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Crónicas militantes populares II: El incombustible Fonola

Por: Freddy Urbano | Publicado: 26.03.2017
Crónicas militantes populares II: El incombustible Fonola 1983 |
Los seguidores de “el Fonola” iban a todas y no escatimaban nada, con tal de mantener la protesta en alto. En ellos, no había pausa, estrategia, ni racionalidad: en cada jornada superaban cada vez más su propia radicalidad. Vivían permanentemente encolerizados con la disciplina que intentaban inculcar socialistas y comunistas en las actividades políticas, y eso produjo en más de una ocasión confrontaciones entre ellos.

Durante la mañana del once de mayo de mil novecientos ochenta y tres, una calma aparente se imponía en las calles de la población. No se dejaban ver automóviles ni transporte público… el paisaje se exhibía desolado, con cierto tinte sereno. En el transcurso del día, habíamos sido convocados a breves reuniones de organización y logística, con el propósito de definir los puntos precisos de las calles que nos interesaban clausurar: allí debíamos instalar las barricadas y cercar la población a la entrada de los carros policiales. Éramos actores presenciales y partícipes de la primera jornada nacional de paralización del país en tiempos de dictadura.

En el atardecer de ese día, un grupo de compañeros retomamos un último encuentro, una reunión muy breve para evaluar la jornada de paralización laboral dentro de la población. Teníamos conocimiento de vecinos que, superados por la obligación y el temor, habían ido a cumplir con su jornada laboral. Nuestro interés era protegerlos y para ello, contemplamos retrasar las acciones de cierre de avenidas y calles del sector, antes que la noche se dejara caer. A eso de las cinco treinta de la tarde, y teniendo un catastro de la situación, accedimos a convocar a un montón de amigos del vecindario, la mayoría de ellos adolescentes que derrochaban un entusiasmo apasionante por participar.  En el grupo congregado ahí, había un muchacho de baja estatura, flaco y que se destacaba por sus ojos achinados; pero lo que cautivó nuestra atención fue su fuerte personalidad.

Por ejemplo, en el preámbulo del cierre de las calles principales, se le vio acarreando unas techumbres oscuras (material denominado fonola) que algunos vecinos del sector habían acumulados como desechos en sus patios interiores. Desde ese momento, al flaco achinado se le conoció como “el Fonola” y en esa noche del once de mayo fue el emblema de la rabia poblacional y, a la vez, el pendón de la barricada. Los techos de fonola, los neumáticos y el combustible eran su especialidad, y en el pasar de esa larga jornada nocturna se inundó en el humo y no desistió nunca, hasta que la hoguera consumiera el caucho adherido al asfalto.

En los días posteriores a la primera gran protesta nacional, la dictadura reaccionó afectada por la masividad de los enfrentamientos de ese día -sobre todo en las distintas poblaciones del país-, e impulsó un plan sistemático de allanamientos a casas del sector. Policías y militares detuvieron a innumerables vecinos, llevándolos a un sector baldío cercano a la circunvalación Américo Vespucio. Allí fueron interrogados y algunos de ellos llevados a recintos policiales. En el grupo de detenidos iba “el Fonola” a quien los policías, con vesánica violencia, golpearon hasta dejarlo inmóvil en el tierral. En el vecindario se comentaba que en el patio de su casa hallaron banderas del MIR,  neumáticos de camiones y un par de bidones con parafina. Era sabido entre los militantes de los partidos políticos de izquierda, que “el Fonola” no era muy cuidadoso y su fervor lo exponía en demasía a ser objeto predilecto de los aparatos policiales.

En los días siguientes, una vez liberado, “el Fonola” se mostró aún más impetuoso y no dejó de participar en ninguna de las actividades desarrolladas en el sector. Su apariencia abollada por la violencia sufrida no logró contener su valentía y menos amedrentó su voluntad. En las reuniones se le veía impaciente y en ocasiones hastiado… las conversaciones sobre política coyuntural no lo estimulaban y al parecer los libros no era lo suyo. Demandaba de los otros menos discursos y más acción.

