texto y fotos de Daniel Noemi

En un acto de civismo, luego de preparar mi clase sobre Simón Bolívar y su posicionamiento político, se me ocurrió ir a ver el primer debate presidencial entre Obama y Romney a un pub. Y qué mejor que el John Harvard, al lado de la universidad susodicha, con sus vitrales que imitan motivos medievales, la cerveza hecha en el lugar y las pantallas planas que iluminan todos los rincones. El acto de reunirse en un lugar público para ver un debate presidencial por televisión no deja de tener cierto valor republicano (de la res publica, no se malentienda); no habla tan mal de una cultura que se precia de tener por grandes valores a Justin Bieber y los Reality Show. Que a veces estos últimos sean más interesantes que los mismos candidatos es algo por lo cual no podemos siempre culpar a la gente. Especialmente si esa gente va a escuchar una discusión política, como lo hicieran hace dos mil quinientos años algunos antepasados nuestros. Lo primero que hice fue pedirme una birra. Justo cuando me la pusieron empezó a hablar Obama. Luego Romney y así estuvieron hora y media, tuya mía, para mí, para ti. Los analistas dijeron que había ganado Romney, que había estado más convincente, agradable, en una palabra, mejor. Les faltó decir que es un poco más blanco y quizás más guapo (menos orejón, al menos). Las ideas defendidas por uno y otro (o aquello que se les parece levemente) no son lo que importan. Lo relevante no es lo que piensan el uno y el otro, lo que proponen, sino la forma. Nada nuevo aquí: el medio es el mensaje, sociedad del espectáculo Debord dixit, o civilización del espectáculo como afirma Varguitas ya viejo en un libro reciente (pero no voy a entrar al pelambre aquí, me guardo otra crónica para él). No hay política sin show: la única esperanza para que Romney remontara en las encuestas era ganar el debate. Elección peleada: más plata. Quizás la única pregunta que uno no puede hacerse es: ¿De qué política estamos hablando? La gente en el bar aplaudió poco. Tibios fueron cuando Obama mencionó el estado donde nos encontramos. Un tipo al lado mío en un momento comentó: parece que en este país lo único que hay es clase media y un par de ricos pelotudos. Otro más allá respondió: claro, una clase media que gana un cuarto de millón al año (algo así como diez millones de pesos al mes). La famosa clase media: en eso están de acuerdo los dos candidatos: los votos están ahí. No hay política sin desacuerdo, sin disenso, escribe Ranciere. Y el desacuerdo no es que uno vea negro y el otro vea blanco, es que los dos veamos blanco y ahí se produce el necesario quiebre: qué es el blanco, qué quiere decir. En los Estados Unidos no hay política a ese nivel: las elecciones son la pantomima necesaria para mantener un sistema andando (mejor que nada, por cierto, podría ser peor. Además, sí existe esa política, pero ella está en otro lado: hay que buscarla en las calles, en agrupaciones locales, en instituciones que se declaran apolíticas). Y un buen negocio: el partido que junta más dinero lleva las de ganar. El Presidente promete que se van a regular las donaciones. De pronto se da cuenta que le sale el tiro por la culata. Cambia de opinión: no hay límites para lo que se pueda donar a través de ciertos mecanismos. La radio y la televisión locales se repletan de publicidad; hasta los pocos pájaros volando parecen largar arengas por uno u otro. Quizás por eso la mitad o más no vota. La mayoría de mis estudiantes no están ni ahí. Para ellos quien esté en el gobierno no importa tanto como lo que ellos pueden hacer por su cuenta. Ninguno me va a dar pega, me dicen imposibles pidiendo lo real. Pagan y pagan mucho. Hay excepciones, por cierto, pero son las menos. El debate ha terminado y la gente en el bar se desbanda. No hay sonrisas ni abrazos ni aplausos. Tampoco tristeza. La gente parece conversar del tiempo, de que mañana tenemos que trabajar (Bolívar me espera). Uno comenta que le pareció un poco aburrido. Obama estaba apagado, agrega un segundo, mientras apunta con su dedo a la pantalla. La imagen del dedo de Lagos viene a mi mente. El dedo y la política. La verdad o las consecuencias. La realidad y el deseo. Ha sido el debate más visto desde 1992. Decenas de millones de personas han pegado sus rostros a las pantallas. ¿Qué pensarán?, me pregunto. ¿En realidad cambiarán su voto? Porque a pesar de todo siguen habiendo diferencias entre uno y otro. Diferencias importantes, dice un gordo que pasa a mi lado y que estuvo toda la noche contemplando fijo su vaso de cerveza: podemos volver a los años cuarenta si gana Romney. Su amigo se encoge de hombros. Pienso en las diferencias, lo que puede significar el triunfo de uno, del otro; en lo que se puede hacer. Pienso en Bolívar y en su arar en el mar. En unos versos de Gil de Biedma: “cuando llegas borracho/ y te paras a verte en el espejo/ la cara destruida.” Qué remedio: Me pido otra.