texto y fotografía de Juan Domingo Urbano

Orán, por entonces, era una pequeña localidad de la colonia francesa, ubicada en la costa argelina, con oriental puerta al mediterráneo. Una ciudad, donde todo está cubierto por una aparente calma, hasta que irrumpe una epidemia. Es el comienzo de La peste (1947) novela de Albert Camus, en que se hace crónica de la devastación, sin excepciones, de todos los “conciudadanos” que termina por sufrir los azotes de una antigua enfermedad mortífera. Como muchos de los textos existencialistas de la época, esa alegoría, no puede resultar más clara: la peste es el nazismo expandiéndose a sus anchas en Europa. El principio está marcado por la aparición de miles de “ratas” en la ciudad, para luego dar paso a inexplicables cuadros febriles, abscesos, protuberancias y sanguinolentos vómitos en sus cientos de habitantes que, como los roedores de cloacas, van muriendo uno a uno encerrados en sus piezas o en las atestadas galerías de las urgencias. Son páginas oscuras, donde el pánico, la incertidumbre y lo nauseabundo solo nos advierte de lo cerca que está la degradación, incluso, en medio de la civilidad –en apariencia más completa–. En Orán la gente trabaja (trabajaba), se divierte (divertía) y solo se preocupa (preocupaba) de ganar dinero para no aburrirse: “Una ciudad sin sospecha, es decir, una ciudad completamente moderna”, agrega el narrador. Un lugar donde tanta pasividad hizo de sus rígidos hábitos la única forma de contener el desorden. Todo hasta que irrumpe –insisto en el término– eso que las autoridades no quieren dar ni saber su nombre y que los médicos insisten en identificar escuetamente como “la peste”. La narración se extiende en las conjeturas de una comunidad que se niega a asumir lo inevitable, pensándola como una simple enfermedad, cuando lo que de verdad ha venido depredándolos es una horrible epidemia, que no tendrá tregua. Algo que empezó como todas las enfermedades, con vestigios y síntomas, la reacción negativa de quienes la padecen, y uno a uno los hechos queriendo suplantar una verdad, que antes que cimentarse, ha comenzado a desmoronar todo lo que parecía estable.

De modo que se visible para todos

El libro de Camus, tiene como referencia la novela Diario del año de la peste (1722) de Daniel Defoe. En este se describen las ordenanzas municipales de Londres bajo la peste. Es la escena anterior a la Revolución Francesa, y Sir John Lawrence, lord alcalde, describe un comunicado en estos términos: “Que todas las casas contaminadas sean señaladas con una cruz roja de un pie de longitud en medio de la puerta, de modo que sea visible para todos, y se ponga el letrero usual que dice: Señor, ten piedad de nosotros, que se clavará encima de la cruz, y que deberá seguir en la puerta hasta la reapertura legal de la casa”. El libro con afán histórico, ahonda en alcances literarios, que sirven para mirar la realidad. Otra vez la literatura abriendo a zancadas posibilidades para mirar lo que nos pasa.

Una enfermedad recorre Chile

He recordado estas últimas semanas ambos libros, cuando en vísperas de las celebraciones de la Fiesta de Tirana, a partir de un brote influenza, orquestado con alarmantes cifras por el MINSAL, en el norte grande del país, y que hasta hizo peligrar las celebraciones de la virgen este año 2013. Pero la fe mueve montañas. Finalmente se desarrolló la ceremonia, el carnaval, la procesión, no murió nadie. O no al menos de influenza. Tenía programado un viaje, como corresponsal, a Alto Hospicio, y debí posponer hasta nueva fecha mi recorrido. Algo me hacía suponer que encontraría en el desierto, más que enfermedades, respuesta para tantas muertes, visiones superpuestas de los desaparecidos, las imágenes del desierto, ecos de 2666, de Bolaño, y dentro de lo mismo, páginas imaginarias de libro –supongo inédito– de DZ, un joven novelista iquiqueño que escribió una muy buena novela de nombre neblinoso y dice estar revisando en un nuevo título, a las muertas en la aridez del olvido.

Aunque la imagen más evidente, ahora como extensión de esta peste, es la obscena exhibición televisiva, bajo la forma de denuncia, ante los remedios, las margarinas, los aceites, las frituras, lo que nos llevamos a la boca. Acaso de eso habla el libro de Defoe, de que se diga la verdad, se enfrente la amenaza, y estemos dispuestos a hacerle frente. Los reportajes de TV que denuncian como nos meten el dedo, la mano y las extremidades enteras a la boca, son groseros. Ultrajan a los ciudadanos/consumidores, y nos entregan, luego de cada denuncia, el deber y la responsabilidad de evaluar y analizar, cada uno de los servicios o productos que consumimos. Nos obligan a estar pendientes de los componentes de los alimentos, como si no fuera responsabilidad de las autoridades, hacerse cargo de esos análisis y visajes antes de llegar a nuestras manos. ¿Por qué debemos nosotros transformarnos en analistas exhaustivos de lo que comemos? No pueden delegarnos, además, ese cargo, cuando lo que uno espera es que no lo estén jodiendo a la vuelta de la esquina, en las góndolas de los supermercados, en los dígitos que exceden los intereses de nuestras compras en cuotas.

Pienso en la cita de Defoe: DE MODO QUE SEA VISIBLE PARA TODOS…

Aunque no nos demos cuenta.