texto y fotografía de Juan Domingo Urbano

Simplemente me da algo de pudor, pero también de risa, casi en la misma medida que vergüenza, cuando sin saberlo, la gente cambia formas de hablar, relativamente comunes (¡frases hechas!), solo porque a su modo de ver otra expresión le suena más lógica. Como, para muchos, la Nada no es nada, suponen que al decir antes que nada, no se estaría anticipando, bajo ninguna circunstancia, lo que se dirá a partir de entonces, como algo que sí tiene importancia. Todo estriba en eso de la importancia, supongo: el creer que lo que se dice vale la pena y es necesario, ya no solo decirlo, sino porque más bien se HACE ESCUCHAR. Me aburre esto de “antes que todo”. Porque así se sienten diciendo que el TODO al que aluden, será relevado con su afirmación o perorata primera, al nivel de algo significativo. Nuestra habla se ha ido blindando de giros impositivos, directivos, mandones. El chileno, de un tiempo a esta parte, en su entorno inmediato –para nuestros países vecinos o los propios inmigrantes– resulta un sujeto prepotente, clasista y autoritario. Pero volvamos: para dilucidar el tema –en otro rapto tan de la inseguridad chilena que siempre busca justificarse– llego hasta la consultada agencia del español urgente (por eso de que la RAE limpia, fija y da esplendor) www.fundéu.es, donde se resuelve así el asunto: “Antes que nada se refiere a lo que es más importante. Es sinónimo de ante todo. Antes de nada indica qué es lo que debe hacerse en primer lugar”. Gana por lejos antes que nada. Aunque da lo mismo el hispanismo, tampoco busco tener la razón, soy un convencido de que el uso es lo que se impone –el lenguaje construye realidad– pero también siento la necesidad de advertir o al menos hacer ver cuándo lo que se dice no es lo que debe decirse, o tensar el argumento para que se deje de dar vueltas, sin enfrentar los temas. Porque hablar con evasivas, es otro rasgo nacional. Hablar por hablar, solo para llenar el vacío. Dejar que las palabras lleguen a la boca, porque se cree, todavía con una vigencia alarmante, que el último que habla es el que tiene la razón. El discurso vacío He estado leyendo con alentada y mesurada curiosidad, el libro de Mario Levrero, El discurso vacío, una novelita que en la pretensión de no hablar de nada, habla de mucho. O queriendo escribir sobre el tema de un tema que es el escribir, deriva –cómo no– en un ejercicio de escritura. Levrero, uno de los prosistas uruguayos más curiosos de la última década, dejó una singular muestra de experimentos con la palabra y los géneros (Caza de conejos; La novela luminosa; La Banda del Ciempiés y El discurso vacío, entre otros), de hecho conformó el denominado grupo de “los raros”, encabezada por Felisberto Hernández. Pero no quiero hacer crítica literaria, sino solo referir a este “discurso vacío”, como una autoterapia de escritura, donde el protagonista que se supone es el propio Levrero, cuyo hijo, Juan Ignacio, su mujer, Alicia, y el perro Pongo, son objetos de su observación ociosa, mientras trata de dar cuenta sobre qué puede ocurrir a un escritor –en la era del computador– enfrentado a un cuaderno solo con su “birome” y componer, con cuidada pero dramática caligrafía un texto que roba horas al día, microhistorias como un orfebre: para hacerlas lucir como grandes disquisiciones filosóficas. Nada de eso ocurre, en verdad, de manera explícita, pero logra construir una novela ejemplar, que busca complotar contra el mismo ejercicio de recuperación del habla, de la escritura y una historia que nunca y termina por cuajarse. El libro resulta extraordinario: “Prosigo, tratando de desarrollar temas interesantes, inaugurando tal vez una nueva época de aburrimiento como corriente literaria (…) Aquí la prioridad es la letra no el estilo, de modo que las incoherencias están permitidas (…) No es fácil olvidarse de la necesidad de coherencia. Aunque después de todo, la coherencia no es más que una compleja convención social (…) Debo caligrafiar. De eso se trata. Debo permitir que mi yo se agrande por el mágico influjo de la grafología. Letra grande, yo grande. Letra chica, yo chico. Letra linda, yo lindo (…) Esto es un ejercicio caligráfico, y nada más. No tiene sentido preocuparse por darle un contenido más preciso. Sólo llenar una hoja de papel con mi escritura”. “Me fui a nadar” Desde hace un tiempo yo también llevo un diario. Tal vez porque creo que, como lo hacen los grandes escritores, la verdadera escritura, se halla(rá) en mis libretas más que en los libros publicados. Con ese afán del que cree que escribe para sí mismo, aunque lo hace pensando en un posible receptor, llevo un registro de ideas, versos, citas y apuntes, como una extraña muestra de bitácora, recetario o manual de sobrevivencia. Mal que mal, todas las cartas de amor son ridículas, como dijo Pessoa, y en eso no hay que hacerse muchas ilusiones. Un diario visto como una escritura secreta. Triangulación perfecta, entre un autor perdido en el pasado, hojas escritas en el presente y el fantasma de un lector futuro. Franz Kafka que no solo fue uno de los tres narradores más importantes del siglo XX, apuntó en la entrada de su diario, el 02 de agosto de 1914: “Alemania declara la guerra a Rusia. Me fui a nadar”. Y el mismo Kafka, cerró su último diario, fechado el 12 de junio de 1923, con esta joyita: “Cada vez me da más miedo escribir cosas”. Por mi parte, antes que nada, un día de la semana pasada anoté: 23 de julio. La hija de un general rastrero asume la candidatura. Salgo a pasear en bicicleta junto a mi perro Luciano. Hay luna llena.