texto: Daniel Noemi – fotos: Roberto Robles

  ¡Amigos míos: No hay amigos! “El amigo no puede dirigir a sus amigos más que un discurso de loco” escribe por ahí Derrida, mientras se toma un par de cervezas mirando la puesta de sol y la salida de la luna que canta Sting en Bourbon Street, Nueva Orleans. La ciudad del jazz, del mardi grass, de la noche que no acaba y la mañana que no comienza. Pero ahora son las cuatro de la tarde y estamos en un bar en Algiers, al otro lado del río, cerca de donde hace unos años el huracán desnudó la pobreza de este mundo, cerca de una base naval y a pesar de eso la tarde es un regalo. Descubrimos que solo hay una virgen en Asturias, que los quesos no son siempre europeos, que la duquesa de Alba teme el frío suelo y que las portuguesas no existen, o casi. No queremos arreglar el mundo. No por ahora, al menos. Sabemos, sin embargo, que aquí, en este momento, en este lugar todo puede suceder: la amistad de los que no tienen nada que ganar ni nada que perder es la posibilidad de la revolución. Elección radical de comunidad que no termina nunca –todos estamos invitados, todos podemos ser-, porque no hay amigos, amigos: ¿cómo pensar la radicalidad de la amistad aquí en medio del humo que aún dejan fumar? ¿Cómo pensar –pienso hacia el sur- la amistad en un país que es incapaz siquiera de aceptar su pluri-nacionalidad en el espejo? Claro, solo los locos pueden decir la verdad (porque la amistad a veces se parece al amor y es la necesidad para la política). Solo los locos –bailando el bogavante, buscando la farlopa, jurándole el amor a la chica trabajadora- pueden revelarnos y rebelarnos ante la verdad. En Nueva Orleans, Brando todavía toma el tranvía cada mañana. Stella lo espera. El deseo se respira entre estas casonas fastuosas, los turistas que inundan las calles, la música que brota por todas partes. En la Plaza de Armas, una chica se desgañita llamando a los paseantes. Una carroza tirada por blancos corceles recuerda a un poema de Darío, pero los que van en ella lejos están de corresponder a tales faustos. Ciudad de contrastes, de choque, de la violencia: ¿cuál es el nombre que tiene el futuro en este rincón del sur? Entre Gumbos, caimán rebozado, huracanes que se beben como agua, es difícil hacerse una idea. El sol ya se ha puesto y la noche abre sus puertas. Me miro en una vitrina y pienso que la noche como el deseo puede parecerse a la realidad. Dice el loco sabio: Solamente en la noche se descubren las verdades. En el restaurant donde pedimos comida árabe, Sandra nos atiende con una sonrisa casi tan perfecta como su cuerpo. Imagino su vida. La de él, la de ella. La de saber. La de cambiar. Ella nos trae un vino. Brindamos por la amistad. Por los que no están. Es un brindis al tiempo y por el tiempo. Pasado, presente, futuro: todo se reúne en este lugar. Dice el sabio moribundo: no hay futuro posible, todo está perdido, buscad la luz del día, esperad la mañana, ¡alejaos del alcohol y la droga! Esta ciudad solo trae la perdición. Volved al redil, volved al buen camino. Alejaos del mal. ¡Pelead contra el enemigo! Pero el sabio moribundo morirá en estas calles. En nosotros. Aquí podemos suspender el aire y dejar que todo se detenga y la risa nos inunde de bar en bar. No es solo la juerga lo que está en juego; no solo la resaca lo que se puede venir mañana. Por ahora, Nueva Orleans se abre como un texto infinito: la recuperación del pasado, la transformación necesaria para pensar este mundo, las calles que reverberan bajo mis pasos. El sabio loco vuelve a hablar: solo cambiando el mundo se podrá cambiar el mundo. Brindamos con más ganas, con amor y con rabia. Chile se aparece en mi mente como un animal que quiere escaparse del corral. Escaparse pero no para huir: sino para transformarse como el jazz que suena aquí, las melodías que abruptamente se lanzan por senderos que se bifurcan inesperados. Armstrong canta que este es un mundo maravilloso. Sabemos que no es así, aunque él no deja de tener razón. Aquí se olvida el lugar donde habita el olvido. El jazz articula cada vez un mundo nuevo: rompe, quiebra, busca, inventa, alucina, se cansa y vuelve a recomenzar. El bar no cierra. La música sigue. Una mujer me invita a algo que no puedo rehusar. La noche en Nueva Orleans ya casi acaba (aunque nunca acabe), la política de la amistad sigue a pesar de sí misma, fuera de sí misma, invitando a un país, a todos, a participar en estas calles que podrían ser otras calles, estas luchas que son todas las luchas. Tiene razón el loco sabio loco. ¡Enemigos míos: No hay enemigos!