por Juan Domingo Urbano Fotografías: lanzallamas.org

Decir que se vive en Floridencia, a estas alturas, es suponer que todos entienden el chiste, y comprenden que de la imagen original alusiva a la floresta y su belleza, queda hoy la representación de una comuna que (joya de la clase media emergente y arribista) aspira –cómo no– a ser más vecina de La Reina y Providencia, que de Peñalolén o Puente Alto, como sí le tocó. Odio La Florida. O no la quiero tanto como debiera, más porque vivo en ella, y al parecer antes sí la quise, cuando era tradicional y provinciana, no esta metamorfosis de la expansión capitalista, enarbolando esa modernidad a la chilena que todo lo barre, arrasa, lo deconstruye, para levantar condominios, centros comerciales, carreteras, plazas artificiales y rascacielos que, con suerte, pegados uno al lado del otro, consiguen divisar un vértice de la Cordillera de los Andes, al suroriente de Santiago.

Fuegos artificiales

Hace algunos años, en avenida Punta Arenas, en lo que podría ser el límite surponiente, le cortaron el dedo a un trabajador para robarle un anillo de oro. Eso ocurrió a la entrada de la población San Gregorio. Cuesta mirar la comuna sin pensar que, como los fuegos artificiales, su resplandor es efímero, crea ese espejismo de belleza, antecedido de su condición desechable, un instante de luz y al siguiente solo humo. Es como la fritura de las sopaipillas en el paradero 14: sabor y acidez. Donde una bandera enhiesta, casi tan grande como la de la Moneda, indica el punto cero de la comuna, intersectando Vicuña Mackenna con Américo Vespucio. Un lugar cortado por las superautopistas, las rejas y el cemento. Donde antes hubo campos que se fueron revistiendo, lentamente, de cierta urbanidad, a partir del entonces camino Rojas Magallanes, al borde de canales, parcelas, viñas y zarzamoras, y que en 1891 fue tierra de disputas, que terminó en una matanza histórica arriba en el sector de Lo Cañas, donde una cruz blanca de adobe aún conmemora la tragedia. 100 años después se inauguró el primer mall que empezó a funcionar fuera de los barrios exclusivos de la zona oriente: Shopping Plaza Vespucio. Hoy se le conoce, con mucho de peyorativo, como el Shulopin. Uno de los centros comerciales no solo con las mayores ventas del retail, sino que también los más altos índices de robo-hormiga, mecheros y lanzazos dentro y fuera de sus tiendas. Ladrón que roba a ladrón…

Comuna dormitorio: el Metro Volador

Ante la rudeza y marginalidad, al paisaje se impone la demografía. Son los ojos de los pobres. Porque aquí convive la pobreza material más extrema con la pobreza espiritual más radical. Esa condición de C3, que se expresa en 35% de sus habitantes, que se ufanan de su exitoso emprendimiento y una vida de esfuerzos, operando como un tsunami que inunda el territorio de los que todo les falta. Porque abajo van las hordas, los carros de los cartoneros, la mendicidad estirando su mano en los paraderos. Durante más un mes, tres personas pernoctaron en un sitio eriazo camino al Metro Vicente Valdés. Hasta que un día fueron quemados los pastizales, los carteles electorales que les servían de techo desaparecieron y pusieron cadenas y candado al terreno: PROPIEDAD PRIVADA. ¿Cuántas personas viven en la comuna? Aproximadamente 500 mil. Pero no todas viven diariamente en ella, por eso se denomina “comuna dormitorio”. Y de ahí la importancia que ha cobrado el transporte, sobre todo el Metro desde su construcción de la Línea 5 y la Línea 4, llegando por el sur hasta Puente Alto y por el poniente a La Cisterna. Sin duda, un acierto de vialidad celebraron todos, con el costo que tuvo, y que hizo vista gorda a la sana urbanidad y armonía, instalando en alturas las estaciones de un metro noventero futurista, modelo llamado tan acertadamente Pedro Lemebel como “el Metro volador”. Los patios de las casas aledañas comparten su intimidad, así como los balcones y ventanas a ras de sus rieles. A escasos metros de 14 de Vicuña Mackenna la publicidad interpela a los pasajeros en tránsito: Si vivieras aquí, ya estarías en tu casa. Un cartel en el piso 25 de una de las altas torres que tutelan el centro comercial, parece no querer equivocarse. Muchos de estos propietarios, son asiduos clientes del Metro, o en los fines de semana (más desde la Ley Cero Alcohol) también como trasnochados y etílicos clientes de los taxis suicidas, colectivos que por un par de billetes unen Plaza Italia con la comuna; trayecto que medido en tiempo, ha logrado en sus mejores noches infernales, demorar desde el Hotel Crown Plaza a la bullada Puente Alto: ¡20 minutos! Que Dios nos pille confesados.

Las calles de la memoria

Mi mejor amigo del colegio nació y se crió en Walker Martínez. La primera chica de la que me enamoré se bajaba de la micro Manuel Montt-Cerrillos en Avenida La Florida. Mi esposa estudió en el más emblemático liceo de la comuna, emplazado entonces donde luego se construyó el Shopping, hoy trasladado y sin mística, más preocupado de la subvención y el flujo de alumnos a las escuelas subvencionadas, que a impulsar el atletismo en un estadio desaparecido. Mi hijo jugó en los cadetes del Audax Italiano; mi primer departamentito de soltero estuvo en avenida Trinidad, y creo que, si mi memoria no me falla, mis padrinos aún deben vivir en calle Perpetua Freire con Avenida Colombia. Por último, si vale decirlo, compro más que solo verduras en las surtidas ferias libres, que se resisten, tanto como a usar Redcompra, a las amenazas de desalojo de una u otra administración municipal. Y estas pueden extenderse como persas entre las calles y pasajes, cual rizoma del negocio informal, bajo toldos improvisados, a pleno sol y hasta con lluvia, desde el diminuto antejardín de sus casas a la feria, o solo tirando-el-paño, para ofrecer, sin vergüenza: brocas, alpargatas, canilleras, calcetines, muñecos, cables, guantes, rodamientos, empanadas de horno, camisas, sombreros, soldaditos de plomo, aceite de oliva, , libros, ceviche de pulpo, campanas, películas, propóleo, mate, colgadores, anillos, perros de ropa, confort por mayor, cordeles, resmas de hoja, libros usados, tortillas, reliquias, pilas de reloj, navajas, cortaúñas, banderas, sopaipillas caseras, pañuelos, vino, aliños, merkén, conservas, primeras ediciones de poesía, pescado, brochetas, mercadería, por supuesto, frutas y verduras. No se puede ir sin plata a la feria. Es la verdadera oferta y demanda, de lo que está, pero también de lo que desaparece.

Planta de la resistencia

Unas matas de paico asomadas entre las baldosas del patio, me hablan de la resistencia de una vegetación que pervive bajo el cemento. Lo he pensando muchas veces, y ante la cantidad de pájaros que llegan a comer migas e insectos al jardín, veo en esos zorzales, gorriones y tórtolas, como los vigías de la presencia humana, acaso también censores de esta permanencia que les robó su territorio. ¿Cuándo el hombre se apoderó del paisaje en que vivían? ¿Cuándo les arrebatamos su espacio e instalamos nuestras casas? ¿Qué día será ese en que les devolvamos sus tierras, sus árboles, sus canales, su aire? Todo lo que les quitamos y que ellos vienen a husmear, también cuidando con cautela, lo que saben deberá retornar. Porque La Florida nunca nos ha pertenecido. No le pertenecemos. Tanto cuesta entenderlo.