por Juan Domingo Urbano

Es como si con nuestra propia ropa no fuéramos trabajadores. Por eso debemos ponernos otra vestimenta para trabajar. Es raro. Pero vivimos en esa disociación. Por supuesto no ahora el tiempo para hacer una revisión histórica (hablar del homo faber o la ridícula e improbable distinción entre los hombres que siguieron nómades y los que se asumieron sedentarios). No es el tema. Solo decir que nos vestimos para ir el trabajo y nos desvestimos para nuestra vida ordinaria. Cuando éramos niños hablábamos de “ropa de calle” y la “ropa de colegio”. Ahora al ver(nos) en la calle entre tanta gente de terno y corbata, pienso en mesas con manteles, en fundas de sillas; en traje-dos-piezas como uniformes de azafata pero tras de una cabina de call center o un cubículo del tamaño de sus suspiros; otros con poleras “pique” institucionales, provocan el mismo abismo que provoca ver personas con bolsas. Publicidad móvil. ¿Qué llevan dentro de esos envases? Seres humanos. Ellos mismos… Nadie es lo que representan sus vestimentas. No juzguéis a nadie por sus ropajes, ¿verdad? Pero a la vez, no hay mejor forma de saber en qué trabaja una persona, si no a través de su ropa. Googleando encontré estos datos en un contrato estándar de oficina: De la correcta presentación personal: vestir adecuadamente y en armonía a la función que realiza. Los varones deberán usar corbata, vestón y pelo corto. Las mujeres blusa, falda o pantalón formal; pelo tomado o con un peinado poco llamativo, si atiende público llevar un maquillaje sobrio, de colores tenues. Queda estrictamente prohibido maquillarse o pintarse las uñas durante la jornada. Es de obligación del Trabajador, exhibir en todo momento una presentación personal “impecable” al interior de la Empresa, correspondiéndole al personal investido con la autoridad correspondiente, juzgar si dicha presentación se ajusta a las exigencias de su función dentro de la Organización.   Es que somos tan serios Somos estereotipos. Eslabones de una cadena. Gris, azul oscuro, beige, blanco, celeste, negro, mucho negro, palo-rosa, rojo, celeste y otra vez los tonos grises de la “sobriedad”. La ropa chilena es oscura. Nos vestimos como para un funeral. Además mucha gente cree –si no toda– que el negro hace ver más flaco(a) ¡No! Hace ver más triste, más uniformado, más estresado. El negro es elegante, dicen, uno se ve más serio, distinguido, más sobrio, agregan los defensores de la siutiquería. Esa encarnación del doble estándar, que con tanta anticipación, acusara Joaquín Edwards Bello en sus columnas. Existe un culto al querer ser serio, a verse ordenado, a no despertar sospecha. No queremos ser lo que somos, buscamos ser algo: un color neutro. Porque los colores delatan. Ponen en alerta. Son sospechosos. De ahí que los uniformes, sean formas de unificar, de homogeneizar, militarizar, de encapsular nuestros estados emocionales, que son, por extensión, también físicos. ¿Existe algo más placentero que sacarse la ropa de trabajo, o descalzarse, dejándose caer a la cama? Supongo que no, dentro de su simpleza, esta es una de ellas… Muchas veces me he preguntado –suelen rondarme estas disquisiciones en horas muertas del día– cuando detengo la máquina de producción: ¿qué estaría haciendo en ese preciso momento de no estar en el trabajo? Los minutos corren, y mi mente de avanzar como un lento movimiento de piezas, se vuelve, un carro, un flujo, un tren desbocado. Entonces me es inevitable no recordar al personaje Amelie de la película, preguntándose cuántas mujeres estarían teniendo un orgasmo (le petit mort) en ese mismo instante, mientras contempla los techos y azoteas de París. Es extraño trizar el tiempo, buscar esa factura, la grieta del día, que nos separa del cumplir e intentar situarnos, aunque sea provisoriamente, en un segundo de libertad. La conquista del ocio. El Elogio de la vagancia, por el que clamaba Roberto Arlt. A veces para mí, ese tempus fugit me entrega el tema de la siguiente crónica, en otras se reduce a aflojarme el nudo de la corbata, y por lo que veo, en otros, los lleva a prepararse un tercer café; otros a estirarse como gatos en su silla; los menos a mirar por la ventana; los más a salir a fumarse un cigarro, a ese territorio del exilio que es el lugar para fumadores. Ropa de trabajo Un cuento muy antiguo, del desaparecido escritor chileno Enzo Ballesteros, llamado así mismo Ropa de trabajo (1937), cuenta la anécdota de un obrero de la construcción que discute con su mujer porque ha botado sus pantalones –una gabardina agujereada por los clavos y el roce del concreto– y no tiene con qué ir a trabajar al otro día. El relato sigue, y tiene muchísimos detalles que no contaremos ahora, todo para reducir a algunas páginas no solo la condición laboral, sino que también la condición humana. En ese cuento particularmente, el parecido con Baldomero Lillo es notable. Si hablo de obreros, esto también es otra muestra de la clase trabajadora. Después de todo, nada distingue a los actuales funcionarios, de un de un obrero de una fábrica. Hoy se habla de oficinas, como se habló de galpones, de galerías, de salas de máquinas. La alarmante noticia hace unos años, de que en una conocida cadena de supermercados las cajeras debían usar pañales porque no se les permitía ir al baño, es un pequeño ejemplo. O bien que se siga discutiendo por el “derecho a silla”, como descanso de estar de pie, para miles de vendedores de mesón en las tiendas o almacenes: son claras muestras de esclavitud. Extendamos la analogía un poco, y vemos cómo los sueldos depositados en tarjetas, sirven para pagar y comprar en las mismos locales donde recién “nos pusimos al día”, con ese dinero plástico tan mortalmente parecido a las fichas de las pulperías en salitreras o las minas de carbón. Acaso porque los cajeros automáticos esconden el secreto mejor guardado: ¡la plata no nos pertenece!   Dos imágenes de oficina Hace algunos años, un amigo que ahora es un conocido escritor al que publican sus novelas en España, nos compartía cómo había logrado no planchar sus camisas. Decía que solo bastaba con lavarlas a mano, darles una fuerte sacudida, luego tenderlas sin estrujar en un colgador, de preferencia en el patio o, en su caso, en el diminuto baño de su departamento, y olvidarse de la plancha. El problema estaba (le ocurría a menudo) que este trabajo debía hacerse con tiempo y no la noche antes. Otra imagen es la que me llega de un relato que vi alguna vez en una paleta publicitaria del Metro, como muestra del conocido concurso Santiago en 100 Palabras, puedo citarlo porque lo anoté en algún papel que encontré hace unos días. Se llama “De cuello y corbata”: Lo has pensando dos o tres veces. Pero la suma de la costumbre más la premura del tiempo, te han librado de no hacerlo. La corbata de todos los días se escabulle de ser la horca y se ufana convertida en un detalle encantador. Pues, frente a tus compañeras a la hora del café, es la vanidad quien logra salvarte de hacer justicia por propia mano. No sé quién lo escribió.