En las protestas de los meses siguientes, en junio, julio, agosto, septiembre y octubre de ese año, “el Fonola” se transformó en un héroe de la barriada, en el ícono de la rabia callejera. En cada jornada de protesta, su liderazgo era imperturbable e inflamable… daba la impresión que para él, había que quemarlo todo: nada servía en ese momento de hastío con la violencia dictatorial. Su voz y su acción tan inflamable eran paradójicamente incombustibles… “el Fonola” se nutría en el vértigo de la barricada, aquel muro de fuego que frenaba la represión policial: ahí estaba él, como centinela de las llamas a la que no entregó ninguna concesión hasta que el alba de un nuevo amanecer iba cubriendo la oscuridad y la humareda de las abatidas gomas entregaban el último suspiro al fin de cada jornada.

Su ímpetu, tan celebrado y aplaudido en ciertos momentos de la protesta, en otras ocasiones aparecía precipitado e impulsivo, disgustando muchas veces a aquellos compañeros más estrategas y disciplinados, que anhelaban el control de la indignación poblacional. Sin embargo, su entusiasmo lo desbordaba, y en la protesta aparecía siempre embriagado en el frenesí, atrapado en la vehemencia… él era ese rostro desatado de la militancia callejera y de la voluntad infinita sin clausura: trasmitía esa periferia furiosa que no sabe de acuerdos ni negociaciones. Ahí estaba toda esa épica en un cuerpo, ofreciendo la vida ante todo y ante todos.

Su entrega en cada jornada de protesta nacional estimuló la participación cada vez más masiva de jóvenes, y contribuyó significativamente a la conformación de un grupo fiel y seguidor de sus acciones. En las últimas protestas poblacionales de aquel año, tanto “el Fonola” como sus adherentes manifestaban abiertamente su disgusto con militantes ligados a las otras corrientes de Izquierda: mapucistas, socialistas, izquierda cristiana y comunistas. En esas últimas jornadas brotaron conflictos entre pobladores que no habían sido percibidos hasta la fecha… En el fragor de la lucha contra la dictadura se exteriorizaron formas disímiles para combatir la represión policial. Ahí habitaban dos miradas para organizar la protesta: por un lado una militancia organizada y disciplinada; y por el otro, una militancia sagaz y desbordante.

Los seguidores de “el Fonola” iban  a todas y no escatimaban nada, con tal de mantener la protesta en alto. En ellos, no había pausa, estrategia, ni racionalidad: en cada jornada superaban cada vez más su propia radicalidad. Vivían permanentemente encolerizados con la disciplina que intentaban inculcar socialistas y comunistas en las actividades políticas, y eso produjo en más de una ocasión confrontaciones entre ellos. Era una militancia callejera que peleaba por lo suyo y por lo de los demás, pero no anhelaba ser vanguardia… la justicia social estaba por sobre todo y jamás se ubicaría en el vector de la conveniencia… ahí justamente se encontraba su complejidad, pues no le interesaba arribar a la élite, no era su objetivo ideológico sino su desconfianza política: era una militancia sin itinerario, voluntad sin trayecto.

A pesar de la incomodidad que “el Fonola” generaba entre nosotros y en los militantes de los otros partidos de la izquierda, a la vez suscitaba cierta simpatía, que por cierto no era expuesta públicamente por todos aquellos que trabajábamos en la organización de las jornadas de protesta. Quizás sentíamos que él era fiel reflejo de lo que muchos pensábamos en ese momento: queríamos una revolución en un derrotero sin requisitos y en una travesía sin condiciones.

En los meses siguientes, el domicilio de “el Fonola” sufrió una serie de allanamientos, y su detención frecuente por los aparatos policiales fue una preocupación para las organizaciones sociales del lugar, quienes bregaban por conseguir su liberación. Al aproximarse el mes de marzo de mil novecientos ochenta y cuatro, los padres de “el Fonola” se mudaron del sector, evidenciando un notable fastidio por los constantes agravios sufridos en su hogar: la constante presencia de los policías merodeando su casa los hizo desistir de seguir viviendo en el hogar donde residieron por más de veinticuatro años. A pesar que “el Fonola” estuvo en algunas actividades en los meses siguientes, paulatinamente dejó de venir al sector y en el transcurrir de esos años se perdió todo rastro de él.

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