por Juan Domingo Urbano

Me escribió en estos días una lectora. La que supongo, por lo que cuenta, es una joven madre que por el tipo de trabajo que realiza, termina comprando en algún mall los libros de lecturas complementarias que le piden a sus hijos. Envió un correo al Editor del diario (este me lo reenvió) para decirme que ella piensa que nadie lee en Chile, y que quisiera saber a qué se debe esto de la falta de lectura. ¿No sé quién le dijo o qué le hace pensar que yo pueda responder su interrogante? Más cuando enfrentado a su lapidaria sentencia, en lugar de hallar una respuesta, encuentro que tiene razón. Pero luego de leer por tercera vez su carta, algo me dice que puedo revertir su afirmación, o al menos hacer un intento. Esa misma noche pillo en el chat a un amigo que es profesor, y le consulto esto mismo. Él me dice que es cierto, que la gente de nuestra generación, adultos en el umbral de los cuarenta años y en adelante, leen muy poco. Y agrega: un 43% reconoce que no lee nunca y solo un 54% declara haber leído al menos un libro, los últimos meses. Luego dice que las encuestas, a veces, dicen la verdad. Como no le creo mucho, me envía algunos links que aportan con estudios recientes, me quedo leyendo la información que aparece en el sitio www.fundacionlafuente.cl Los jóvenes están leyendo más Sigo investigando sobre el tema. A esta altura no sé si responda el correo de la desesperada lectora, y que quizás sea este el medio en que estampe mis conclusiones. Pero para allá vamos. Mi amigo dice que sus estudiantes leen cada vez más. De hecho me asegura que bajan resúmenes de los libros para responder sus pruebas. No le entiendo. No sé hacia dónde va. “¿Cuánto tiempo crees que le dedican mis alumnos a Internet?”. Le digo que no sé, porque no tengo hijos. “Pero ¿dime cuánto?”, insiste. “Un par de horas”, le digo yo. “Cuatro horas, en promedio. Tiempo en que navegan, chatean, juegan, bajan música y películas, ven videos… Ese tiempo también es una forma de lectura, ¿o no?”, me responde con otra pregunta. Puede que tenga razón. Pero tengo dudas –y puede que me equivoque– respecto a esa idea de que los jóvenes de hoy estén leyendo más… Luego pienso en mis propios viajes por la ciudad, mirando ocioso lo que los otros hacen, y cuento la cantidad de personas que por carro del Metro, llevan un libro entre sus manos. Cuando digo libro, hablo de una novela, por supuesto. (Descuento con esto a los lectores en dispositivos como Ipad, Kindle o en su Smartphone.) Pero digamos que cada mañana viajo con Isabel Allende, con Julia Navarro, con H. P. Lovecraft, con Osho, con Danielle Steel, con Pablo Simonetti, con Noah Gordon, entre otros, que no alcanzo a reconocer, por los movimientos del tren. No es tan mala compañía. Esto mismo le dije a mi amigo hace unos días por teléfono –motivadísimo con el tema– a lo que me responde, que lo que veo cada mañana es la punta de un iceberg (ya me asusta lo auspicioso que ve el futuro de la lectura, este cabrón) porque una cosa es leer, dice, por ejemplo novelas, best seller y otro literatura. ¡Chuta! Claro, me digo. Y continúa: lo mismo libros técnicos, esotéricos, o de autoayuda, incluso de poesía. ¿Cuántos lectores de poesía existen en Chile? Eso es demasiado selectivo, iba a decir rebuscado. Porque lo que está en juego es el proceso o el hábito de lectura, no lo que se lee. Aquí comienzo a perderme, además que su tono –el de mi amigo– se vuelve tan pedagógico, pero no por lo explicativo sino por lo latero que me suena. Se lo digo así mismo: “No me des la lata”. Leer los clásicos Cuento corto. En ese momento, acaso por las condiciones de nuestra conversación no me quedó nada muy claro. Supongo, él tampoco quiso serlo. Mientras lo escuchaba, pensaba en esa distinción que existe entre en que uno entienda a alguien y la otra, en que esa persona se haga entender. Ninguna de las dos situaciones se dio. Anteayer recibí un correo suyo muy escueto. Parece que no quiere hablar conmigo –mientras el correo de mi lectora permanece todavía sin respuesta–, en él me dice a grandes rasgos, que lo que ocurre es que no se leen los clásicos. “Ese es el problema”, concluye. Acto seguido busco en Internet, y llego a una definición muy certera en la página de una editorial: “¿Qué es un clásico? Una obra que sobrevive al paso del tiempo, que pregunta y contesta y es capaz de leernos a nosotros; lo más cercano y lo más desconocido. Leer un clásico es una experiencia única, puede cambiar nuestra vida”. Quedé de una pieza. Entonces vuelvo a la pregunta de la mamá que me escribió, y pienso en que una cosa es leer un libro, y otra leer un clásico de la literatura. Cuestión que zanja todo el tema, creo yo, porque, objetivamente, la gente de todos modos está leyendo. Y que eso de que corresponde a algo de calidad –volvemos casi a lo mismo de las proclamas: ¡Educación de calidad!– es tarea de todos. Si en una casa nadie lee, ni siquiera el diario, y los libros que se compran a los escolares (para sus lecturas mensuales) quedan en una repisa juntando polvo, o peor, en cajones donde se confunden con el cortaúñas, un cargador de celular o cuentas comerciales, estamos lejos de incrementar esa cifra de lectura… El mejor modelo de lectura, es un lector Estimada lectora: No sé si leerá esta columna, pero aprovecho este espacio para responderle. Supongo que cada mes tiene como un deber comprarle el libro a su(s) hijo(s), ya sea en una librería, en la feria o en la calle. Le digo que eso no es suficiente. Muéstrele a su hijo que usted disfruta leyendo libros, revistas o diarios. Es importante que estos entiendan que la lectura se valora y utiliza cotidianamente. Que hasta una receta de cocina es un texto posible donde ejercitar la comprensión. Dígale, cuéntele, que usted leía cuando estaba en el colegio, que todavía recuerda tal o cual personaje. Internet es una buena ayuda-memoria si se trata de sonar convincente. Preocúpese por saber qué libros están leyendo sus hijos, pero también sobre qué tratan. La lectura en solitario es una experiencia de adulto. No de los niños. Nada como un modelo lector para fomentar la lectura. El entorno letrado no es necesariamente una casa con muchos libros, sino que es, en principio, una buena conversación en la mesa, atentos a escuchar a los más pequeños de la familia. Esto último lo leí en un libro. Espero le sirva.