Fotos: Julia Toro Texto: Andrea Jeftanovic La destacada fotógrafa Julia Toro nos sorprende de nuevo con su ojo sublime. Ahora se trata de una recorrido por la erótica de la intimidad, esa desnudez del cuerpo cotidiano en el espacio propio. Fotografías en las que observamos unas nalgas anónimas cruzando una habitación; una mano que cubre los vellos del pubis; piernas enredadas en pasos de baile; un torso cubierto entre el humo de un cigarrillo que se pierde en el caos de las sábanas; el reflejo de una chica embarazada que se desviste frente a un espejo; un pantalón por el que se asoma un pene entre el cierre abierto; una pareja que se baña a media luz en la tina. Hay tanta sutileza en este trabajo visual, el registro paciente de la naturalidad de los cuerpos cotidianos, de modelos que no estudian su ademán, de personas que se desplazan sin poses ni escándalos con relajo y deseo por sus habitaciones, baños, salas de estar, jardines. En cada toma uno se pregunta ¿dónde está la fotógrafa que ha logrado esta espontaneidad, esta intimidad? Uno de los mayores capitales de estas fotografías es que los cuerpos desnudos parecen inmunes al disparador sigiloso de la cámara, como si no hubiesen advertido la presencia del lente que precipita la mirada. Sí, porque cada fotografía evoca una escena que sugiere un suceso que puede relatarse. Los protagonistas parecen seguir desarrollando las acciones en las que estaban involucrados o bien dejan captar el momento efímero que concluirá más allá de nuestra atención estética. Narraciones que se conmutan por partes del cuerpo, genitalidades, miradas cansadas, cierta desesperanza, una seducción impresa en una caótica materialidad de luces azarosas. Un relato que puede ser una noche de sexo, un baile que seduce, un cuerpo que espera con un calzón en la mano el timbre de la llamada telefónica, los gemidos de los amantes que se besan con tierna efusividad. El ojo de un hombre que observa en lontananza con cierto gesto lascivo en sus labios, o una mujer a medio vestir que estudia con calma el resto de su indumentaria. Una mujer que se contempla y nos muestra la axila y su pezón erecto. Un rostro que se enmascara para el esperado encuentro en un espejo que sugiere al otro en su presencia diferida. Vemos también el cuerpo de un hombre completamente desnudo, sentado frente al sol del mediodía, la luz que satura la postura pensativa en la encrucijada de un jardín. Hay tantas historias sugeridas como campos abiertos para ensayar caligrafías en relación al deseo, la fatiga o la autocontemplación. Cada imagen abre una lectura dinámica de lo cotidiano de las parejas, el hombre, la mujer, la futura madre. Pero no se trata sólo del goce y la belleza del cuerpo, sino también de la presencia de lo feo, lo ridículo, lo ambiguo. ¿Cómo ha sido la representación de la anatomía humana en la cultura occidental? La práctica de utilizar el cuerpo como soporte expresivo presupone interrogar la subjetividad y la ideología de las representaciones, de ofrecerlo como un vehículo de la imagen y de los rituales cotidianos, de la reproducción social de las diferencias y los modelos de dominación sexual. El cuerpo es la frontera entre la biología y la sociedad, entre lo que opera el soma y el discurso político. En esta muestra no hay un discurso culpable ni abyecto, está la corporalidad de la experiencia cotidiana y lo disímil en sus formas, adiposidades y texturas. La desnudez es el primer punto de quiebre de la estructura cerrada, que en la vida diaria tiene el otro, y en especial, el compañero o compañera erótico/a. La desnudez como antesala de lo erótico donde se quiere llegar a lo más íntimo del otro cuerpo o del sí mismo. Estas fotografías tocan lo más íntimo del ser, tocan el mismo lugar en el que se desfallece. Luego, viene el progresivo descubrimiento y aprendizaje a partir de la piel y la respiración, los olores y las sensaciones. E s una sublime forma de decir no sólo “nosotros” sino también “yo”. El cuerpo es ese lugar de contacto primordial de las sensaciones en las que el mundo se integra como experiencia y como habitar. Merleau–Ponty dirá: “Mi cuerpo modelo de las cosas y las cosas modelo de mi cuerpo”. Julia Toro viene ya en su larga trayectoria artística cultivando el género del retrato y la figura humana, siempre embelleciendo a sus objetos fotografiados, captando sus gestos singulares, sus zonas áureas, que los hace únicos e irrepetibles. Dignificando sin ocultar las imperfecciones. Porque hay carne esencialmente mundana. Además, en esa búsqueda ha sabido retratar algo menos explorado en el mundo de la fotografía: el cuerpo masculino. El cuerpo del hombre como objeto de deseo y belleza. Una estética para lucir las caderas estrechas, los vellos en el torso, la entrepierna abultada, los mentones afilados, las costillas más marcadas. Y en esta colección pese a los detalles y los relatos que gatilla la foto del cuerpo desnudo permanece intacta una paradoja: aunque conozcamos los mínimos detalles de un cuerpo, nunca poseemos el secreto de quien lo habita. La exposición “Erótica” se realizará en la Factoría de Arte ubicada en Santa Rosa 2260, Santiago, desde el 16 de marzo.