Por Wilson Tapia Villalobos

Acabo de enterarme de la renuncia de Pablo Longueira a su postulación presidencial. Me produjo tanto asombro como cuando anunció que Jaime Guzmán, en sueños y desde el Oriente eterno, le había dicho; “Sigue a ese cura que está metido y dice bendita imprudencia”. Se refería al sacerdote José Luís Artiagoitía -el cura Jolo- uno de los denunciantes del “caso Spiniak”, en se acusaba a próceres de la Unión Demócrata Independiente (UDI) de ser partícipes de orgías en que se prostituía y abusaba de menores. Fue algo que no se esperaba escuchar en boca de un político, a los cuales se les atribuye tener siempre los pies muy bien afirmados en la tierra. Pero Longueira es un personaje de sensibilidad especial.

Aunque hasta ahora su renuncia está rodeada de un tupido misterio, se dice que se debió a una “depresión mayor”. Hace sólo 17 días era un personaje que se suponía exultante de optimismo. Acababa de ganar la elección Primaria de la derecha, con el 51,37% de los casi 800 mil votos emitidos. Y había tenido apenas dos meses para prepararse. Era la sexta elección popular a la que se presentaba y el sexto triunfo obtenido.

Se dice que la depresión habría explotado debido al cáncer que padece Pablo, uno de sus siete hijos. La grave enfermedad fue detectada cuando Longueira ocupaba el Ministerio de Economía. Pese al profundo dolor que debe haberle causado, no renunció al cargo ministerial. Tampoco fue obstáculo para que aceptara tomar las banderas de la UDI que dejara vacantes Laurence Golborne a sólo sesenta días de la Primaria. Según la opinión de especialistas, la depresión no es una enfermedad que se presente de improviso. Es detectable por distintos síntomas. Pero en este caso, evidentemente no fue así.

De cualquier forma, la carrera política de Longueira está llena de situaciones sorprendentes. Es catalogado como uno de los “coroneles” de la UDI. Un título que da fe de su peso dentro del Partido de ultra derecha. Y que hace aún más incomprensible que su nombre haya sido postergado en beneficio de Golborne -un no militante UDI- en primera instancia. A Longueira se le atribuye buena parte de los éxitos electorales de la UDI. Él se ha presentado siempre como un convencido de que la base política de la centroderecha moderna, como la llama, no debe estar en los sectores acomodados. Y la fue a buscar en las poblaciones humildes. Por eso es que habla del “centro social” y no del centro político. Y los resultados lo han acompañado. La UDI se encuentra en el sitial electoral más destacado entre las colectividades políticas chilenas.

Longueira es un digno hijo de la dictadura del general Pinochet. Durante el gobierno dictatorial desarrolló una activa labor como dirigente juvenil del entorno pinochetista. Fue designado presidente de la Federación de Centros de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECECH), que reemplazó a la Federación de Estudiantes de Chile (FECH), clausurada por le dictadura en 1973. Ocupó también el cargo de asesor del Ministerio de la Vivienda y Urbanismo mientras estudiaba Ingeniería Civil. Además, colaboró activamente con su mentor, Jaime Guzmán, en darle sustento político a la dictadura. De esa época se le recuerda como organizador del ataque a quienes fueron a recibir al aeropuerto Pudahuel al senador Edward Kennedy. Éste había sido invitado al país por opositores al dictador. Pese a todo, hoy este líder a punto de cumplir 55 años de edad (12/8/1958) es considerado un político facilitador de acuerdos. De ello dan fe la Democracia Cristiana, el gobierno del ex presidente Ricardo Lagos y lo acaba de reconocer la ex presidenta Michelle Bachelet.

Pero el hálito componedor no es obstáculo para que este personaje respalde las posiciones de los sectores más conservadores de la Iglesia Católica. Se opone a políticas públicas de control de natalidad y, obviamente, a cualquier anticonceptivo. Rechaza el aborto terapéutico. Igual actitud mantiene frente al divorcio y al matrimonio homosexual.

Longueira ha sorprendido una vez más. Nunca se sabrá si ésta habría sido su primera elección perdida. O si habría llegado al número mágico 7 ganadas. Las encuestas, una vez más, lo daban perdedor. Y ahora por una diferencia aparentemente irremontable. Pero nunca se sabrá.

En estos momentos, todas las opiniones, de amigos y enemigos políticos, apuntan hacia el lado humano que esconde su depresión. Pero pocos saben realmente qué ha ocurrido en la mente de este personaje de sensibilidad especial.

Ahora la derecha deberá bajar los pies a la tierra y resolver menudo puzzle: ¿Renunciará a optar por la Presidencia de la República llevando dos candidatos? De sensibilidad jamás ha vivido la política.

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