por Juan Domingo Urbano Fotografía: Freddy Briones

Una mujer caminando con unas bolsas a la salida del Metro. Un escolar esperando micro. Un taxista empujando su auto. Un vendedor ambulante cruzando en diagonal la calle. Un limpiador de vidrios apuntando con una botella en el semáforo. Un ejecutivo haciendo gestos, mientras habla por celular. Una embarazada llevando un coche con una niña de un año. Un anciano mirando los titulares del diario. Un skater en las escalinatas de un supermercado. Un carabinero afuera de una casa okupa. Un hombre con un canasto saliendo de una panadería. Un repartidor de bebidas subiendo a un camión. Un universitario llegando en bicicleta a su sede. Una niña y su pololo sentados en un banco de una plaza. Un jardinero enrollando una manguera. Una tía de furgón escolar bajando a unos niños. Un perro echado en el antejardín de su casa. Todos ajenos al flash silencioso de una sofisticada cámara de 360°, que los pilló en el acto, sin consultarles si querían o no, aparecer en la foto. La camioneta de Google La noche en que presentaron por la TV la noticia de que el último semestre había circulado por las calles de Santiago y algunas regiones emblemáticas (Valparaíso, Antofagasta, Concepción, en estos días Temuco) una camioneta de Google, lo hicieron como se muestran tantas cosas bañadas por “la magia de televisión” que vuelve todo favorable, y jamás perjudicial. Más cuando nuestra aspiración tercermundista anhela con tanta desesperación pertenecer al mundo globalizado, y es urgente existir en la web: ¡Vamos! Así la noticia fundamentaba lo “importante” de que nuestras calles y ciudades formaran parte del registro visual más completo de Google Earth y Google Maps, permitiendo dentro del mapeo urbano digitar una dirección, y solo con mover el ícono de un hombrecito anaranjado (“pegman”), cual peón en tablero de ajedrez, llegar a nuestro destino. Eso además de festinar con que aparecía un tipo desnudo, en la puerta de su casa en una población de Valparaíso. ¡No me jodan! Nada es tan inocente. Se está escaneando el mundo. Y Chile es el tercer país en Latinoamérica en ser fotografiado, luego de México y Brasil. No se trata de estar mirando debajo del agua, es interpretar los hechos como son y no como ellos dicen que son. Esto es espionaje. Nuestros servicios de inteligencia ahora sí que han terminado su censo. Ya los bancos y multitiendas han venido negociando “a precio huevo” las nóminas con las carteras de clientes, como para saber quiénes somos, cuánto ganamos y cuán endeudados estamos para seguir gastando. O si no que levante la mano quien no se ha asombrado de que tengan sus datos para ofrecerle el oro y el moro, en los momentos más inverosímiles del día y hasta en la comodidad de nuestra casa. ¿De dónde sacaron mi número? ¡No estoy vociferando! Pero que nos digan la verdad, y lo hagan con la cara descubierta. Después de todo, tanto que les complica que los encapuchados vayan con sus caras cubiertas a las manifestaciones. ¿Quiénes son los encapuchados? ¡No quiero que salga mi casa! No eran ellos los que daban más valor a la propiedad que a las personas. Capicúa. No discuto porque se muestre mi casa –que aparece con mi auto estacionado con su patente a la vista, mi perro durmiendo en el antejardín y la evidencia de que no tengo protecciones en la mansarda que da al patio trasero–. No soy paranoico. Dicen que la diferencia entre un pesimista y un optimista, es que es que el primero es un optimista pero realista. No tengo nada qué esconder. Pero no quiero salir en la foto. ¿Han visto que aparece en la dirección donde ustedes viven? Big Brother nos observa La conocida teoría panóptica descrita por Michel Foucault, que ya no solo se remite como torre de vigilancia a la proyección original de las cárceles, también se aplicó a los colegios, hospitales, y hasta los crecientes centros comerciales que, bajo la tutela extendida de una mirada, se alimenta con las millares de cámaras que no le quitan pisada a los justos y pecadores que van siendo grabados como dentro de un mega reality tan lleno de extras, actores secundarios o ciudadanos de segundo orden, a los que hay que espiar día y noche. Empecé hablando de las fotos de Google, de las cuentas con nuestras direcciones, pero no he referido a algo tan cotidiano para quienes usan el transporte público, como la BIP. Hagan la prueba e ingresen en www.tarjetabip.cl el número de su tarjeta y verán el registro completo de sus traslados, combinaciones y destinos, desde el primer día en que empezaron a usarla. Algo parecido ocurre con el TAG de nuestros automóviles. No estoy exagerando. Ante tamaña forma de control, solo queda concluir que estamos vigilados, que nuestra rutina es conocida y que saben todo de nosotros. Pero eso es algo externo, forma parte de nuestro mapa físico, no el mapa político que nos mueve. O si no, que lo digan las cientos de movilizaciones de los últimos dos años. Podrán mapear nuestros movimientos, pero no lo que nos mueve. Y esa lógica, esa fina inteligencia, no cabe en sus registros. No puede fotografiarse, es el ADN de la ciudad, un código que ellos no logran sintetizar, porque es esa genética social que abre, una y mil veces, la Alameda en marcha, a la que ellos tanto temen.