Por Edison Pérez

La bicicleta es el vehículo del sueño”. Podría ser el eslogan de Juanito Mena, pero no. Es un verso suelto que recuerdo del poema con el que un estudiante universitario de 19 años, allá por el año 1976, loaba al esquelético vehículo (¡lo es!) a pito de que el padre de la compañera de estudios de la que estaba locamente enamorado (la única forma de enamorarse, por lo demás) tenía giro en el rubro. Una de las varias Patricia con la que se estrelló en la vida. El poema en cuestión se llamaba “A la hija de un fabricante de bicicletas”, título que al defeccionado bardo debió “hacerle mucho sentido”, extraña frase muy en boga, pero que en la musa causó una explosión de hilaridad francamente ofensiva. Y eso que a sus 17 años era una chica culta; o sería por lo mismo. Recibió su merecido: años después se casó con el hombre equivocado.

Pedalear por la vida nunca ha sido fácil. Y no me refiero sólo al Transantiago u otra fuerza aplastante (plagio una expresión de Juan José Arriola), sino porque el inventor no le puso pedales, y había que propulsarse con las piernas estiradas alternadamente a grandes zancadas, como remando. La primera bicicleta moderna (léase occidental, los chinos las hicieron de bambú hace milenios) tomó el nombre de draisiada, por su inventor, el barón Karl Drais, vehículo que rápidamente se transformó en el velocípedo, ese con la enorme y ridícula rueda delantera. Alemán él, no le importó ser la mofa de la aristocracia de la época (1817), compitiendo en las adoquinadas calzadas berlinesas con las calesas en que se desplazaban sus pares. El fordismo y la automoción relegaron este ingenio a los asalariados de mameluco y a los niños.

Entre quien tuvo una bicicleta y quien soñó con tener una, se cubre todo el espectro de la infancia. Acaso sea lo primero que deba preguntar un terapeuta. Se es niño mientras se anda en bicicleta pensando que cruzas por parajes imposibles, como Alicia, y te llenas de una alegría difusa; los adultos en cambio tienen pudor de confesar que salen en bicicleta por puro gusto, e inventan falaces diligencias.

La mini CIC, gracias a Machuca, ha vuelto remozada a las calles, es decir, a las veredas. La calle –la calzada– “es morir tarde o temprano”, aseguraba un experto no ha mucho en la tele. Ahora casi cualquier niño puede tener una bicicleta, pero en los setenta –lo muestra la película–, era una posesión valiosa. De hecho la mini en el filme es del niño rico, rubiecito, de hidalgo apellido, y casi un actor más. En los ochenta el famoso “¡Cómprate un auto, perico!”, fue la expresión más infamante hacia la bicicleta, pero sobre todo hacia quien la conducía. Acaso la explicación de tanto automovilista de primera generación –diría Lagos– y la causa de un verdadero trauma nacional.

La bicicleta de mi abuelo ya era vieja en los años setenta. Una Oxford color rojo moro, asiento con resortes, un estuche colgando de él con su juego de herramientas, marco de doble tubo horizontal, focos, dinamo (yo digo dínamo), el infaltable bombín y frenos de varilla. Cuando circulaba en su barrio Las Animas –al otro lado del río (¿cuál es el otro lado del río?)– por la fluvial Valdivia, le daba carácter su cabello cano de visos plateados. Nadie la reclamó a su muerte y me sentí inhibido de hacerlo; arrepentido, como de tantas cosas en la vida, busco ese modelo entre cachureros y anticuarios.

Las bicicletas Oxford son, en sus orígenes, de Arica. La fábrica la inauguró en 1956 el propio Carlos Ibáñez del Campo, la primera de la prometida industrialización de la ciudad (¡Aric!). El dueño explicó en un reportaje que pensó que con ese nombre le sería más fácil venderlas en un país como el nuestro, vale decir, poblado de personas como nosotros. El propietario de Bicicletas Vargas, don Rafael, a sus 76 años, no puede estar más de acuerdo, viendo postergadas las suyas pese a su calidad.

La bicicleta es un transporte unipersonal, barato y económico, que permite recorrer grandes distancias si se viaja liviano. Su precio la coloca a la zaga de los medios de locomoción particular, al punto que el ratero más degradado en el hampa es precisamente el ladrón de bicicletas, apenas por encima del ladrón de gallinas y del “doméstico”, ese malacatoso que roba a sus vecinos.

En un exabrupto, Pinochet ofreció alguna vez bicicletas a los trabajadores para que se desplazaran de manera económica a su fuente laboral (sus asesores lo aterrizaron en un bono irrisorio); idea que quedó en nada, lo que demuestra que a cualquiera se le ocurre, pero no es fácil de implementar.

En nuestra ciudad, por décadas nadie pareció reparar en los obreros que se desplazaban raudos por la Alameda y otras avenidas principales a sus precarios puestos de trabajo. Habría que esperar que Mathias Klotz –envidio su bicicleta vintage con que ilustra su crónica semanal de El Mercurio– y otros de su estirpe se subieran a la chancha y recién parar mientes en que faltaban espacios para circular en ella. La vereda es tan apta para moverse en bicicleta como podría serlo una peluca para un piojo, y no hay más opciones… ¡Pero esperen! Existen las ciclovías…

Bueno… convengamos que esas son para andar haciendo piruetas, contorsiones circenses, “qué duda cabe” (lo único que recuerdo del gobierno de Lagos son sus muletillas). Mi propuesta es más radical. Agustinas entre el cerro Santa Lucía y Matucana; Miraflores, siguiendo por San Isidro hasta donde topa con otro nombre en calle Placer; Napoleón, Hendaya, Condell, Suárez Mujica, Andes, Samuel Izquierdo…; un par de “troncales” paralelos formando un gato, en cada comuna, calles secundarias próximas a las avenidas principales, conectadas por todo Santiago. No necesitamos ciclovías (sí solucionar la circulación de los vehículos de los residentes, un tema de cultura más que de ingeniería). Tenemos las calles y el derecho a usarlas. Calles –corredores es un bonito nombre– exclusivas para bicicletas. Entre tantas autopistas concesionadas –el privilegio de ser automovilista–, unas cuantas calles nomás para hacer de la bicicleta un vehículo eficiente.

Una persona suplica; varias piden; muchas solicitan. La multitud exige.