. Recién ahora me atrevo a caminar entre ellos y tomar algunas fotos. ¿Qué quiere esta performance que yo haga? ¿Quiero levantar las vallas que aplastan a estar personas – pero camino entre ellos y tomo fotos mientras esos objetos pesados los están aplastando? ¿No deberíamos intervenir todos nosotros? ¿Pero si intervengo, seré un mal público?

El drone todavía silba sobre nosotros, observándolos, y observándonos, mientras tratamos de superar nuestra creciente incomodidad.

La performance es simple, unos pocos performers, las vallas como objetos principales, y una audiencia que deviene participante. Y aún así, en su simplicidad, es tan invocadora y provocadora. Nos permite tomar conciencia de la forma en que nuestros espacios nacionales y urbanos están separados por checkpoints y fronteras que no controlamos y que se están multiplicando. ¿Quién está adentro y quién está afuera? Aquí estamos experimentando eso a nivel consciente y también afectivo, visceral. Somos los privilegiados que pueden cruzar, alejarse caminando, ir a comer, discutir la performance. Mientras lo hacemos, otros están obligados a pasar una fría noche en la calle, en campos de refugiados, en la cárcel, al otro lado de las vallas que los mantienen adentro… o afuera. Como otras veces, María José Contreras ha creado una provocación urbana que permanecerá con nosotros de ahora en adelante.

*Texto traducido por Milena Grass

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